domingo, 26 de junio de 2016

Cómo Enfrentar A Tu Testigo

No debe haber cosa más desagradable que verse obligado a abrir la puerta un sábado o domingo por la mañana, y encontrarse del otro lado del umbral con un testigo de Jehová. No sólo por el horario que eligen para llevar adelante su proselitismo, ni la verborrea empalagosa que utilizan para dar a conocer una serie interminable de dogmas sueltos que sólo a ellos le importan. Sino porque uno, como cristiano evangélico, sabe que quien está enfrente representa a un grupo con el que tiene ciertas coincidencias doctrinales, que se dan porque su fundador era en un principio hermano de fe, pero que formó su propio credo por considerar que el tronco original se había desviado o nunca fue suficiente al momento de expresar la verdad total del mensaje de salvación, situación que sus seguidores no se demoran en recalcar, admitiendo por supuesto que ellos son los poseedores de la revelación final y por ende más perfecta.

En realidad, los testigos son bastante fastidiosos. En sus puerta a puerta, antes que comunicar la buena nueva de salvación, prefieren dar a conocer la doctrina particular de su religión (que lo es, aunque ellos desprecien esa palabra), quizá como una manera de informar que se trata de una fe distinta y original respecto a aquella en que el oyente se ha formado. ¿Y en qué consiste tal paradigma? Pues en una amalgama de dogmas y declaraciones de principios carentes de un discurso teológico sistematizado, justificados con argumentos aún menos inconexos entre sí, lo que provoca la sensación de tratarse de una lista de simples supersticiones y leyendas populares. Más que un planteamiento unificado, lo que muestran son respuestas puntuales a las preguntas que se formula cada cristiano (y a veces, cada persona común), en muchas ocasiones planteadas con un estilo rebuscado y pretendidamente académico -en el sentido teológico más que nada-. Esto último es lo que genera irritación en el receptor, pues como se señaló, ha sido moldeado en otro credo cristiano -o en el agnosticismo- que en el peor de los casos le infunde un determinado respeto, a quien una serie de sentencias emitidas otrosí de una manera que las presenta como revelaciones absolutas, que contradicen violentamente su sistema de creencias, no le resultan muy acogedoras, y se resigna a escucharlas debido al carisma de quien las expele.

¿Por qué finalmente adoptamos la postura de un interlocutor pasivo, y terminamos oyendo con una paciencia impertérrita algo que de antemano sabemos que es una doctrina falsa? Tal vez se deba a que nosotros hemos, de alguna manera, optado por el camino opuesto. Es cierto. Cuando se quiere divulgar la palabra entre incrédulos, lo más recomendable es dejar de lado los aspectos teológicos que requieren una reflexión apenas profunda, y optar por una transmisión de la palabra lo más concisa y comprensible posible, incluso no despreciando los aspectos del estilo publicitario. Sin embargo, el problema radica en que los evangélicos suelen llegar hasta ahí, limitándose a recitar de memoria algunos versículos bíblicos, pero dando por terminada la labor (ante ellos mismos, su comunidad y el mismo Señor) una vez que la persona se ha convertido (o es empezada a ver con frecuencia en el templo). Incluso, muchos rechazan el conocimiento por considerar que el exceso de éste constituye una suerte de árbol de la ciencia del bien y el mal para el feligrés, y que si adquiere mayor profundidad intelectual, aumentará su escepticismo y disminuirá su aprecio por Dios. Así, los neófitos saben tanto o menos que quien los invitó a la iglesia, y la cuestión se torna un círculo vicioso. Luego no es difícil permanecer callado y remitirse a una oración silenciosa y la exclusiva confianza en las alturas, aceptando humildemente la prueba. El asunto es que algunos no la pasan y ante el bombardeo de sentencias absolutas que, por su parecido con las tradicionales dejan la fe del escucha en entrevero, acaban por comprar uno de esos magacines que venden los testigos y hasta enganchan con sus dogmas.

Agrueguemos, además, que en la pasividad de los hermanos también hay una cuota de miedo. Aunque a las claras se puede notar que se trata de otro evangelio, la manera en que éste se emite, muy similar al modo como quien lo condujo a la iglesia le mostró las verdades cristianas, incluyendo la condena al infierno si el incauto, entre otras cosas, preguntaba demasiado o dedicaba horas a la investigación intelectual, termina con el oyente reducido a una calidad inferior, también por debajo de las doctrinas que le ha soltado el testigo, situación que puede provocar estragos. Por ello, lo correcto es no sólo aprender de la existencia de la Trinidad, sino conocer toda la justificación bíblica, pero también teológica e histórica que la respalda (entre esto último, el concilio de Nicea, legítimo desde el punto de vista cristiano aunque por sus circunstancias y su origen a algunos no les parezca así), y dominar conceptos como la Unión Hipostática, esencial para entender la condición de ser humano pero a la vez de hijo de Dios de Jesús. Si no estamos lo suficientemente preparados, el diablo puede meternos el tridente en la boca y nosotros, en lugar de morderlo, hasta podríamos ser capaces de disfrutarlo.

domingo, 12 de junio de 2016

Con El Pulso Acelerado

¿Qué, como cristianos, podemos decir ante el ataque a la disco gay Pulse, de Orlando, donde un pistolero solitario ingresó a disparar a mansalva, provocando un saldo, al menos mientras se escribe este artículo, de cincuenta muertos y una cantidad similar de heridos, varios de extrema gravedad? Una primera alternativa sería plegarse al coro de ciertos ciudadanos norteamericanos, quienes con bastante ligereza han atribuido, desde el minuto inicial, esta agresión al terrorismo islámico, opinión que han visto alimentada a la luz de algunos antecedentes aislados que han venido siendo revelados, como que el responsable de la masacre era estadounidense pero de origen afgano, y que horas antes de desatar el infierno habría llamado al 911 aseverando que le debía lealtad a ISIS, uno de cuyos voceros rato después se atribuyó la asonada en nombre de ese grupo.

 Datos aún inconexos, que podrían llevar a los creyentes a sacar conclusiones equivocadas. Y de paso, aumentar los prejuicios y el consiguiente desprecio por los colectivos que cuentan con representantes involucrados en esta matanza, ya sea del lado del victimario como de las víctimas. Por una parte, se tenderá a calificar al conjunto de los musulmanes como fanáticos religiosos desalmados, capaces de asesinar a cuanto infiel se les coloque por delante. Lo cual redundará en consecuencias inmediatas a nivel de relaciones sociales, como por ejemplo que muchos practicantes de la fe islámica se sentirán vigilados y observados tanto por sus vecinos como por las fuerzas policiales, y más de alguno será insultado o inclus por uno o varios miembros de su propia comunidad. Ha sucedido esto en el pasado y no sólo en el país sede de un atentado específico (cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas en 2001, mahometanas de diversos lugares de Sudamérica, también Chile, denunciaron agresiones físicas). Por supuesto que el grueso de los cristianos estarán prestos a rechazar esta clase de conductas. Pero en un ambiente predeterminado, van a priorizar el mayor alejamiento posible, de un sistema de creencias errado y además violento, que la búsqueda de entendimiento y la corrección de actitudes poco amigables. Fuera de sacar a colación el sempiterno pretexto de que no existiría motivo para ir en ayuda de pecadores que no tienen intención de redimirse, y que por ende podrían contagiar a un seguidor de Jesús, en vez de preferir el auxilio de los propios hermanos (considerando que en ciertas zonas algunos son perseguidos y diezmados por los extremistas musulmanes)

 Indiferencia que podría resultar más notoria si se aplica contra el otro colectivo afectado por esta masacre: los homosexuales. No sólo porque ellos aquí se encuentran únicamente del lado de las víctimas y son quienes han sufrido más bajas. Sino debido a la inevitable mención a otro tópico por desgracia también muy recurrente entre los cristianos: estas personas murieron a causa de sus malas acciones y ya que al momento de su fallecimiento se encontraban en pecado, no cabe preocupación por ellas pues se han condenado. En ese sentido, no faltarán quienes insistan en que este crimen tuvo su génesis y su justificación en una supuesta provocación que los gay habrían orquestado sobre la sociedad norteamericana, formada a partir de los llamados valores cristianos morales tradicionales, que muchos, aunque parezca imposible, aún respetan. El suceso más palpable y más reciente de dicha incitación sería la aprobación del matrimonio entre congéneres, que en Estados Unidos se produjo hace menos de un año merced a un fallo de la Corte Suprema local. Pero se trataría nada más del último de una larga cadena en la cual se hallarían abominaciones como esta discoteca que por cierto era tomada, debido a las circunstancias en las cuales se fundó, como un símbolo de la liberación de los amanerados (bueno: lo será más de ahora en adelante) a nivel mundial. A partir de ahí sobran quienes, por ejemplo, aseguran que la deslealtad de su pueblo habría incitado al Señor a dejar de protegerlo de amenazas peligrosas, permitiendo la entrada de sujetos monstruosos como el asesino de Pulse, tierra de nadie pues debido a los antecedentes de este antro no había por dónde instalar una fuerza de contención divina.

 Hay creyentes que en lugar de repudiar esta masacre, estarán más preocupados de que a partir de ella se produzca una aceleración en la concreción de las propuestas de los gay, aprovechando que cuentan con una alta cifra de mártires. Personalmente les diría a esos hermanos que no se angustien frente a algo que es inevitable. Sin embargo, también les recomendaría seguir ciertos pasos para evitar que la bola de nieve crezca más de lo que se merece. Primero, colocándose en el pellejo de los amigos y familiares de los fallecidos, así como de los heridos. No es difícil: de hecho Jesús lo hizo y lo estableció además como mandato, lo que significa que nosotros estamos en condiciones de imitarlo. Aún cuando se trate de unos pecadores que nos causen repulsión, respecto de lo cual el mismo Cristo sostuvo como una actitud aún más loable. No olvidemos que los musulmanes tampoco aprecian la homosexualidad, y en el caso de sus variantes más extremas, son capaces de hacerlo saber con atrocidades como la ocurrida en Pulse. Entonces marquemos la diferencia, que al final el propósito es que se conviertan y abandonen su tendencia, en lugar de resignarse a decir que todo fue consecuencia de su alejamiento de las cosas del Señor, una vez que ya han sido acribillados y que por ende no nos pueden escuchar.

domingo, 29 de mayo de 2016

Quieren Ser Libres

Nada más se empezó a correr el rumor de que Frozen, la princesa Disney que canta "Libre Soy", iba a declararse lesbiana en la eventual secuela que estaría preparando el estudio del ratón, y las asociaciones moralistas y los histéricos que nunca faltan inundaron las redes sociales amenazando no sólo con dejar de ver este filme y todo el resto de las producciones creadas o distribuidas por la factoría, tanto históricas como futuras, sino que también advirtiendo que presionarán a los posibles patrocinadores de ésta para que rompan sus contratos comerciales y se abstengan de firmar nuevos compromisos. Todo esto, ante una información que no ha sido confirmada -aunque tampoco desmentida- y que a su vez fue motivada por una nueva actitud que están tomando los colectivos gay, que es la de exigir la existencia de personajes homosexuales en las realizaciones para niños, con la finalidad de contribuir al término definitivo de las discriminaciones de las que alegan aún son víctimas, tal como sucedió en el pasado -y en épocas recientes- al colocar indígenas, orientales y afrodescendientes en roles protagonistas. Algo que contaría con el aval de los responsables de la obra aquí tratada, uno de los cuales es un entusiasta LGTB.

La verdad es que Disney no se ha caracterizado por el recato, al menos en los términos de la moralina cristiana, a lo largo de su historia. En sus filmes podemos encontrar escenas donde se hace alusión -siempre en forma positiva o neutral- al tabaquismo (Pinocho, Dumbo), la adicción a las drogas (Alicia en Wonderland, con el gusano fumador de opio), el erotismo y el satanismo (segundo y último episodio de Fantasía, respectivamente), la vida nocturna de los adolescentes (Música Maestro) y la violencia excesiva (Bambi, claro está; pero también el último episodio de la mencionada "Música Maestro", donde un narrador omnisciente incluso pide a la audiencia que comprenda al abusivo empresario que mató a la ballena tenor, debido a su supuesta ignorancia). Varios responderán que se trata de filmes relativamente antiguos, anteriores a un sinnúmero de trabajos publicados sobre la personalidad infantil, que han permitido orientar con más eficacia los productos dirigidos a los niños. De acuerdo. Pero en producciones más recientes existen elementos igualmente controvertidos que muchos no han notado y que curiosamente, incluyen insinuaciones de índole sexual. Por ejemplo, la pedofilia (las protagonistas de "La Sirenita", "La Bella y la Bestia" y "Pocahontas" son todas menores de edad pretendidas por hombres mayores), la agresión contra la mujer ("La Bella y la Bestia"), la sensualidad ("Alladin", "Pocahontas", Esmeralda en "El Jorobado de Notre Dame") y hasta la poligamia ("El Rey León, donde algunos despistados han despotricado contra la supuesta relación homosexual entre Timón y Pumba).

Por su parte, las diferentes derivaciones cinematográficas y televisivas que surgido de la empresa del tío Walt también cuentan con aspectos interesantes. De allí han surgido numerosos cortos efectuados con la intención de ser presentados en vísperas de Halloween (sí, Los Simpson no fueron los primeros en dedicar segmentos exclusivos a la Noche de Brujas), que tratan temas relacionados con dicha fecha, de más está decir que no muy bien vista por los cristianos. Además han producido seriales destinadas derechamente a un público adulto, como Carmen Sandiego o Gárgolas (amén de otras que han distribuido, entre ellas muchas de animación japonesa). Y está la trayectoria de sus princesas de carne y hueso, como Britney Spears o Mariah Carey, que una vez desligadas del logotipo del ratón se han esmerado por demostrar que se sitúan muy lejos de la imagen idealizada que muestran sus símiles del celuloide. ¿Qué sentido tiene, a la luz de estos antecedentes, efectuar un burdo intento de protección de unos, ya lo vimos, inexistentes valores que reflejaría Disney? Bueno. En primer lugar cabe recordar la tirria que ciertos grupos religiosos le guardan a los homosexuales, a quienes consideran el punto culminante de la degradación moral y cultural -suelen considerar ambas cosas como indisolublemente unidas-. Pero además está relacionado con el hecho de que la factoría representaría una parte de la tradición norteamericana -donde entre otros, también se incluye a los grupúsculos que rechazan a muerte a los gay-, que por cierto, se ha cimentado en base a ciertas conductas no muy apreciables que digamos, como en la época del macartismo, cuando don Walter Elías, en su condición de agente de la CIA, elaboró las listas negras para la Comisión de Actividades Anti Americanas, actitud que le agradecen varios de quienes escupen hoy y han escupido siempre contra los "maricas".

A Disney hay que apreciarlo por lo que es. Una empresa que le dio un innegable aporte al cine, no sólo de animación, lo cual se dio gracias a haber sido dirigida por un gran artista como lo fue Walt (más incluso que empresario, como lo probaron los enormes riesgos que corrió para llevar adelante sus proyectos, algunos de los que acabaron en sendos fracasos económicos). A los gay, sólo cabe decirles que no se inmiscuyan en lo que no saben, como los libretos cinematográficos, exclusiva responsabilidad de los guionistas; y si quieren hacer hincapié en su situación, elaboren sus propias producciones: en la actualidad cuentan con recursos monetarios y sociales suficientes. Y para los cristianos, recalcar que Jesús, y no un estudio de grabación, es el punto de referencia.

domingo, 15 de mayo de 2016

Sin Salir del Barrio

Uno de los fenómenos más curiosos que ha acontecido en distintos países de América Latina con la expansión del cristianismo evangélico, es la aparición de congregaciones de diferentes tamaños en distintos sectores marginados y marginales de las grandes urbes, ya se trate de asentamientos informales o edificaciones de viviendas sociales planificadas por distintos Estados y gobiernos, que en los últimos años, coincidiendo con el cambio de paradigma económico, se tornan cada vez más precarios y su construcción adolece cada día de mayor falta de prolijidad.

Buena parte de estas iglesias comparten una característica común. Son autocéfalas, es decir que no forman parte de alguna congregación más amplia, e incluso varias de ellas ni siquiera han establecido una relación formal con otra comunidad, aunque sea vecina. Aunque, como fue mencionado en el párrafo anterior, las hay de diferentes tamaños, abundan las más pequeñas, de no más de veinte miembros, reunidos en habitaciones o galpones, en la casa -tan sólo unos metros más amplia- de un hermano a quien las circunstancias lo han obligado a ejercer como pastor, sin contar con los mínimos conocimientos intelectuales y espirituales para aquello. Todo, en un ambiente de abandono social de parte del Estado y la población correspondientes, esta última, que no espera que le pregunten acerca de estos asentamientos para responder con prejuicios, acusaciones sin fundamento y epítetos de grueso calibre. 

 Una conducta que también ha contagiado a los cristianos que no viven en esos lugares. Debemos admitirlo. Varios de ellos no irían a evangelizar en un asentamiento marginal influenciados por lo que ciertos medios de comunicación aseveran de ellos, e incluso muchos se negarían a aceptar que algún hermano tuviera la idea de organizar una congregación allí. Y no obstante, estas rudimentarias -igual que su entorno- iglesias existen, cuentan con hermanos que se atreven a propagar su fe en un ambiente que otros considerarían inadecuado, y además han conseguido convertir a más de un vecino. Todo esto, desarrollado por comunidades que no reciben ayuda ninguna, desconectadas de sus congéneres -si bien no del Señor-, y sobre las cuales, más de alguno que profesa la misma fe no estaría dispuesto a considerarlas como tales.

Una de las causas de la expansión del cristianismo evangélico es la excesiva formalidad del catolicismo, que impulsa a los romanos a tener un número limitado de templos y ministros por territorio, por temor al sectarismo. Eso ha quedado demostrado con inusual fuerza en las últimas décadas, con la proliferación de los cordones de viviendas precarias en las grandes urbes, unido a las visiones del liberalismo económico más extremo, que entre los papistas los ha desincentivado a continuar adelante con paradigmas que en el pasado intentaron un mínimo acercamiento a los más necesitados, como la teología de la liberación. El problema es que las comunidades reformadas están experimentando ese mismo abandono, ahora de parte de sus hermanos de fe, quizá en un contexto distinto, pero con resultados igualmente poco alentadores. Quiera el Señor que por fin se establezca la indispensable comunicación entre ambos sectores, ya que eso acarrea un intercambio mutuo de información que al final acaba favoreciendo a todos. No vaya a suceder que estos creyentes, alejados de los grandes centros, acaben siendo absorbidos por quién sabe qué, y nosotros pasemos por la vida sin saber que existieron, ni que su fe fue tan perseverante.

domingo, 1 de mayo de 2016

La Aspiradora del Aborto

Normalmente, cuando los activistas anti aborto quieren orientar la opinión de sus eventuales oyentes en alguna reunión o conferencia, se suelen centrar en exponer de forma detallada, muchas veces apoyándose en imágenes audiovisuales, el procedimiento de succión, aquel donde se extrae al feto del útero por partes estando vivo, y que la verdad sea dicha, resulta tan chocante de observar que incluso el menos dispuesto a otorgarle la calidad de persona a una criatura en gestación es capaz de reclamar por los derechos humanos de ésta.

Admitamos que la succión es un método cruel que no se condice con los parámetros de civilización que muchos afirman ya hemos logrado (y que suelen ser usados como excusa por parte de los pro aborto, en el sentido de que la admisión de esta clase de intervenciones representa la prueba de una mentalidad progresista y avanzada). Sin embargo, su empleo frecuente como modelo para forzar una toma de conciencia -más emotiva que reflexiva, en todo caso-, además del efecto obvio que provocan las imágenes expositivas, proviene del hecho de que esta operación se ejecuta con normalidad en Estados Unidos, país de origen de los más férreos detractores de la interrupción del embarazo, los cuales además están ligados a movimientos religiosos también iniciados allá. Pues bien. Resulta que este procedimiento se utiliza de preferencia en los hospitales y clínicas donde acuden las norteamericanas de clase baja, quienes están expuestas a cirugías todavía más brutales, como una donde se le inocula un químico a la mujer a través de la bolsa, y que ocasiona una lenta agonía al feto mediante intoxicación, solución en cualquier caso casi inexistente hoy, por las eventuales consecuencias físicas que le podría acarrear a la madre. Mientras que las estadounidenses que ostentan cierta holgura en sus ingresos, son capaces de costearse tratamientos más "suaves" y sutiles, que no siempre implican meterse en sus cuerpos, como las inyecciones o las píldoras.

Llegados a este punto, nos encontramos conque los anti aborto, o pro vida, como pomposamente osan llamarse, basan su poder de convencimiento en una exhibición morbosa, con la que se buscan resultados a través de aspectos mediáticos derivados de demostraciones parciales, sesgadas y manipuladas. Que además son una muestra de los niveles de segregación que existen en Estados Unidos, algo que las organizaciones cristianas suelen ignorar imbuidas por la doctrina del destino manifiesto norteamericano que en varias de ellas se considera igualmente como un designio divino. Una actitud que demuestra una insensibilidad social vergonzosa, sobre todo pensando en quienes se definen como los estandartes del mensaje salvador de Cristo. Ya que a la larga, y considerando el tenor de aquellas conferencias donde se exponen dichas imágenes, se emplea a mujeres pobres como símbolo de la maldad, en circunstancias que no son ellas las únicas que pueden llegar a decidir interrumpir el embarazo, sólo que no cuentan con los recursos para acceder a un método menos invasivo que las libere de transformarse en pasto de las peores condenas. Al final, el repudio de los asistentes se vuelca en contra de un determinado grupo de féminas, las asesinas mutiladoras a quienes se les debe prohibir que opten por semejante barbaridad. Y que más tarde encuentran enormes dificultades para criar un niño ya nacido, en un mundo donde por lo demás no reciben apoyo alguno de estos activistas alarmistas. Mientras las que son un poco más adineradas adquieren la garantía de caminar por las calles sin ser apuntadas, ya que su operación es más difícil de ser dada a conocer o en la peor de las situaciones su impacto es insignificante.

El método de succión, sí, es horrible. Pero manejamos mucha información respecto a él, primero porque se practica en Estados Unidos, de donde vienen los más furibundos detractores del aborto, y luego porque se reserva para los segmentos masivos. El uso de tal procedimiento demuestra la división de clases en el país del norte y la precariedad de su sistema de salud, sobre todo tratándose de los más pobres. Si queremos crear conciencia acerca de las consecuencias negativas de una interrupción del embarazo, entonces usemos argumentos sólidos y no caigamos al menos de forma persistente en el recurso fácil, que es lo mismo que actualmente hace el programa médico social estadounidense. Que al parecer no sólo está motivado por el abaratamiento de costos, sino también por el deseo insano de que la población que no importa sea objeto de castigo. Quizá esto se deba a la manera en que se legalizó el malparto allá, a través de una resolución judicial, y no de una discusión popular con la participación efectiva de los más afectados.

lunes, 11 de abril de 2016

Hacia el Tercer Templo

Desconozco cuánto hay de verdad en esto. Pero diversos medios de comunicación, la mayoría vinculados a la iglesia evangélica, pero también uno que otro de carácter secular, han venido difundiendo la noticia de que Israel está preparando la erección del llamado Tercer Templo, en alusión a aquellos dos que fueron destruidos por los babilonios y los romanos, respectivamente. Por ahí se dice que ya han sido confeccionados los planos, que en otro lugar se están preparando sacerdotes, que más allá se están criando animales especiales para los futuros sacrificios, o que ya se han terminado los adornos y accesorios. Grupos de cristianos han reaccionado a estas informaciones con algarabía, mientras otras personas han expresado opiniones que van desde la incredulidad a la preocupación, en el supuesto de quienes estarían interesados en concretar esta edificación, tienen un enorme interés en hacerlo en el sitio exacto donde se situaban sus antecesores, que es nada menos que la Explanada de las Mezquitas, considerado por los musulmanes como su segundo lugar más sagrado (sólo superado por La Meca) y símbolo de la resistencia palestina.

Por supuesto, que los cristianos que se muestran jubilosos ante este supuesto acaecimiento, no han reparado en las consecuencias negativas que podría tener si finalmente llega a concretarse. Primero, las que para las gentes seculares aparecen como más obvias, como la generación de un nuevo conflicto, ahora de consecuencias insospechadas, entre israelíes y no sólo palestinos, sino musulmanes en su totalidad. Pero además, en el marco mismo de las profecías bíblicas, que al parecer estos entusiastas no han leído correctamente. Pues el Nuevo Testamento, y en particular el Apocalipsis, es enfático en señalar que el levantamiento de esta clase de obra constituye un claro símbolo de lo que se describe como el anticristo, sobre lo cual se advierte, buscará re definir varios conceptos del cristianismo tradicional, a fin de que ello y su carisma, provoque la atracción masiva mundial en torno a su figura, permitiéndose atribuir la facultad de decidir qué es lo correcto y lo que no, todo ello con el pretexto de ser un elegido por Dios. Y uno de los modos de llamar la atención, precisamente es la erección de templos fastuosos, algo que por cierto ha sido empleado durante la historia por gobernantes tiránicos que pretenden ocultar sus crímenes y asimismo dar una imagen de grandeza pretendiendo transformarse en intermediarios de las divinidades o al menos ocasionando aquella sensación.

 Además, otro hecho que obliga a mirar con preocupación este optimismo irresponsable de los grupos cristianos ya mencionados, es que no han reparado que quienes se han propuesto llevar adelante esta construcción, lo hacen porque de acuerdo a interpretaciones propias, el arribo del Mesías es inminente. En circunstancias que los creyentes en Jesús ya saben que el Esperado anduvo por esas tierras hace poco más de dos mil años. No tengo intención de acusar en lo más mínimo a los representantes del pueblo hebreo que están detrás del proyecto del Tercer Templo. Sin embargo, y aún admitiendo que defender a Israel de sus enemigos es una obligación para los hijos del camino, al mismo tiempo hay que tener muy en cuenta las discrepancias que existen entre ambas expresiones de fe. En especial quienes se declaran seguidores de Cristo, a los cuales se les ha advertido en prácticamente todo el Nuevo Testamento que mezclar doctrinas es un acto de la máxima gravedad, por lo cual en su momento deberán rendir cuentas. Aunque tales propuestas vengan del pueblo escogido, y como demostración de esa incompatibilidad están las diversas reprensiones que Pablo efectuó contra los judaizantes. No se debe olvidar al respecto, que los términos Cristo y Mesías son sinónimos etimológicos, y que al aplaudir iniciativas como la que se estaría gestando en el Medio Oriente, en el fondo se está aceptando la llegada de un nuevo Salvador, algo mucho peor que aceptar iconos como la Virgen María o Mahoma.

Por otra parte, si en la Biblia se enfatiza que por sus frutos los conoceréis, uno ya intuye que la insistencia en una iniciativa como ésta sólo traerá más enfrentamiento y destrucción, del que ni incluso Israel podrá salir indemne. Por mucho que proyectos de esta clase calcen con determinadas profecías (en todo caso, no en clave positiva como algunos pretenden demostrar), y que se pueda homologar esta espera del Mesías a la Parusía, alentar cuestiones como la eventual erección del Tercer Templo significa, de una manera u otra, aprobar las nefastas consecuencias que tal acción acarrearía, lo que a la larga constituye, al menos por omisión, permitir todo lo contrario a aquello que el Señor quiere para un cristiano. Que siempre se ha insistido en que es lo correcto. Y sin excepciones.

domingo, 27 de marzo de 2016

Jesús Colgado

Uno de los tantos lugares comunes que se suelen reiterar durante Semana Santa es la connotación que en el imperio romano tenía la crucifixión. Una forma de ejecución reservada para los peores criminales y quienes se consideraban los mayores traidores al Estado (y de ahí que haya sido usada contra los esclavos rebeldes liderados por Espartaco), y que en concomitancia con el estatus legal de dichas personas, provocaba la muerte después de una larga, lenta y especialmente dolorosa agonía. No vamos a colocar aquí en duda los padecimientos que experimentó el Señor ni tampoco le otorgaremos una oportunidad de duda a esos escépticos oportunistas que buscan corroborar sus opiniones personales aunque para ello necesiten torcer incontables veces la veracidad científica. Simplemente, discutiremos las características de esta forma de tormento y el por qué se le concibe como una de las más deleznables que se hayan inventado.

Desde que el hombre es tal -e independiente de que se crea en el Génesis o en Darwin, o en cualquier otra teoría sobre el inicio del mundo-, la práctica de suspender a alguien en el aire siempre ha sido de máxima humillación, ya que se trate o no de un castigo mortal. Así sucedía, por ejemplo, en el Medio Oeste norteamericano, donde a los bandoleros y criminales comunes se les tenía reservada la horca, en la cual, a modo de escarmiento, eran dejados hasta varios días después de haber fallecido. De hecho, cuando el ejército federal de Estados Unidos finalmente conquistaba una zona donde los indígenas pese a todo se negaban a rendirse, éstos terminaban siendo fusilados. Antes, en el Medioevo europeo, la iglesia católica inventó un método de ejecución aún más tormentoso que la crucifixión, como fue la hoguera, donde iban a parar aquellas personas que el romanismo calificaba como lo más indeseable para su doctrina y la sociedad: los herejes y las brujas. Cabe recordar que ese modo de deshacerse de un individuo molesto implicaba amarrarlo a un poste mientras alrededor de los pies se le rodeaba de todo tipo de material combustible.

También los mecanismos de tortura que al menos en principio no debían resultar en consecuencias fatales, destinados a las personas del bajo pueblo o que no pertenecían a las clases acomodadas, en tiempos pasados, se basaban en la práctica del colgamiento. Más aún: asociaciones secretas que se atribuían la preservación de las costumbres tradicionales de una determinada sociedad, cuando sentían que las autoridades correspondientes no hacían su labor, solían recurrir al ahorcamiento como manera de enviar un mensaje. Así ocurrió, de nuevo en Estados Unidos, con el Ku Klux Klan, que asesinaba a ciudadanos de raza negra, que para ellos eran lo peor, a través del uso de sogas que ataban a las ramas de los árboles. E incluso sobran los casos en los cuales sujetos repudiados por buena parte de la comunidad eran mantenidos suspendidos por semanas o meses, dejando que sus cuerpos se pudrieran ahí donde habían sido ejecutados. Hasta la Biblia toma en cuenta estas costumbres. Si no, revisemos lo que acaeció con Judas después de entregar a Jesús: se suicidó ahorcándose en las afueras de la ciudad, quedando su humanidad ahí durante semanas, tras lo cual el tronco que lo tenía sujetado no resistió el peso y se rompió, haciéndose añicos su putrefacto organismo al golpear el suelo. Muerte ejemplar para quien los evangelios consideran el peor caso posible de traición.

Todavía más, y a propósito de la mención al destino final de Judas. En la Antigüedad, donde la organización pública se regía por el sistema de polis, era común tirar el cadáver de un sujeto odioso en los extramuros de la ciudad, para ser devorado por todo tipo de aves y bestias rapaces. Una manera de impedir a quien no se le merecía, que se cumpliera con él la sentencia de retornar a la tierra una vez muerto. Algo que se halla en muchos textos formadores de creencias, no sólo la Biblia.
En tal sentido, Jesús no se redujo a aceptar una muerte humillante, sobre la que acabó triunfando en la resurrección. Sino que además superó uno de los artículos más lapidarios de la ley antigua, impreso de forma aparentemente ineludible en la naturaleza humana, hecho que refuerza con mayor ahínco su mensaje de salvación, de que se puede obtener una victoria incluso sobre cosas que, como la desaparición física, parecen infranqueables.