A pesar de que el gobierno ha insistido en que sólo pedirá la aprobación del aborto para casos terapéuticos o de violación, ciertos grupos se han formado tal nivel de expectativas que ya suponen que el proyecto de ley irá más allá. Otros, con más entusiasmo que realismo, pretenden organizar protestas incluso enfrente de las altas autoridades de la iglesia católica, o en los frontis de los templos más emblemáticos de aquella religión, como en efecto ocurrió tanto el año pasado como hace unas cuantas semanas; convencidos de que con el bullicio callejero obtendrán réditos en cuanto a una mayor extensión del límite trazado para ejecutar interrupciones del embarazo. Desde luego, tal nivel de esperanzas no considera el poder de presión que a pesar de todos los golpes aún ostentan los sectores conservadores, entre los que por supuesto cabe agregar al romanismo. Más aún: la posibilidad de quedar nuevamente en nada es casi tan probable como la aceptación del malparto en los términos propuestos por la actual administración gubernamental.
Durante dos y media décadas, los curas han impuesto su visión moralina de las cosas y han logrado impedir que en las escuelas se informe acerca de los métodos anticonceptivos, lo cual ha sido una de las causas del aumento de la maternidad adolescente, además de constituir un retroceso respecto de la dictadura militar, donde, aún de manera acartonada, se mencionaban estos procedimientos con menos temores que ahora. Pero aparte de ello, han conseguido que los ciudadanos comunes tengan un menor acceso a cualquiera de los diversos mecanismos de planificación familiar, incluso de los que tienen la venia del Vaticano. Sobre todo esto, como guinda de la torta (o como demostración más visible de la pureza moral a la que nos han sometido nuestros auto proclamados tutores), se encuentra el impedimento al aborto bajo cualquier circunstancia, hasta en casos de fetos inviables que para colmo colocan en riesgo la vida de la madre. Bien: algunos aseverarán que esa última situación está aceptada en los códigos jurídicos -irónicamente descrita como "interrupción del embarazo"-; pero todos sabemos que la mayoría de los médicos se muestran dubitativos al instante de aplicarla por temor a ser sometidos a un encartamiento, y hay testimonios muy abundantes acerca del particular.
Quienes han contribuido a cimentar este cúmulo de restricciones no han tomado en cuenta que la prohibición del aborto no sólo se ha transformado en la evidencia más palpable del edificio que han construido, sino que también se ha tornado un punto de referencia para los detractores y enemigos declarados de esa misma estructura. De tal manera que estos últimos han terminado por dejar de observar otra cosa en el horizonte excepto la proscripción final, y hallados en una situación en donde ya no aguantan el exceso de sometimiento y requieren una urgente válvula de escape, no buscan otra cosa sino hacer daño en el elemento más simbólico de sus rivales, que además vislumbran como el único camino para liberarse tras un tiempo prolongado de opresión e injusticias. Es lo que está presente en los partidarios del malparto libre. Lo miran como un símbolo de desplome de algo que hace rato no soportan. Y en parte por ello, se han vuelto llanos a considerarlo como un método anticonceptivo a la par con los demás, aparte de la demostración de que lo antiguo e inaceptable ha sido por fin derribado. Es simple: los más relajados están participando del juego de los grupos conservadores, quienes deben sentirse orgullosos porque a la larga esto es otro saldo de su vocación tutelar para con el resto de los ciudadanos.
Consecuencias además de haber reducido la calidad del debate -y el foro mismo- a una insistencia enconada e irreflexiva en el "no". Fuera de utilizar la interrupción del embarazo como muletilla para advertir de lo que podría suceder si se liberaba esto o lo otro. ¿Cuántas veces les oímos decir a los curas, cuando se pretendía legislar sobre un aspecto de orden moral, que ello iba a conducir a un desprecio por la vida, sacando de manera abierta o subrepticia el asunto del aborto? Se insistió en él cuando se discutía la ley de divorcio, y de nuevo se lo citó cuando surgió el asunto de la píldora del día siguiente o cuando se quiso redactar iniciativas que ratificaran el protocolo internacional sobre derechos de la mujer (que aún no se aprueban en Chile, por cierto) El malparto era un crimen atroz y eso implicaba de forma adicional oponerse al uso de anticonceptivos porque ambas prácticas estaban relacionadas respecto del eventual rechazo a la maternidad. En la actualidad, una generación hastiada y carente de información lo apoya no sólo como mecanismo de planificación familiar, sino como un emblema de la necesaria independencia. Sí, señores del romanismo: ustedes han ganado. En dejar como herencia una masa irreflexiva que sólo atiende a las respuestas concretas que puedan reafirmar sus convicciones (precisamente lo que ocurre con la fe cuando se profesa de modo reaccionario). Afronten los resultados, en especial cuando ha quedado al descubierto que vuestra merced es incapaz de entregar dichas respuestas.
domingo, 1 de junio de 2014
miércoles, 21 de mayo de 2014
Por Ser Carabinero
Hace unos días, un juez de un tribunal de primera instancia decidió no someter a proceso a un joven acusado de participar en una violenta agresión en contra de un carabinero, hecho ocurrido durante las protestas del día del trabajador, y en donde varios sujetos rodearon al policía, al cual golpearon y luego patearon en el suelo. Incluso, de no ser por la intervención de otros integrantes de la manifestación -quienes por acometer tal acción igualmente recibieron lo suyo-, las consecuencias para este guardia habrían sido mucho más graves que la pérdida de un par de piezas dentales, que finalmente fue lo más delicado que le ocurrió. Es este cúmulo de antecedentes lo que impulsó la indignación de quienes no aprobaron la decisión del magistrado, el cual consideró insuficiente las pruebas otorgadas por los acusadores, que consistían en fotografías e imágenes audiovisuales donde aparece un rostro parecido al del muchacho que se buscaba encartar, además de relatos de algunos aunque no de todos los testigos; y en cambio le resultó más convincente la coartada del imputado, que negaba su presencia en el sitio del suceso. Se optó finalmente por evitar el bochorno, que se ha vuelto tan común en el sistema judicial chileno, de mantener encarcelado a un inocente, pese a tratarse de un delito que reserva consideraciones especiales para los culpables.
Existen testimonios que aseveran que este teniente de carabineros formaba parte de un grupo que al ver a la turba dirigirse contra ellos decidió huir, pero que en la retirada olvidaron a este funcionario, quien por su parte no se percató de la estrategia empleada por su compañeros, y cuando se dio cuenta ya estaba lo suficientemente solo. De ser así, entonces no se trataría de un piquete destinado a controlar los disturbios que, en mayor o menor medida, suelen acompañar a las marchas callejeras. Lo que permite asociar este hecho con uno acaecido en 2011, donde otro grupo de policías, que regresaban al cuartel tras efectuar labores de vigilancia, fue emboscado por una turba descolgada de una protesta en demanda por la calidad de la educación, recibiendo uno de ellos un certero golpe en el rostro efectuado con una patineta. O lo que les pasó a otros dos efectivos en 1998, quienes conducían una patrulla, y tras detenerse esperando el cambio de color de un semáforo, les llegó un cóctel molotov arrojado por un detractor de Pinochet pocos días después que el tirano fuera detenido en Londres. En las tres ocasiones citadas, de las cuatro que yo recuerde que en los últimos tiempos un guardia haya sacado la peor parte en una reclamación pública (la otra es el carabinero que terminó con parte de su rostro quemado en las afueras de la universidad ARCIS en 1999), prevalece un aspecto común: los lesionados no pertenecían a las Fuerzas Especiales, esa odiosa división policial que tiene connotaciones de brigada anti motines y que se lleva la gran tajada de denuncias por abusos durante las manifestaciones.
Algo que a las claras habla pésimo de estos grupúsculos que se dedican a enturbiar las protestas que, de más está decirlo, son legítimas. Los miembros de Fuerzas Especiales son sujetos entrenados y formados para repeler las manifestaciones, y en tal sentido, aunque su actitud colme la paciencia de los marchantes, ellos cuentan con el equipamiento y la preparación suficiente para resolver los conflictos a su favor. Mientras que los carabineros que efectúan otro tipo de labores, y que tienen la poca fortuna de encontrarse con una turba enardecida en el lugar y el momento equivocados, además de tener que lidiar con el factor sorpresa, carecen de la vestimenta e incluso de la capacidad de contestar a un puñado de personas que no son la clase de tipos violentos o difíciles que enfrentan a diario. Eso de cierta forma lo saben los atacantes, del mismo modo que los gorilas anti motines que salen en contra de los reclamantes están conscientes de que se encuentran en superioridad de condiciones. En ambos casos se trata pues de actos de cobardía, efectuados hacia quienes lo más probable es que no sean rivales. Y así como se asevera que los FE descargan sus frustraciones porque no les alcanzó el cerebro para más que ser pacos, o debido a la presión propia de quienes deben estar sometidos a la disciplina y jerarquía militares: de igual manera los responsables de desmanes canalizan la impotencia de no ser capaz de triunfar sobre un elemento atiborrado con escudo, casco, rodilleras y bastón de fuerza, lanzándose en picada en contra de sus versiones menos ataviadas. En los dos ejemplos, con provocaciones iniciales de por medio.
Ante esto, uno no puede sino estar de acuerdo con quienes estiman que para bajar los disturbios en las protestas, primero debe disminuir la violencia de los funcionarios de carabineros. Si estos individuos fueran un poco más amables, no se arriesgarían a que sus colegas recibieran el enojo de unos tipos doblemente enrabiados. En cierta forma se trata de romper el círculo vicioso. Pero aquí cabe desde luego una voluntad de los representantes del Estado, a quienes les corresponde reconocer su parte de responsabilidad y desde ahí ir a la raíz del problema, en lugar de apegarse al coro populista cada vez que un juez -quien decide en nombre de ese mismo aparato público, por lo demás- dicta una resolución considerada blanda o injusta. ¿Nunca han oído que la violencia, incluso verbal, sólo conlleva a más violencia?
Existen testimonios que aseveran que este teniente de carabineros formaba parte de un grupo que al ver a la turba dirigirse contra ellos decidió huir, pero que en la retirada olvidaron a este funcionario, quien por su parte no se percató de la estrategia empleada por su compañeros, y cuando se dio cuenta ya estaba lo suficientemente solo. De ser así, entonces no se trataría de un piquete destinado a controlar los disturbios que, en mayor o menor medida, suelen acompañar a las marchas callejeras. Lo que permite asociar este hecho con uno acaecido en 2011, donde otro grupo de policías, que regresaban al cuartel tras efectuar labores de vigilancia, fue emboscado por una turba descolgada de una protesta en demanda por la calidad de la educación, recibiendo uno de ellos un certero golpe en el rostro efectuado con una patineta. O lo que les pasó a otros dos efectivos en 1998, quienes conducían una patrulla, y tras detenerse esperando el cambio de color de un semáforo, les llegó un cóctel molotov arrojado por un detractor de Pinochet pocos días después que el tirano fuera detenido en Londres. En las tres ocasiones citadas, de las cuatro que yo recuerde que en los últimos tiempos un guardia haya sacado la peor parte en una reclamación pública (la otra es el carabinero que terminó con parte de su rostro quemado en las afueras de la universidad ARCIS en 1999), prevalece un aspecto común: los lesionados no pertenecían a las Fuerzas Especiales, esa odiosa división policial que tiene connotaciones de brigada anti motines y que se lleva la gran tajada de denuncias por abusos durante las manifestaciones.
Algo que a las claras habla pésimo de estos grupúsculos que se dedican a enturbiar las protestas que, de más está decirlo, son legítimas. Los miembros de Fuerzas Especiales son sujetos entrenados y formados para repeler las manifestaciones, y en tal sentido, aunque su actitud colme la paciencia de los marchantes, ellos cuentan con el equipamiento y la preparación suficiente para resolver los conflictos a su favor. Mientras que los carabineros que efectúan otro tipo de labores, y que tienen la poca fortuna de encontrarse con una turba enardecida en el lugar y el momento equivocados, además de tener que lidiar con el factor sorpresa, carecen de la vestimenta e incluso de la capacidad de contestar a un puñado de personas que no son la clase de tipos violentos o difíciles que enfrentan a diario. Eso de cierta forma lo saben los atacantes, del mismo modo que los gorilas anti motines que salen en contra de los reclamantes están conscientes de que se encuentran en superioridad de condiciones. En ambos casos se trata pues de actos de cobardía, efectuados hacia quienes lo más probable es que no sean rivales. Y así como se asevera que los FE descargan sus frustraciones porque no les alcanzó el cerebro para más que ser pacos, o debido a la presión propia de quienes deben estar sometidos a la disciplina y jerarquía militares: de igual manera los responsables de desmanes canalizan la impotencia de no ser capaz de triunfar sobre un elemento atiborrado con escudo, casco, rodilleras y bastón de fuerza, lanzándose en picada en contra de sus versiones menos ataviadas. En los dos ejemplos, con provocaciones iniciales de por medio.
Ante esto, uno no puede sino estar de acuerdo con quienes estiman que para bajar los disturbios en las protestas, primero debe disminuir la violencia de los funcionarios de carabineros. Si estos individuos fueran un poco más amables, no se arriesgarían a que sus colegas recibieran el enojo de unos tipos doblemente enrabiados. En cierta forma se trata de romper el círculo vicioso. Pero aquí cabe desde luego una voluntad de los representantes del Estado, a quienes les corresponde reconocer su parte de responsabilidad y desde ahí ir a la raíz del problema, en lugar de apegarse al coro populista cada vez que un juez -quien decide en nombre de ese mismo aparato público, por lo demás- dicta una resolución considerada blanda o injusta. ¿Nunca han oído que la violencia, incluso verbal, sólo conlleva a más violencia?
domingo, 4 de mayo de 2014
Martín Larraín o Cuando La Familia es Buena
Indignación. Es lo único que cualquier persona con sus facultades cognitivas en perfectas condiciones puede sentir frente a la aberración cometida por Carlos Larraín, el conocido político derechista proveniente de un sector social acomodado, quien ofreció pagarle diez millones de pesos a la viuda de Hernán Canales, con el compromiso de que ésta desistiera de la querella contra su hijo Martín, quien atropelló y mató a ese ciudadano en un camino carretero de la localidad de Curanipe, luego de lo cual huyó y horas después dio una confesión falsa en un recinto policial, al parecer con el afán de que no se descubriera que estaba bebido. Un malestar general que se torna más profundo cuando uno analiza los acontecimientos y nota que el acuerdo antes mencionado es sólo el punto culminante de una seguidilla de injusticias en las que estuvieron involucrados los mismos tribunales, quienes rechazaron que otros familiares de la víctima -como sus hermanos, hijos o primos, que acompañaban al ahora occiso el día del fatal accidente- formaran parte de la demanda, reduciendo el respaldo de ella únicamente a la esposa, una mujer analfabeta y con prácticamente nulas posibilidades de proveerse de un abogado competente, incluso si fuera asignado por el sistema público.
Quizá la mejor manera de comprender la desfachatez, no tanto de Carlos Larraín como del sistema judicial, esté en la utilización del concepto de buena familia, que se aplica a núcleos conservadores de sectores altos, y por extensión medios, compuestos por un padre y una madre que llevan años de matrimonio, compromiso sellado ante un representante de la religión mayoritaria del país, y que en la medida de los posible cuentan con una alta cantidad de hijos (los del político son diez, de los cuales Martín es el menor). Porque dicho término implica que existe una suerte de lado oscuro, de mala familia o más bien de no-familia, que es una versión, más que opuesta, indeseada e indeseable. Y dado que los llamados buenos pertenecen a un estrato acaudalado e influyente, lo lógico es que los contrarios se ubiquen en las antípodas sociales, no tanto entre los más pobres sino más bien en el pueblo raso. Enseguida, considerando que lo correcto es lo que se debe cuidar con mayor celo, entonces es preciso resguardar al núcleo que cumple de mejor manera los estándares reseñados al comienzo de este párrafo. Condenar, siquiera encartar al benjamín de los Larraín, quien sólo cometió una chiquillada propia de su inmadurez, constituye un intento de destrucción de lo que es adecuado, lo que a la postre puede minar la moralidad de una nación. En cambio, lo otro es una masa amorfa y peligrosamente horizontal donde confluyen parientes cercanos y lejanos, en una mescolanza gregaria que se acerca a los planteamientos de los jipis y los socialistas.
Es la lección que le pretendieron dar los tribunales a la viuda de Hernán Canales. Padre, madre e hijos son los vértices de un triángulo creado por la sabia naturaleza. Cualquier instancia que rompa ese equilibrio es un hecho antisocial que no debe ser alentado. Por ello es que los hermanos y los hijos de la víctima merecían ser excluidos de la acusación contra Martincito. Tenían que estar preocupados de sus propios dependientes, y no ayudar a esposas o niños ajenos ni dejarse auxiliar por alguno de éstos, ya que eso significa que no hay orden al interior de la casa. Para colmo el jefe de hogar falleció, lo que a la larga es otro punto en contra de esta señora. ¿Cómo es posible que alguien con esa clase de antecedentes tenga el descaro de presentar pleito en contra de un muchacho que manejaba un costoso y estéticamente llamativo vehículo, el cual lo blindaba de eventuales ataques imprevisto, y con el cual además demostraba la importancia no de su familia, sino de la familia? ¿Cómo, más encima una piscina a la que apenas la entrelazaba la sangre, y que deambulaba por un camino asfaltado?
Es el problema de un país que privilegia de manera excesiva la ideología de la familia. Ésta, de manera irremediable, se acaba siempre reduciendo a los núcleos más altos, que cuentan con los recursos no sólo para mantener un buen número de hijos sino además evitar su exposición al exterior incluso cuando se trata de situaciones graves, lo que permite sostener el principio de lavar la ropa sucia en el hogar, donde hay unos padres competentes y repletos de valores. Al resto le queda afrontar las garras de la delincuencia, la adicción y el relajamiento moral. No importa su exterminio, más aún llega a ser aconsejable, pues representa una variante distorsionada y corrompida al estilo de los sistemas políticos descritos por Aristóteles, que es urgente extirpar porque entrega una mala imagen de lo que se cree. ¿Cómo fue que Hernán Canales y su esposa, o sus más cercanos, no fueron capaces de ahorrar lo suficiente para adquirir un automóvil, y así evitar que auténticos desconocidos sirvieran como escudos humanos mutuos? Una conclusión que subyace en decisiones como enviar a niños a orfanatos o quitárselos a sus progenitores biológicos para otorgarlos en una adopción irregular. De lo cual hablaremos más adelante.
Quizá la mejor manera de comprender la desfachatez, no tanto de Carlos Larraín como del sistema judicial, esté en la utilización del concepto de buena familia, que se aplica a núcleos conservadores de sectores altos, y por extensión medios, compuestos por un padre y una madre que llevan años de matrimonio, compromiso sellado ante un representante de la religión mayoritaria del país, y que en la medida de los posible cuentan con una alta cantidad de hijos (los del político son diez, de los cuales Martín es el menor). Porque dicho término implica que existe una suerte de lado oscuro, de mala familia o más bien de no-familia, que es una versión, más que opuesta, indeseada e indeseable. Y dado que los llamados buenos pertenecen a un estrato acaudalado e influyente, lo lógico es que los contrarios se ubiquen en las antípodas sociales, no tanto entre los más pobres sino más bien en el pueblo raso. Enseguida, considerando que lo correcto es lo que se debe cuidar con mayor celo, entonces es preciso resguardar al núcleo que cumple de mejor manera los estándares reseñados al comienzo de este párrafo. Condenar, siquiera encartar al benjamín de los Larraín, quien sólo cometió una chiquillada propia de su inmadurez, constituye un intento de destrucción de lo que es adecuado, lo que a la postre puede minar la moralidad de una nación. En cambio, lo otro es una masa amorfa y peligrosamente horizontal donde confluyen parientes cercanos y lejanos, en una mescolanza gregaria que se acerca a los planteamientos de los jipis y los socialistas.
Es la lección que le pretendieron dar los tribunales a la viuda de Hernán Canales. Padre, madre e hijos son los vértices de un triángulo creado por la sabia naturaleza. Cualquier instancia que rompa ese equilibrio es un hecho antisocial que no debe ser alentado. Por ello es que los hermanos y los hijos de la víctima merecían ser excluidos de la acusación contra Martincito. Tenían que estar preocupados de sus propios dependientes, y no ayudar a esposas o niños ajenos ni dejarse auxiliar por alguno de éstos, ya que eso significa que no hay orden al interior de la casa. Para colmo el jefe de hogar falleció, lo que a la larga es otro punto en contra de esta señora. ¿Cómo es posible que alguien con esa clase de antecedentes tenga el descaro de presentar pleito en contra de un muchacho que manejaba un costoso y estéticamente llamativo vehículo, el cual lo blindaba de eventuales ataques imprevisto, y con el cual además demostraba la importancia no de su familia, sino de la familia? ¿Cómo, más encima una piscina a la que apenas la entrelazaba la sangre, y que deambulaba por un camino asfaltado?
Es el problema de un país que privilegia de manera excesiva la ideología de la familia. Ésta, de manera irremediable, se acaba siempre reduciendo a los núcleos más altos, que cuentan con los recursos no sólo para mantener un buen número de hijos sino además evitar su exposición al exterior incluso cuando se trata de situaciones graves, lo que permite sostener el principio de lavar la ropa sucia en el hogar, donde hay unos padres competentes y repletos de valores. Al resto le queda afrontar las garras de la delincuencia, la adicción y el relajamiento moral. No importa su exterminio, más aún llega a ser aconsejable, pues representa una variante distorsionada y corrompida al estilo de los sistemas políticos descritos por Aristóteles, que es urgente extirpar porque entrega una mala imagen de lo que se cree. ¿Cómo fue que Hernán Canales y su esposa, o sus más cercanos, no fueron capaces de ahorrar lo suficiente para adquirir un automóvil, y así evitar que auténticos desconocidos sirvieran como escudos humanos mutuos? Una conclusión que subyace en decisiones como enviar a niños a orfanatos o quitárselos a sus progenitores biológicos para otorgarlos en una adopción irregular. De lo cual hablaremos más adelante.
domingo, 20 de abril de 2014
En el Arca Todo Cabe
Mucho se ha escrito acerca de la última película de Noé dirigida por Darren Arofnosky, en especial dentro de los círculos cristianos. Se ha dicho que el filme se vale de fuentes de dudosa procedencia, como apócrifos de origen hebreo, e incluso de textos provenientes de movimientos que surgieron en paralelo al cristianismo primitivo, y que rivalizaron con éste, como el gnosticismo. Desde luego que son debates que se circunscriben al ámbito teológico, y no consideran la calidad artística de la producción, toda vez que para muchos de los reclamantes, cuando se trata de recrear pasajes bíblicos, ambos elementos deben estar unidos y mantener una relación de mutua dependencia. Aunque de todas formas, los críticos coinciden en que esta realización va de lo regular a lo aceptable, y que no va a trascender lo suficiente, restringiendo sus exhibiciones futuras a uno que otro pase en televisión durante la Semana Santa.
El arca de Noé habrá sido de dimensiones colosales, pero el espacio que se le dedica a esa gesta en Biblia está muy acotado, reduciéndose a una mera anécdota incluso dentro del libro que la contiene, el Génesis. Siendo realistas, todo lo que se narra acerca del diluvio y la construcción de la embarcación no da para más que un cortometraje o un segmento de un filme largo, como de hecho estos acontecimientos fueron tratados en "La Biblia en el Principio" de John Huston. Quizá haya sido la manera en que se abordó en dicha producción este pasaje de las Escrituras, lo que finalmente motivó la realización de una obra bastante más extensa. Pues la viñeta cuenta con una extraña dosis de ironía y comicidad, en contraste con su par bíblico que jamás abandona el tono solemne. Tal vez se eligió esta historia para introducir tales elementos a fin de distender una película que podía terminar siendo tediosa debido a sus palpables pretensiones de seriedad, opción que se eligió lo más probable para no generar protestas entre la gran cantidad de personas que consideran estos sucesos como verdad revelada y sagrada. Entonces, en un afán de evitar tanto la censura como la mala taquilla, se decidió romper levemente con el estilo en un fragmento menor. Sin embargo, ni los guionistas ni el director consideraron la mediana popularidad que la epopeya de Noé tiene dentro de las iglesias, donde se suele recurrir a ella enseñándola en el formato de un cuento para niños. Un cúmulo de factores que debe haber dejado con sangre en el ojo a varios.
Por otro lado, el género cinematográfico conocido como péplum, que encasilla a las películas que tratan historias bíblicas o se ambientan en la Antigüedad clásica o la Edad Media, no se caracteriza por sostener una fidelidad con los relatos de las Escrituras que se busca recrear. Por ejemplo, en los filmes de origen católico se incluyen citas de textos apócrifos redactados entre los siglos III y IV, que en esa organización son admitidos como fuente inspirada mediante la denominada tradición. La muestra más evidente de ello es "Un Niño Llamado Jesús", basado casi exclusivamente en los protoevangelios. Pero también hay momentos en "Jesús de Nazareth" en los cuales también se sucumbe a esta tentación. Mientras que las producciones oriundas de Hollywood o de sus afines, desarrolladas en el seno de un país de tradición evangélica, prefieren rellenar el guion con escenas cuyo aporte a la trama es escaso, quizá temiendo que el agregado de secuencias de propia cosecha capaces de despertar interés, provoquen el reclamo de agrupaciones más conservadoras y religiosas, quienes llamarían la atención acerca de un elemento ausente en la Biblia pero con la fuerza suficiente para generar distracción y llegar a hacer creer a los espectadores que forma parte de la verdad revelada (como una encuesta reciente hecha en naciones anglosajonas, que dio a conocer que muchos niños creían que personajes como Superman o Harry Potter aparecían en el Nuevo Testamento). El Noé de Arofnosky, según entiendo, cuenta con influencias de los dos casos expuestos aquí, por lo que se trataría de una curiosa muestra de globalización, que igualmente afecta a los distintos seguidores del cristianismo.
Muy hermosa será la epopeya del arca de Noé. Pero en la Biblia, e incluso en el ámbito del Génesis, las historias de los patriarcas antediluvianos son una simple introducción a lo que realmente importa, que es la gestación del pueblo de Israel, y a partir de ahí, de la expansión del mensaje de salvación universal a través del cristianismo. Los relatos que anteceden a Abraham constituyen un mero recordatorio de que Dios existe y estaba ahí antes de la formación del mundo. Sin embargo, deben ser tomados como la antesala a lo que de modo indiscutible es más valioso. Así lo entendió el autor de la Torá y así lo debemos comprender nosotros en la actualidad. Que la gesta de Noé se le siga inculcando a los niños: totalmente de acuerdo. Pero con la conciencia de que la infancia es una etapa primigenia de la existencia, donde entre otras cosas se debe preparar a los muchachos para la edad adulta.
El arca de Noé habrá sido de dimensiones colosales, pero el espacio que se le dedica a esa gesta en Biblia está muy acotado, reduciéndose a una mera anécdota incluso dentro del libro que la contiene, el Génesis. Siendo realistas, todo lo que se narra acerca del diluvio y la construcción de la embarcación no da para más que un cortometraje o un segmento de un filme largo, como de hecho estos acontecimientos fueron tratados en "La Biblia en el Principio" de John Huston. Quizá haya sido la manera en que se abordó en dicha producción este pasaje de las Escrituras, lo que finalmente motivó la realización de una obra bastante más extensa. Pues la viñeta cuenta con una extraña dosis de ironía y comicidad, en contraste con su par bíblico que jamás abandona el tono solemne. Tal vez se eligió esta historia para introducir tales elementos a fin de distender una película que podía terminar siendo tediosa debido a sus palpables pretensiones de seriedad, opción que se eligió lo más probable para no generar protestas entre la gran cantidad de personas que consideran estos sucesos como verdad revelada y sagrada. Entonces, en un afán de evitar tanto la censura como la mala taquilla, se decidió romper levemente con el estilo en un fragmento menor. Sin embargo, ni los guionistas ni el director consideraron la mediana popularidad que la epopeya de Noé tiene dentro de las iglesias, donde se suele recurrir a ella enseñándola en el formato de un cuento para niños. Un cúmulo de factores que debe haber dejado con sangre en el ojo a varios.
Por otro lado, el género cinematográfico conocido como péplum, que encasilla a las películas que tratan historias bíblicas o se ambientan en la Antigüedad clásica o la Edad Media, no se caracteriza por sostener una fidelidad con los relatos de las Escrituras que se busca recrear. Por ejemplo, en los filmes de origen católico se incluyen citas de textos apócrifos redactados entre los siglos III y IV, que en esa organización son admitidos como fuente inspirada mediante la denominada tradición. La muestra más evidente de ello es "Un Niño Llamado Jesús", basado casi exclusivamente en los protoevangelios. Pero también hay momentos en "Jesús de Nazareth" en los cuales también se sucumbe a esta tentación. Mientras que las producciones oriundas de Hollywood o de sus afines, desarrolladas en el seno de un país de tradición evangélica, prefieren rellenar el guion con escenas cuyo aporte a la trama es escaso, quizá temiendo que el agregado de secuencias de propia cosecha capaces de despertar interés, provoquen el reclamo de agrupaciones más conservadoras y religiosas, quienes llamarían la atención acerca de un elemento ausente en la Biblia pero con la fuerza suficiente para generar distracción y llegar a hacer creer a los espectadores que forma parte de la verdad revelada (como una encuesta reciente hecha en naciones anglosajonas, que dio a conocer que muchos niños creían que personajes como Superman o Harry Potter aparecían en el Nuevo Testamento). El Noé de Arofnosky, según entiendo, cuenta con influencias de los dos casos expuestos aquí, por lo que se trataría de una curiosa muestra de globalización, que igualmente afecta a los distintos seguidores del cristianismo.
Muy hermosa será la epopeya del arca de Noé. Pero en la Biblia, e incluso en el ámbito del Génesis, las historias de los patriarcas antediluvianos son una simple introducción a lo que realmente importa, que es la gestación del pueblo de Israel, y a partir de ahí, de la expansión del mensaje de salvación universal a través del cristianismo. Los relatos que anteceden a Abraham constituyen un mero recordatorio de que Dios existe y estaba ahí antes de la formación del mundo. Sin embargo, deben ser tomados como la antesala a lo que de modo indiscutible es más valioso. Así lo entendió el autor de la Torá y así lo debemos comprender nosotros en la actualidad. Que la gesta de Noé se le siga inculcando a los niños: totalmente de acuerdo. Pero con la conciencia de que la infancia es una etapa primigenia de la existencia, donde entre otras cosas se debe preparar a los muchachos para la edad adulta.
domingo, 6 de abril de 2014
El Bautizo de Córdoba
Muchos comentarios (pero no un escándalo, como habría sucedido hace sólo un par de años) generó el bautizo efectuado a una bebé en un templo católico de Córdoba, Argentina, hija de una pareja de lesbianas, la cual fue concebida por una de las dos mujeres mediante inseminación artificial. Los sacerdotes que estaban a cargo del recinto confirmaron en los medios de prensa que autorizaron la administración del sacramento aún conociendo la estructura familiar que rodeaba a la recién nacida, en parte cumpliendo las máximas de Jesús respecto al trato hacia los niños, así como también aceptando el principio cristiano de que el pecado es de exclusiva responsabilidad individual y al contrario de lo afirmado en el AT no se traspasa a las generaciones más jóvenes; y lo más probable, remembrando aquella sentencia emitida por el papa Francisco, también argentino, quien señaló que no era nadie para juzgar a un homosexual, declaraciones que se desprenden de otro principio prescrito a los creyentes, pero que a la luz del caso que nos convoca, no deja de esconder un cierto grado de ambigüedad.
Cuando el rechazo a la tendencia homosexual comenzó a perder terreno, a mediados de los años 1960, y en concordancia con la contingencia social que se dio tanto en esa década como en la siguiente, empezó a su vez a cobrar fuerza una versión exagerada de la caricatura del afeminado, que remató en esa imagen del marica chillón y avasallador que acompañó al auge de la llamada onda disco, y que se reflejó en la actitud de agrupaciones musicales como Village People, y con pretensiones más artísticas, Queen. Eran los tiempos de decadencia máxima de todo el ideario surgido con la denominada revolución de las flores, pero en donde igualmente las conductas libertinas llegaban a su mayor apogeo, representadas en aquellas discotecas como la Studio 54 donde se bebía, se consumían drogas y se copulaba con cuanto desconocido saliera al paso, sin importar su condición social o género. Entonces, la moda consistía en demostrarles, no sin un dejo de arrogancia, ya no a los grupos conservadores, sino a los individuos más recatados que sus normas culturales se batían en retirada. En esa vorágine de hedonismo, la homosexualidad era vista como la guinda de la torta. Y los gay de la época estaban conscientes de ello y lo explotaban, quizá porque les permitía obtener mucho dinero y además ser la ropa atractiva de la vitrina. Por lo que asumían con gusto y una sensación de triunfo dicho rol, que los transformaba en símbolos de un destape que no sólo abarcaba el libertinaje propiamente tal, sino que también algunos comportamientos definidos en círculos mojigatos como depravación.
Pero hacia 1981 apareció el sida, que en sus inicios cargó con el mote de ser una enfermedad de homosexuales, y estas conductas comenzaron a ser miradas con recelo, una situación que, dándose la lógica, afectó en especial a sus representantes más plausibles. Fue entonces que los gay experimentaron un breve periodo de repliegue que les sirvió para elaborar una nueva estrategia que impidiera que se produjera un retroceso en la aceptación de su tendencia. De esas divagaciones de orden quizá más intelectual -una actividad que requiere de necesarias dosis de recato- se desprendieron propuestas como el matrimonio igualitario, la adopción de niños y en el caso de las lesbianas el embarazo por inseminación, iniciativas todas que han ocasionado bastantes quebraderos de cabeza entre algunos grupos religiosos. El gay podía llegar a ser un correcto padre de familia, institución símbolo de la moralidad, los buenos modales y el conservadurismo. Las salidas de armario, por su parte (efectuadas por personas de trayectoria reconocida por todas las capas de la sociedad, y que por lo tanto no corrían riesgos muy alto a la hora de tomar esa determinación), aportaron a la causa a personas que pertenecían a círculos reconocidos y respetables, como empresarios, políticos o profesionales. El ámbito de estos sujetos ya no se restringía a estilistas, peluqueros u otros oficios vinculados a la frivolidad del espectáculo. Muy por el contrario, entre ellos había una gran cantidad de integrantes de cuello y corbata, capaces de debatir sin siquiera provocar en el interlocutor una evocación mental de los estereotipos clásicos. Hechos que permitieron que también asomara la cabeza el por entonces poco atendido lesbianismo, recordando esas convicciones que asocian a lo femenino con el diálogo, pero además con la renuncia al avasallamiento y a la arrogancia.
Esta homosexualidad de pareja estable (que ha impulsado a condenar de modo enérgico, por ejemplo, a los bisexuales) es la que conquista terreno en la actualidad y la que se halla detrás de estos supuestos cambios de mentalidad que para los colectivos gay se han transformado en importantes logros. Por ello, no es extraño que en la iglesia católica, con su propio papa a la cabeza, se manifieste un cierto nivel de tolerancia y hasta de simpatía hacia situaciones como la de la pareja de lesbianas expuesta aquí. Una organización reaccionaria como quien más, pero que ha sido debilitada producto de una serie de golpes recibidos que han resultado bastante más poderosos que una epidemia viral. Y entre dos agrupaciones que después de todo tienen un determinado grado de afinidad, quizá no ideológica pero sí emocional o circunstancial, ambas disminuidas en sus fuerzas, surge la solidaridad mutua con la intención de recuperar la reciedumbre y volver al sitial de prestigio a imponer sus términos. Ha ocurrido siempre así incluso entre los que en apariencia eran los enemigos más enconados. Pero en fin: parafraseando el dicho, el diablo los junta para formar con ellos al anticristo.
Cuando el rechazo a la tendencia homosexual comenzó a perder terreno, a mediados de los años 1960, y en concordancia con la contingencia social que se dio tanto en esa década como en la siguiente, empezó a su vez a cobrar fuerza una versión exagerada de la caricatura del afeminado, que remató en esa imagen del marica chillón y avasallador que acompañó al auge de la llamada onda disco, y que se reflejó en la actitud de agrupaciones musicales como Village People, y con pretensiones más artísticas, Queen. Eran los tiempos de decadencia máxima de todo el ideario surgido con la denominada revolución de las flores, pero en donde igualmente las conductas libertinas llegaban a su mayor apogeo, representadas en aquellas discotecas como la Studio 54 donde se bebía, se consumían drogas y se copulaba con cuanto desconocido saliera al paso, sin importar su condición social o género. Entonces, la moda consistía en demostrarles, no sin un dejo de arrogancia, ya no a los grupos conservadores, sino a los individuos más recatados que sus normas culturales se batían en retirada. En esa vorágine de hedonismo, la homosexualidad era vista como la guinda de la torta. Y los gay de la época estaban conscientes de ello y lo explotaban, quizá porque les permitía obtener mucho dinero y además ser la ropa atractiva de la vitrina. Por lo que asumían con gusto y una sensación de triunfo dicho rol, que los transformaba en símbolos de un destape que no sólo abarcaba el libertinaje propiamente tal, sino que también algunos comportamientos definidos en círculos mojigatos como depravación.
Pero hacia 1981 apareció el sida, que en sus inicios cargó con el mote de ser una enfermedad de homosexuales, y estas conductas comenzaron a ser miradas con recelo, una situación que, dándose la lógica, afectó en especial a sus representantes más plausibles. Fue entonces que los gay experimentaron un breve periodo de repliegue que les sirvió para elaborar una nueva estrategia que impidiera que se produjera un retroceso en la aceptación de su tendencia. De esas divagaciones de orden quizá más intelectual -una actividad que requiere de necesarias dosis de recato- se desprendieron propuestas como el matrimonio igualitario, la adopción de niños y en el caso de las lesbianas el embarazo por inseminación, iniciativas todas que han ocasionado bastantes quebraderos de cabeza entre algunos grupos religiosos. El gay podía llegar a ser un correcto padre de familia, institución símbolo de la moralidad, los buenos modales y el conservadurismo. Las salidas de armario, por su parte (efectuadas por personas de trayectoria reconocida por todas las capas de la sociedad, y que por lo tanto no corrían riesgos muy alto a la hora de tomar esa determinación), aportaron a la causa a personas que pertenecían a círculos reconocidos y respetables, como empresarios, políticos o profesionales. El ámbito de estos sujetos ya no se restringía a estilistas, peluqueros u otros oficios vinculados a la frivolidad del espectáculo. Muy por el contrario, entre ellos había una gran cantidad de integrantes de cuello y corbata, capaces de debatir sin siquiera provocar en el interlocutor una evocación mental de los estereotipos clásicos. Hechos que permitieron que también asomara la cabeza el por entonces poco atendido lesbianismo, recordando esas convicciones que asocian a lo femenino con el diálogo, pero además con la renuncia al avasallamiento y a la arrogancia.
Esta homosexualidad de pareja estable (que ha impulsado a condenar de modo enérgico, por ejemplo, a los bisexuales) es la que conquista terreno en la actualidad y la que se halla detrás de estos supuestos cambios de mentalidad que para los colectivos gay se han transformado en importantes logros. Por ello, no es extraño que en la iglesia católica, con su propio papa a la cabeza, se manifieste un cierto nivel de tolerancia y hasta de simpatía hacia situaciones como la de la pareja de lesbianas expuesta aquí. Una organización reaccionaria como quien más, pero que ha sido debilitada producto de una serie de golpes recibidos que han resultado bastante más poderosos que una epidemia viral. Y entre dos agrupaciones que después de todo tienen un determinado grado de afinidad, quizá no ideológica pero sí emocional o circunstancial, ambas disminuidas en sus fuerzas, surge la solidaridad mutua con la intención de recuperar la reciedumbre y volver al sitial de prestigio a imponer sus términos. Ha ocurrido siempre así incluso entre los que en apariencia eran los enemigos más enconados. Pero en fin: parafraseando el dicho, el diablo los junta para formar con ellos al anticristo.
domingo, 23 de marzo de 2014
Un Dios Que Te Odia
Durante el fin de semana se produjo el deceso de Fred Phelps, el fundador y hasta hace unos meses líder de la inefable Iglesia Bautista de Westboro, ese grupo autónomo conformado por miembros de tres familias, todas emparentadas entre sí, que se hizo conocido por los hostigamientos que efectuaba en los funerales de las celebridades, insistiendo delante de los deudos que a causa de su conducta terrenal iban a terminar en el infierno, así como en los velatorios de los soldados norteamericanos caídos en alguna de las tantas intervenciones de Estados Unidos en territorios extranjeros, no para protestar por la política belicista del país, sino para recordar que, de acuerdo a su propia y peculiar interpretación de las Escrituras, estos hechos formaban parte del enojo divino contra una nación que estaba abandonando los principios bíblicos y tolerando la existencia de la homosexualidad, tendencia que de acuerdo a estos religiosos debía ser condenada con la muerte.
Desde luego que hay bastante de morbo, sensacionalismo y prensa amarilla en torno al fenómeno Westboro, algo que probablemente Phelps nunca se detuvo a analizar en profundidad (la mayoría de estos extremistas religiosos, en todo caso, son poco reflexivos). No obstante, de seguro sí que tanto él como sus dirigidos estaban al corriente de lo que provocaban alrededor suyo, y empleaban tales consecuencias en favor de la divulgación de su mensaje, del que al menos este líder parecía muy convencido. Así, esa hoguera de frivolidades que integraban todas la celebridades a las cuales Fred atacó de manera tan denodada, finalmente le permitió tanto a él como a su grupo ganarse un lugar en la opinión pública norteamericana y cristiana universal. Juego que en este último tiempo se le volvió en contra, cuando una comunidad de filiación satanista llevó a cabo un ritual en la tumba de su madre, devolviendo con la misma moneda las desagradables intromisiones efectuadas por esta congregación en las pompas fúnebres. Y que ahora anunció que realizará una serie de danzas con el propósito de asegurar que el recién difunto permanezca en el averno para que Mefistófeles lo transforme en gay. Odio con odio se paga.
Sin embargo, ¿fue sólo el sensacionalismo lo que ayudó a instalar en los márgenes más amplios de la sociedad a una insignificante iglesia familiar sita en un suburbio de Topeka? Por cierto que fue un factor muy significativo, en especial en un país que en muchos aspectos, también espirituales, ha sentado pautas en lo que se refiere a frivolidad. Pero esto tiene un punto de partida que subyace en el subconsciente de la mayoría de los norteamericanos, sobre todo en quienes están ligados al cristianismo evangélico. Aunque tal vez ninguno se atreva a irrumpir en un funeral con un cartel que asevere que Dios odia a los maricas, varios en los púlpitos y en los medios de comunicación especializados llaman a detener con la mayor fuerza y de cualquier modo la llamada agenda gay, buscando que a los homosexuales se les nieguen hasta los derechos humanos más básicos, ya que según ellos su conducta está relacionada con los más diversas aberraciones y los más abyectos abusos sexuales, cuestión que está comprobada que no es cierta y que además no es sino una versión más suavizada de lo que preconizan los Westboro, quienes acusan a estas personas de constituir la causa casi exclusiva de todos los males del mundo. Cuando acaece un asesinato homofóbico, muchos de estos creyentes alientan a no darle importancia, pues la víctima era un pecador que recibirá el castigo eterno. Y un grueso muy relevante opina o realmente concibe la idea de que dicha minoría es de lo peor, más aún que los más crueles impíos.
Fred Phelps podrá ser una variante extremista e inaceptable. Pero sólo constituye la punta de un témpano. Muchas de las actuaciones del recién fenecido pastor forman parte de los comentarios privados o los sermones de muchos hermanos, quienes no buscan cruzar la barrera por un asunto de buena crianza. Es por ello que pudo darse un individuo con tales características. Porque hay una base de prejuicios sociales detrás, por desgracia alentados por muchas de esas iglesias que hoy rasgan vestiduras y dicen que lo de Westboro es un camino equivocado. Cabe recordar que en algunas comunidades evangélicas, en los discursos de despedida de algún occiso que en vida no actuó conforme a la visión de sus connacionales de acuerdo a los dictámenes divinos, se le dedicaban discursos en los cuales se aseveraba que dicho finado se pudriría en el infierno. Y parece que hay cosas que no cambian. Ya que por estos mismos días un predicador norteamericano, de visita en Brasil, recalcó que Dios aborrece tanto al pecado como al pecador y que la sola tolerancia a la existencia de los homosexuales era un acto de cobardía y en consecuencia de apostasía que iba de seguro a significar la pérdida de la salvación. ¿El Señor es amor y también fuego consumidor? Completamente de acuerdo. Pero cuidado: no los vaya a terminar fulminando a ustedes.
Desde luego que hay bastante de morbo, sensacionalismo y prensa amarilla en torno al fenómeno Westboro, algo que probablemente Phelps nunca se detuvo a analizar en profundidad (la mayoría de estos extremistas religiosos, en todo caso, son poco reflexivos). No obstante, de seguro sí que tanto él como sus dirigidos estaban al corriente de lo que provocaban alrededor suyo, y empleaban tales consecuencias en favor de la divulgación de su mensaje, del que al menos este líder parecía muy convencido. Así, esa hoguera de frivolidades que integraban todas la celebridades a las cuales Fred atacó de manera tan denodada, finalmente le permitió tanto a él como a su grupo ganarse un lugar en la opinión pública norteamericana y cristiana universal. Juego que en este último tiempo se le volvió en contra, cuando una comunidad de filiación satanista llevó a cabo un ritual en la tumba de su madre, devolviendo con la misma moneda las desagradables intromisiones efectuadas por esta congregación en las pompas fúnebres. Y que ahora anunció que realizará una serie de danzas con el propósito de asegurar que el recién difunto permanezca en el averno para que Mefistófeles lo transforme en gay. Odio con odio se paga.
Sin embargo, ¿fue sólo el sensacionalismo lo que ayudó a instalar en los márgenes más amplios de la sociedad a una insignificante iglesia familiar sita en un suburbio de Topeka? Por cierto que fue un factor muy significativo, en especial en un país que en muchos aspectos, también espirituales, ha sentado pautas en lo que se refiere a frivolidad. Pero esto tiene un punto de partida que subyace en el subconsciente de la mayoría de los norteamericanos, sobre todo en quienes están ligados al cristianismo evangélico. Aunque tal vez ninguno se atreva a irrumpir en un funeral con un cartel que asevere que Dios odia a los maricas, varios en los púlpitos y en los medios de comunicación especializados llaman a detener con la mayor fuerza y de cualquier modo la llamada agenda gay, buscando que a los homosexuales se les nieguen hasta los derechos humanos más básicos, ya que según ellos su conducta está relacionada con los más diversas aberraciones y los más abyectos abusos sexuales, cuestión que está comprobada que no es cierta y que además no es sino una versión más suavizada de lo que preconizan los Westboro, quienes acusan a estas personas de constituir la causa casi exclusiva de todos los males del mundo. Cuando acaece un asesinato homofóbico, muchos de estos creyentes alientan a no darle importancia, pues la víctima era un pecador que recibirá el castigo eterno. Y un grueso muy relevante opina o realmente concibe la idea de que dicha minoría es de lo peor, más aún que los más crueles impíos.
Fred Phelps podrá ser una variante extremista e inaceptable. Pero sólo constituye la punta de un témpano. Muchas de las actuaciones del recién fenecido pastor forman parte de los comentarios privados o los sermones de muchos hermanos, quienes no buscan cruzar la barrera por un asunto de buena crianza. Es por ello que pudo darse un individuo con tales características. Porque hay una base de prejuicios sociales detrás, por desgracia alentados por muchas de esas iglesias que hoy rasgan vestiduras y dicen que lo de Westboro es un camino equivocado. Cabe recordar que en algunas comunidades evangélicas, en los discursos de despedida de algún occiso que en vida no actuó conforme a la visión de sus connacionales de acuerdo a los dictámenes divinos, se le dedicaban discursos en los cuales se aseveraba que dicho finado se pudriría en el infierno. Y parece que hay cosas que no cambian. Ya que por estos mismos días un predicador norteamericano, de visita en Brasil, recalcó que Dios aborrece tanto al pecado como al pecador y que la sola tolerancia a la existencia de los homosexuales era un acto de cobardía y en consecuencia de apostasía que iba de seguro a significar la pérdida de la salvación. ¿El Señor es amor y también fuego consumidor? Completamente de acuerdo. Pero cuidado: no los vaya a terminar fulminando a ustedes.
miércoles, 12 de marzo de 2014
Tradicionalmente Gay
Vaya que debe ser difícil la disyuntiva para algunas iglesias evangélicas tradicionales y nacionales que existen en Europa. Como algunas son financiadas por el Estado respectivo ya desde tiempos de la Reforma, han sido obligadas a aceptar que dentro de sus templos se efectúen bodas homosexuales cuando los contrayentes así lo soliciten, en aquellos países donde esa forma de matrimonio ha sido aprobada, pues los aportes gubernamentales las transforman en un bien de uso público disponible para todos los ciudadanos sin diferencias (en lugares muy conocidos por sus notables sistemas de bienestar). Ciertos líderes y pastores se han resistido a estas prescripciones, y en casos puntuales han obtenido pequeños triunfos. Otros, por su parte, se resignan, mientras un tercer grupo recibe estas disposiciones con entusiasmo, ya que ven en su aplicación una señal de apertura y una posibilidad de cumplir el mandato de Jesús que llama a hacer lo correcto con el prójimo aún tratándose de un enemigo físico o un adversario ideológico.
Aunque en la actualidad la mayoría de las congregaciones evangélicas más antiguas, sean nacionales o no, están rodeadas por un halo de progresismo, tolerancia y liberalidad -en especial cuando se trata de abordar temas relacionados con la moral personal-: dicha conducta no se condice para nada con lo que mostraban en sus primeras épocas. Más aún: un buen número de estas comunidades se caracterizaba por una actitud mucho más hermética de la que hoy son capaces de exhibir, por colocar un ejemplo, los fundamentalistas más conservadores. A modo de demostración, baste recordar que hasta hace cien años, los anglicanos de Canterbury no aceptaban como dirigentes a personas zurdas, por aquello de que tras la parusía los justos se sentarían a la diestra de Dios mientras que los impíos a la izquierda (una alegoría que está basada en aspectos de la cultura romana, pero en fin...). Ni hablar de lo acalorado que ha acabado siendo el debate en esa misma organización británica, desde que sus altas cúpulas decidieron incluir a mujeres como pastores y obispos (esto último aún no aclarado del todo). Situaciones que se repitieron, con diversos matices, entre los luteranos holandeses y nórdicos, los cuales llegaron a alentar sendos procesos de brujería.
Con una velocidad mucho más lenta de lo ideal, estas congregaciones han ido abandonando dichos prejuicios. No obstante, para el grueso de la sociedad aún quedan barreras por franquear, y una de ellas es la aceptación de los homosexuales, incluso al interior de los templos. Asunto complejo porque esa tendencia es condenada de punta a cabo en la Biblia, a diferencia de las proscripciones de antaño que más bien estaban sustentadas en interpretaciones erróneas o puntuales de textos específicos sobres los cuales era necesaria un mayor acto exegético. Pero como el pasado condena, y a través de varios siglos los gay han padecido condiciones similares a las experimentadas por las mujeres, los niños, los discapacitados o los grupos étnicos considerados inferiores: entonces no faltan quienes exigen una explicación respecto a por qué se continúa dejando a un colectivo en la marginalidad a la vez que se acoge a todos los demás (y pidiendo disculpas públicas entretanto). Fuera de que es preciso acotar que estas iglesias se hicieron eco de las políticas de sus respectivos Estados protectores, cuya integridad estaban llamadas a salvaguardar. Por lo que en los gobiernos de tales países igualmente se siente una obligación con el particular, y la manera de mostrar un cambio de actitud es entregando nuevas orientaciones a las instituciones dependientes (de qué otra forma en cualquier caso).
En tal sentido, las nuevas iglesias evangélicas (tomando como punto de partida el Estados Unidos de mediados del siglo XIX) no se sienten tan atadas a una responsabilidad ética ni a una sensación de culpa -en el asunto que tratamos en este artículo, de más está decirlo- y sus componentes pueden emitir sus condenas contra los homosexuales con bastante más libertad y convicción. Más aún: en algunas de ellas se han retomado elementos como la restricción del ministerio femenino o incluso la segregación de grupos etáreos en determinados casos, si bien esto último casi siempre se restringe a aspectos de orden ideológico (personas con pensamientos progresistas, por ejemplo). Ocurre que tales congregaciones surgieron cuando sus antecesoras ya no respondían a las inquietudes de los cristianos y la predicación del mensaje y hasta el concepto del ágape se encontraban ausentes. El problema radica en que cada día presenciamos una hendidura más profunda entre quienes desean avanzar en la eliminación de prejuicios nocivos introduciendo modificaciones no menos nefastas, y quienes a modo de reacción se aferran a dichos prejuicios creyendo que constituyen palabra de Dios porque la sociedad no cristiana los detesta. Y en el medio, como la población civil en una guerra, están las almas que buscan a Jesús y no lo encuentran, pues no reciben la orientación adecuada de quienes debieran acudir en su auxilio.
Aunque en la actualidad la mayoría de las congregaciones evangélicas más antiguas, sean nacionales o no, están rodeadas por un halo de progresismo, tolerancia y liberalidad -en especial cuando se trata de abordar temas relacionados con la moral personal-: dicha conducta no se condice para nada con lo que mostraban en sus primeras épocas. Más aún: un buen número de estas comunidades se caracterizaba por una actitud mucho más hermética de la que hoy son capaces de exhibir, por colocar un ejemplo, los fundamentalistas más conservadores. A modo de demostración, baste recordar que hasta hace cien años, los anglicanos de Canterbury no aceptaban como dirigentes a personas zurdas, por aquello de que tras la parusía los justos se sentarían a la diestra de Dios mientras que los impíos a la izquierda (una alegoría que está basada en aspectos de la cultura romana, pero en fin...). Ni hablar de lo acalorado que ha acabado siendo el debate en esa misma organización británica, desde que sus altas cúpulas decidieron incluir a mujeres como pastores y obispos (esto último aún no aclarado del todo). Situaciones que se repitieron, con diversos matices, entre los luteranos holandeses y nórdicos, los cuales llegaron a alentar sendos procesos de brujería.
Con una velocidad mucho más lenta de lo ideal, estas congregaciones han ido abandonando dichos prejuicios. No obstante, para el grueso de la sociedad aún quedan barreras por franquear, y una de ellas es la aceptación de los homosexuales, incluso al interior de los templos. Asunto complejo porque esa tendencia es condenada de punta a cabo en la Biblia, a diferencia de las proscripciones de antaño que más bien estaban sustentadas en interpretaciones erróneas o puntuales de textos específicos sobres los cuales era necesaria un mayor acto exegético. Pero como el pasado condena, y a través de varios siglos los gay han padecido condiciones similares a las experimentadas por las mujeres, los niños, los discapacitados o los grupos étnicos considerados inferiores: entonces no faltan quienes exigen una explicación respecto a por qué se continúa dejando a un colectivo en la marginalidad a la vez que se acoge a todos los demás (y pidiendo disculpas públicas entretanto). Fuera de que es preciso acotar que estas iglesias se hicieron eco de las políticas de sus respectivos Estados protectores, cuya integridad estaban llamadas a salvaguardar. Por lo que en los gobiernos de tales países igualmente se siente una obligación con el particular, y la manera de mostrar un cambio de actitud es entregando nuevas orientaciones a las instituciones dependientes (de qué otra forma en cualquier caso).
En tal sentido, las nuevas iglesias evangélicas (tomando como punto de partida el Estados Unidos de mediados del siglo XIX) no se sienten tan atadas a una responsabilidad ética ni a una sensación de culpa -en el asunto que tratamos en este artículo, de más está decirlo- y sus componentes pueden emitir sus condenas contra los homosexuales con bastante más libertad y convicción. Más aún: en algunas de ellas se han retomado elementos como la restricción del ministerio femenino o incluso la segregación de grupos etáreos en determinados casos, si bien esto último casi siempre se restringe a aspectos de orden ideológico (personas con pensamientos progresistas, por ejemplo). Ocurre que tales congregaciones surgieron cuando sus antecesoras ya no respondían a las inquietudes de los cristianos y la predicación del mensaje y hasta el concepto del ágape se encontraban ausentes. El problema radica en que cada día presenciamos una hendidura más profunda entre quienes desean avanzar en la eliminación de prejuicios nocivos introduciendo modificaciones no menos nefastas, y quienes a modo de reacción se aferran a dichos prejuicios creyendo que constituyen palabra de Dios porque la sociedad no cristiana los detesta. Y en el medio, como la población civil en una guerra, están las almas que buscan a Jesús y no lo encuentran, pues no reciben la orientación adecuada de quienes debieran acudir en su auxilio.
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