La muerte de Eduardo Bonvallet, quien al parecer se suicidó -no motivado, eso sí, por una supuesta depresión, como algunos interesados lo han intentado presentar, sino por los costes que le acarreaba el tratamiento contra el cáncer-, ha encendido la discusión acerca del real aporte que representó este antiguo futbolista devenido en comentarista deportivo, el cual ganó fama por sus comentarios violentos e insultantes, aunque varias veces asertivos, acerca del universo que rodeaba al balompié criollo, en una época -la década de 1990- donde aún no se superaba del todo el trauma provocado por el escándalo del Maracaná, y la hinchada reclamaba la obtención de triunfos en un deporte que, guste o no, es el más popular en Chile, y que al igual que en muchos otros países -y en especial, los sudamericanos- tiene el potencial para transformarse en un fenómeno social.
El llamado fenómeno Bonvallet está muy relacionado con los años en los cuales este personaje irrumpió en los medios de comunicación. A mediados de la última década del siglo pasado, la sociedad chilena vivía un profundo letargo, ocasionado por los pactos efectuados entre la clase política y los sectores pudientes respecto al rol jugado por la dictadura de Pinochet en el crecimiento económico, que a través del consumo -o mejor dicho, el consumismo-, proveía a las masas de una válvula de escape y un elemento de evasión. Eran los tiempos de un consenso impuesto pero a la vez incuestionable, ya que al menos en la superficie era eficaz, al conseguir que en su seno conviviesen los resabios de la tiranía con el esplendor monetario e incluso los denominados valores tradicionales (en el jaguar de Latino América, la iglesia católica aún experimentaba un poder fuerte que impedía el desbande, baste recordar que no existía ley de divorcio). Este ambiente chato, donde sólo cabía sonreír y dar la mano como un buen vendedor de artilugios, era propicio para la aparición de un individuo que se atreviera a hablar de modo vehemente en torno a algún tema específico, pero sin tocar en lo más mínimo aspectos más estructurales o emblemáticos.
Y dicho sujeto arribó en la persona de un ex futbolista frustrado que formó parte del seleccionado que tuvo una desastrosa participación en el Mundial de 1982 -por lo demás el último de un equipo chileno hasta entonces-. Porque Bonvallet podía lanzar los escupitajos que se le ocurrieran sobre ciertos dirigentes del balompié -algunos que por lo demás eran muy merecidos-, pero al fin y al cabo se trataba de un discurso que no contaminaba otras áreas del quehacer nacional. Es más: mirándolo desde una determinaba perspectiva, hasta se puede aseverar que lo complementaba. Si éramos el tigre económico en una región económicamente depauperada, ¿cómo era posible que en un deporte tan arraigado en la cultura popular, que como todos los juegos, y al igual que el asunto monetario, implicaba competencia, conociera en esta parte del mundo un desarrollo tan paupérrimo, que no se condecía con el éxito conseguido en otras áreas? Argentina y Brasil aún no salían de sendas crisis financieras, y aún así y con diversos escándalos internos de corrupción nos superaban en algo tan sencillo como embocar una pelota en un arco rival. No era algo presentable para una sociedad triunfante. Y en tal sentido, la apelación al chovinismo como argumento de motivación que de forma majadera hacía Eduardo Guillermo aquí adquiría su justificación. Mira el vecindario; date cuenta que vives mejor, que eres el mejor, y luego sale a ganar.
El problema llegó cuando Bonvallet acabó por transformarse en ese vencedor que siempre anheló. Entonces, se creyó el cuento, como solía decir él mismo, y empezó a opinar sobre áreas ajenas a las que lo habían colocado en el sitial donde estaba. Allí demostró que como buen engendro de la década de 1990 era incapaz de cuestionar el engranaje imperante en ese entonces, y no por temor, sino simplemente porque no se le ocurría. Más aún, sus declaraciones se tornaron en muestras de apoyo de los aspectos más desagradables que caracterizaban al territorio chileno por esos años. Así, se declaró un iluminado de la iglesia católica, aplaudió la censura cinematográfica y se manifestó en contra de la ley de divorcio -la misma que después usó para separarse de su primera esposa-. Atacó con injustificada dureza a intelectuales y políticos que mostraban una costumbre más relajada en términos morales, replicó con comentarios machistas y racistas las reivindicaciones de los grupos emergentes que empezaban a sacar la voz, y como corolario, realizó una vergonzosa y complaciente al nivel de lo insufrible entrevista a Pinochet, aún cuando su propia madre fue una militante socialista que sufrió la represión y la tortura tras el golpe de 1973. Supongo que lo habrá visto como un sueño, una meta a concretar: un peldaño final en su planteamiento de logros. En resumen, un personaje más de la farándula, cuyo aporte no pasó más allá de ese ambiente, el único donde se puede asegurar que fue importante.
jueves, 24 de septiembre de 2015
jueves, 27 de agosto de 2015
Y Las Abejas Qué
Con una más que comprensible preocupación, los científicos y expertos advierten cada día con mayor ahínco acerca de la disminución de la población de las abejas, tanto las que viven en estado silvestre como aquellas que son mantenidas en granjas apicultoras. Las causas más mencionadas para explicar este fenómeno son el aumento de las construcciones, el cambio climático y la contaminación. Sin embargo, la mayor gravedad radica en las consecuencias que puede acarrear esta situación, de continuar en el tiempo. Pues estos insectos realizan una función clave para la vida en la Tierra, como es la polinización, sin la cual la extinción de la totalidad de las especies que habitan el planeta, sería un hecho consumado.
Un asunto que el grueso de la humanidad aún no dimensiona. Al respecto, resulta sorprendente el silencio de los ciertos grupos como el de los llamados defensores de los derechos de los animales, los mismos que salen cual auténticas jaurías dispuestos a linchar a quien hable en favor de la eliminación de los gatos y perros asilvestrados, o que rayan las paredes de la ciudad y se tatúan el cuerpo con el lema "carne es crimen". ¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso porque las abejas, al ser insectos, no entran en la categoría de animales, al menos los propiamente tales? ¿O debido a que son demasiado pequeñas en comparación con las ballenas, los cerdos o las especies de la jungla africana, también acaban siendo insignificantes? Tal vez ahí esté una explicación para esta dualidad de criterios. La muerte de un rinoceronte por un disparo, es relativamente lenta y espectacular. El bruto patalea y se desangra por varios minutos, lo que genera bastante más conmoción y choque emocional que el deceso de un minúsculo alado cegado por la emanación de un gas tóxico invisible e inodoro, en consecuencia imposible de palpar. Además de que ya estamos acostumbrados a apretar mosquitos y afines entre las palmas o contra una pared con el propósito de quitarlos de encima, o de pisotearlos, ejercicios mucho más rápidos y por lo tanto bastante más eficaces a la hora de buscar evitar sentimientos encontrados.
Todo lo cual no significa más que otro punto en contra de los adoradores de bestias. Al final, estos colectivos e individuos se reducen a la protección de aquellas especies cuya existencia les resulta explicable desde el punto de vista que les genera su propia comodidad económica y social. A las mascotas, porque alternan directamente con ellas y las pueden ver y poseer. Y a los animales exóticos, porque los han observado a través de la televisión de pago, medio de entretenimiento al que acceden gracias a su poder adquisitivo, y que ha sido diseñado atendiendo a sus necesidades y características como grupo de consumidores. Allí los rinocerontes o jirafas son expuestos usando un lenguaje emotivo, que sea asequible en términos comerciales, y que además provoque una sensación en el espectador que no se sustraiga de los cánones de lo denominado "políticamente correcto". Por ello, más que entregar información científica acerca de la sabana africana -que en cualquier caso sí se hace-, lo que existe en esos programas es una intención manifiesta de encauzar al receptor en una determinada corriente de pensamiento, que aparenta ser disidente, pero que finalmente es seguida por una amplia mayoría. Un observador completamente pasivo no sólo por estar frente a una cámara de televisión, sino que aparte desconoce la dinámica de los lugares sobre los que les están narrando, y que para demostrar afinidad con la cultura y el conocimiento, precisamente sintoniza estos espacios.
Lo que lleva a concluir una sola cosa. Que los pro animal son unos sabihondos engreídos. O dicho en un solo término -y con la intención manifiesta de ser políticamente incorrecto- unos ignorantes, en el sentido de un sujeto que cree saberlo todo -o que se atribuye la facultad de opinar sobre todo- sólo porque cuenta con suficiente dinero para darse ciertos lujos -entre ellos mantener un puñado de mascotas en estado saludable- y pagar un sistema de televisión cerrada que según él "le permite conocer el mundo". Al final estas personas son incapaces siquiera de comprender un problema biológico -y ecológico- de envergadura, porque no lo observan a simple vista o a través de las pantallas con alta definición. No pueden acariciar a una abeja (¡pican! ¡qué horror!) del modo que lo hacen con un perro, un gato o un caballo. Y eso se traduce en una carencia de empatía. La misma que después aseguran tener.
Un asunto que el grueso de la humanidad aún no dimensiona. Al respecto, resulta sorprendente el silencio de los ciertos grupos como el de los llamados defensores de los derechos de los animales, los mismos que salen cual auténticas jaurías dispuestos a linchar a quien hable en favor de la eliminación de los gatos y perros asilvestrados, o que rayan las paredes de la ciudad y se tatúan el cuerpo con el lema "carne es crimen". ¿Por qué ocurre esto? ¿Acaso porque las abejas, al ser insectos, no entran en la categoría de animales, al menos los propiamente tales? ¿O debido a que son demasiado pequeñas en comparación con las ballenas, los cerdos o las especies de la jungla africana, también acaban siendo insignificantes? Tal vez ahí esté una explicación para esta dualidad de criterios. La muerte de un rinoceronte por un disparo, es relativamente lenta y espectacular. El bruto patalea y se desangra por varios minutos, lo que genera bastante más conmoción y choque emocional que el deceso de un minúsculo alado cegado por la emanación de un gas tóxico invisible e inodoro, en consecuencia imposible de palpar. Además de que ya estamos acostumbrados a apretar mosquitos y afines entre las palmas o contra una pared con el propósito de quitarlos de encima, o de pisotearlos, ejercicios mucho más rápidos y por lo tanto bastante más eficaces a la hora de buscar evitar sentimientos encontrados.
Todo lo cual no significa más que otro punto en contra de los adoradores de bestias. Al final, estos colectivos e individuos se reducen a la protección de aquellas especies cuya existencia les resulta explicable desde el punto de vista que les genera su propia comodidad económica y social. A las mascotas, porque alternan directamente con ellas y las pueden ver y poseer. Y a los animales exóticos, porque los han observado a través de la televisión de pago, medio de entretenimiento al que acceden gracias a su poder adquisitivo, y que ha sido diseñado atendiendo a sus necesidades y características como grupo de consumidores. Allí los rinocerontes o jirafas son expuestos usando un lenguaje emotivo, que sea asequible en términos comerciales, y que además provoque una sensación en el espectador que no se sustraiga de los cánones de lo denominado "políticamente correcto". Por ello, más que entregar información científica acerca de la sabana africana -que en cualquier caso sí se hace-, lo que existe en esos programas es una intención manifiesta de encauzar al receptor en una determinada corriente de pensamiento, que aparenta ser disidente, pero que finalmente es seguida por una amplia mayoría. Un observador completamente pasivo no sólo por estar frente a una cámara de televisión, sino que aparte desconoce la dinámica de los lugares sobre los que les están narrando, y que para demostrar afinidad con la cultura y el conocimiento, precisamente sintoniza estos espacios.
Lo que lleva a concluir una sola cosa. Que los pro animal son unos sabihondos engreídos. O dicho en un solo término -y con la intención manifiesta de ser políticamente incorrecto- unos ignorantes, en el sentido de un sujeto que cree saberlo todo -o que se atribuye la facultad de opinar sobre todo- sólo porque cuenta con suficiente dinero para darse ciertos lujos -entre ellos mantener un puñado de mascotas en estado saludable- y pagar un sistema de televisión cerrada que según él "le permite conocer el mundo". Al final estas personas son incapaces siquiera de comprender un problema biológico -y ecológico- de envergadura, porque no lo observan a simple vista o a través de las pantallas con alta definición. No pueden acariciar a una abeja (¡pican! ¡qué horror!) del modo que lo hacen con un perro, un gato o un caballo. Y eso se traduce en una carencia de empatía. La misma que después aseguran tener.
domingo, 9 de agosto de 2015
El Triunfo De Satanás
Un repudio generalizado ha provocado entre los círculos cristianos -y varios seculares- a nivel internacional, la instalación de una representación escultórica del diablo en pleno frontis del parlamento del estado norteamericano de Oklahoma, junto a otro monumento donde están escritos los diez mandamientos. Las protestas son provocadas por el hecho de que la estatua es el resultado de una propuesta de una conocida iglesia satanista estadounidense -el Temple of Set-, quien a su vez reclamó que, dado que ya existía en el frontis de un edificio público una obra de carácter religioso -el mencionado homenaje al Decálogo- ellos también tenían el derecho a aportar con lo suyo, en el marco de la libertad de culto. Algo que finalmente fue atendido y aprobado por las autoridades locales.
Durante cinco décadas, los cristianos, en especial los evangélicos de Estados Unidos y América Latina, se deshicieron en esfuerzos para advertir sobre los supuestos mensajes satánicos que escondían producciones como la música rock y el cine de horror. Actuaban con un denuedo rayano en la desesperación, al percatarse que una cantidad no menor de jóvenes consumía, a veces de un modo aparentemente compulsivo, estos álbumes y películas, obras creadas con el propósito de incitar el consumo de drogas, la sexualidad desenfrenada e irresponsable, la subversión de los valores tradicionales y -como corolario de todo ello y siguiendo un proceso lógico que debía acabar en una perfecta simbiosis- la alabanza y la servidumbre autómata al príncipe de las tinieblas. Y gastaron todas sus energías en denunciar el verdadero significado de metáforas, siglas o portadas de discos, poniendo énfasis en cuestiones como el llamado "backward masking" (las frases al revés escondidas en los negativos de las grabaciones, que existieron, pero no en la manera que estas personas las presentaban). Todo con un estilo altisonante que buscaba producir en el oyente una sensación de que un grave peligro se avecinaba -el mismo que en la actualidad se emplea para atacar a la homosexualidad, así como la actitud tolerante que diversas sociedades están manifestando hacia esa práctica-, y basándose en descubrimientos que no eran resultado del rigor empírico, sino de portentosas revelaciones, que más bien eran conclusiones obtenidas usando procedimientos propios de la alquimia y el prejuicio social.
Mientras que una serie de auténticas amenazas empezaban a gestarse sin contar con la debida atención de los llamados a prestárselas. El extremismo islámico, la persecución contra los cristianos en África y Asia, la objeción cada vez más significativa contra la fe en países del primer mundo, que no sólo ha significado un escenario favorable para cuestiones como la eutanasia o la tendencia homosexual, sino que además ha ocasionado que algunos creyentes soporten juicios por incitación al odio al recordar que ciertas conductas aceptadas por la sociedad actual son consideradas en la Biblia como pecado. Todas, cosas que crecían ante la desidia de pastores y hermanos centrados de manera tan exclusiva como compulsiva en un puñado de insignificantes sectas y sus supuestos acólitos que en realidad no lo eran (muchos conjuntos de pop y rock reclamaron con completa honestidad cuando se los incluyó, de una u otra forma, en la denominada "conspiración satánica"). Hoy, los grupos musicales y directores cinematográficos que en algún momento fueron tachados de satanistas, así como las instituciones que se han declarado como tales, serían carne para las ejecuciones y atentados de los fanáticos musulmanes, y de verse en una situación así lo más seguro es que harían causa común con los hijos del camino apoyándose mutuamente -lo cual por cierto sucede en Oriente Medio con los zoroastristas, los bahaístas, los muyazidíes y hasta los representantes del islam moderado, realidad inconcebible siquiera un lustro atrás-. Pero en esta parte del globo, ya nos agotamos y nos encontramos sumidos en la mayor inercia, disfrazada de una mala interpretación del concepto de la resignación. Lo que nos impulsa a esperar lo que vendrá -que huele más a destrucción que a regreso de Cristo- escuchando y hasta tarareando canciones de reguetón, un ritmo y estilo musical cuyos textos son muchos más explícitos que los del ahora viejo rock, pero que como son fáciles de comprender, no dan origen o reacciones destempladas propias de alguien que no es capaz de interpretar el verdadero significado de una letra bien hecha.
Ése, en definitiva, ha sido el triunfo del diablo, si es que tuvo algo que ver en los actos irreflexivos que los cristianos ejecutaron en completo uso de sus facultades y con libre albedrío. En cualquier caso, le bastó desviar la atención para que los incautos optaran en la más completa autonomía por una determinación equivocada, incluso contando, al menos se supone, con el apuntalamiento de las fuerzas divinas, que debían actuar como una guía, no a seguir, sino a obedecer. La estatua de la discordia se transformará, es lo más probable, en un polo de atracción turística, mientras tanto los creyentes como los agnósticos, ateos y satanistas o cualquier otro habitante del planeta no sepa qué hacer con los musulmanes fanáticos ni otros peligros afines. Sin embargo, el peso más grande cae sobre los hijos del camino, que están llamados a ser la luz de ese mundo, en especial en lo que se refiere a asuntos espirituales.
domingo, 26 de julio de 2015
Hijo de Gay
Inmediatamente después que la Corte Suprema de Estados Unidos declarara que el llamado matrimonio igualitario debía ser permitido en todo el territorio, aparecieron en las redes sociales testimonios de jóvenes entre dieciocho y veinte años, hijos de parejas homosexuales, quienes adquirieron esa condición mediante la adopción o la inseminación artificial, los cuales no dejaban bien parados a sus progenitores. La acusación más suave que les formulaban era responder con falta de tino, incluso con agresión y violencia, cuando se les preguntaba el por qué su hogar no estaba conformado por un padre y una madre, como ocurría en la mayoría de los demás. Además, reclamaban la imposición de restricciones propias de familias autoritarias, como impedirles, sin una explicación, acercarse o entablar amistad con niños que pertenecían a ambientes que sus custodios consideraban homofóbicos, respecto de los que ellos mismos constatarían, cuando tuvieron la oportunidad, no eran como se los habían descrito. No faltan aquellos que han confesado estar en permanente conflicto tras ser obligados a asistir a todas y cada una de las marchas por el orgullo gay posibles, donde observaron cosas incomprensibles para su edad. Y más de uno recordó que sus encargados fallecieron de sida, o de otra enfermedad relacionada con el libertinaje sexual. Un cóctel de malas experiencias que ha sido aprovechado por los colectivos cristianos, que los han presentado como ejemplo de las terribles consecuencias que se avecinan tras la aprobación del connubio entre congéneres.
Estos testimonios son relativamente importantes ya que son emitidos, en el inicio de su etapa adulta, por representantes de la primera generación criada en hogares homoparentales, la cual fue posible gracias al relajamiento que se dio en algunos estados norteamericanos a mediados de los años 1990 -y que se puede considerar como el antecedente más directo de lo que está ocurriendo ahora-, cuando ciertos cuerpos legales permitieron la adopción a solteros y el acceso a las mujeres sin pareja a la inseminación artificial mediante un donante anónimo. Son parte, por ende, de un contexto en el cual las relaciones homosexuales no eran discutidas con el nivel de tolerancia y normalidad que existe en la actualidad, por lo que la confusión de los muchachos respecto a lo inaudito e incomprensible que les resultaba vivir en una casa con dos padres o dos madres, en lugar de un integrante de cada género, como es lo habitual -entonces y ahora-, podría considerarse sesgada al formarse en una coyuntura distinta a la contemporánea. Sin embargo, ante todo es menester señalar que los vástagos con antecedentes familiares conflictivos es un elemento abundante en la historia de la humanidad, y se cuenta con una enorme cantidad de casos muy famosos acerca del particular. Los que abarcan los más diversos tipos de personalidades y recintos, incluyendo los cristianos. De hecho, hoy se puede citar la situación de la cantante estadounidense Kate Perry, hija de pastores evangélicos, quien no pierde la oportunidad de hablar en términos bastante negativos del modelo paternal que le inculcaron. O la de jóvenes que se han suicidado luego de que sus custodios creyentes los rechazaran por tener determinadas inclinaciones, no sólo en el plano sexual.
Quizá lo más adecuado sea analizar el problema desde otro ámbito. Por ejemplo, de la excesiva importancia que se le da a la familia, en círculos cristianos como seculares. Si bien es cierto que en varias ocasiones se da esa imagen idealizada que se tiene de ese tipo de estructura, no es menos verdad que en dos de tres casos no acontece así. Una realidad que debiera hacer reflexionar en especial a los creyentes, quienes insisten, a veces hasta la majadería, en que todo ser humano está obligado a honrar a su padre y a su madre, incluso en las peores circunstancias. Mandato que quienes alaban a estos chicos que han reclamado por internet contra sus progenitores homosexuales, no están cumpliendo, y no es la primera vez que se permiten una excepción a una regla tan primordial como inquebrantable. Más aún: cuando un convertido advierte que dentro de su hogar y a causa de su decisión, arriesga el vilipendio y hasta la agresión física de parte de sus custodios, lo que les recomiendan sus ahora hermanos es orar además de resignarse y aguantar en silencio, que debido a esa actitud en algún momento los demás tendrán que conmoverse, y acto seguido aceptarán igualmente al Señor. ¿Por qué es menester, entonces, excluir de un predicamento tan absoluto, a cierto grupo de personas, que al fin y al cabo contaban con las mismas intenciones? Desconozco si estos muchachos que se muestran descontentos con la formación recibida, han renacido. ¿Pero no se les podría recomendar a ellos, idéntico proceder que si se tratara de un idólatra, un católico romano, un ebrio, un irresponsable, un castigador compulsivo o un violador? Hay algunos que frente a cualquiera de dichos eventos, repiten una sola afirmación, con una convicción, una estrechez mental y una falta de comprensión de las particularidades, que realmente asombra tanto como indigna. ¿No cabe la posibilidad de que un gay, a la larga humano como todos los casos recién expuestos, se arrepienta al observar los sufrimientos que le ha causado a su vástago, y se arrepienta, pida perdón y continúe por el buen camino?
Si esos padres actuaron de modo inadecuado con sus propios hijos -y los testimonios de éstos parecen indicar que así fue-, entonces que se aplique la justicia y que reciban las sanciones que correspondan. Hecho que también debe acaecer con los cristianos y otros tipos de progenitores abusivos, que a veces llegan a niveles horrendos. En muchas ocasiones la Biblia no se emplea con el propósito de hacer el bien, sino todo lo contrario. Y los que obran de tal forma se pueden hallar incluso en las viñas divinas, aunque no la fe, sino un mero prejuicio, nos impida descubrirlos.
lunes, 13 de julio de 2015
A Mayor Restricción Más Fumadores
El control del consumo de tabaco hace rato que ya entró en el círculo vicioso, a propósito de cómo algunos consideran al hábito de fumar. Cada día los legisladores añaden más restricciones, y no obstante es una conducta que se expande de modo sostenido en el tiempo, no sólo entre las personas que ya la adquirieron, quienes la practican con mayor frecuencia a la par con el aumento de las trabas, sino entre las nuevas generaciones, que se inician a una edad cada vez más temprana, no en los albores de la adolescencia sino que en plena pubertad.
Lo que sucedió durante las últimas semanas no fue la excepción. Ante un nuevo informe, elaborado por expertos tanto locales como extranjeros, que corroboraba la situación descrita en el primer párrafo, los congresistas anunciaron una reforma a la ley anti tabaco, advirtiendo del aumento en los impuestos a los cigarros y mayores impedimentos para encenderlos en lugares públicos (no edificios donde funcionan reparticiones estatales, sino sitios como calles, plazas, universidades o recintos culturales y deportivos). Con ello pretenden corregir las supuestas fallas en el actual marco jurídico, que por cierto es considerado el cuarto más restrictivo del mundo, pero que de todas maneras no es capaz de inhibir la tendencia a echar humo. Aunque en esta ocasión los reclamos no se limitaron a unas cuantas voces disidentes siempre acalladas por los medios de comunicación debido a representar una postura contraria a la salud de las personas y por ende al bienestar social. Ya que British American Tobacco, la multinacional que controla el noventa y tres por ciento del negocio en el país, amenazó con cerrar sus fábricas y oficinas, ya que los nuevos tributos le resultarían insalvables. Un incidente que casi todos interpretaron como una bravata, incluyendo a los políticos, que para el caso de empresas que se dedican a otros rubros y proceden de idéntica manera cuando ven que les tocan el bolsillo, suelen retroceder, realizar concesiones y llamar al diálogo y el entendimiento.
Y la verdad de las cosas es que se trató de una bravata. Por mucho que el anunciado cierre despertara en algunos el temor acerca del hecho de que al menos un centenar de trabajadores perdiera su fuente de empleo, a los cuales habría que sumar los agricultores que se dedican al cultivo del tabaco, imposibilitados ya de sobrevivir con el producto que les ha servido de sustento durante toda su existencia. Porque si la empresa actuara así, tendría que retirar la maquinaria que utiliza en la elaboración de los cigarrillos, lo cual implica un gasto que por causas obvias no se recuperará. Por otro lado, ellos, desde Chile, fabrican cigarros que exportan a diversos países de América Latina, donde no tienen las exigencia tributarias y penales que aquí, lo cual a la postre les sirve para equilibrar la balanza. Y por último, los impuestos no se los cobran a la compañía directamente, sino que se grava con un determinado porcentaje el precio de venta, siendo los consumidores quienes en definitiva llevan sobre sus hombros la sobrecarga tributaria. Lo que irónicamente transforma esta campaña de tintes moralizadores en un negocio rentable. Para el privado, porque especular con el valor final de su ofrecimiento -el que no sufre restricciones de ninguna clase-, y para el Estado, porque puede obtener recaudaciones más suculentas, haciéndose además la víctima, ya que uno de los alegatos en contra del tabaquismo son los enormes recursos que deben ser destinados a salud pública, consecuencia de la proliferación del cáncer pulmonar y otras enfermedades.
Y he aquí el meollo del asunto. Se prefiere la prohibición porque es lo más barato que existe, ya que no demanda la utilización de grandes fondos, y además genera una ganancia en imagen, al aparecer ante los medios de comunicación como un paladín preocupado por la salud de los demás. No cabe la posibilidad de educar a la población respecto a los riesgos que implica el consumo de tabaco, ni de llevar adelante estudios que expliquen las causas del imparable y porfiado aumento. En eso último es preciso recordar que se suele fumar para distender el estrés y el trajín de extenuantes jornadas de trabajo, en un país como Chile donde aquello es norma, así como la desigualdad y la inseguridad laboral y social. Pero claro: dar estos pasos requiere inversión y abrir una nueva opción a cuestionar el modelo económico. Situación que los organismos competentes no están dispuestos a que se ocasione, toda vez que lo que se busca es justamente ahorrar unos centavos en la asistencia médica, en especial en los casos de cáncer. Pero por otro lado, ¿qué pasará con los agricultores que siembran tabaco? ¿No sería prudente capacitarlos en otros cultivos? Al menos tendrían una excusa para dejar de cosechar esa odiosa planta, y hasta podrían permitir que se concretara el sueño húmedo de varios: que la British American Tobacco cumpla con sus intimidaciones y acabe haciendo las maletas.
domingo, 28 de junio de 2015
El Desembarco del Matrimonio Homosexual
Muchos grupos cristianos han quedado consternados con el reciente fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos, que como respuesta a un alegato judicial, dictaminó, en voto dividido, que el matrimonio homosexual debía estar permitido en todos los territorios del país, incluso aquellos en los cuales había sido expresamente prohibido mediante leyes internas. Con ello, el máximo tribunal norteamericano, una vez más, se erige como el dictaminador final en un sistema federal que, al menos en determinados aspectos, concede un grado de autonomía que resulta infranqueable para otros organismos públicos.
Debo reconocer que la decisión de los jueces estadounidenses me sorprendió, cuando menos hasta cierto punto. Sin embargo, también es preciso aclarar que al momento de darse a conocer la resolución, ya una treintena de estados habían admitido el connubio gay, y en muchos de ellos hasta se habían celebrado bodas. Por otro lado, en sitios como Texas, un territorio tenido como conservador a ultranza (lugar de origen de los Bush y eterno feudo de los republicanos), cortes locales habían permitido que dos personas de idéntico género contrajeran vínculo en sus más diversas acepciones. Lo de este fin de semana sólo a ratificar una tendencia, por mucho que un alto número de creyentes aún mantengan los ojos abiertos de par en par, buscando explicaciones -entre ellos mismos y frente al Señor- respecto de cómo se les pudo escapar la que consideraban como la última reserva de la sana doctrina y los valores tradicionales -palabra que suelen emplear como sinónimo de espirituales-. Algo que no se condice mucho con la realidad, si consideramos que antes España, y hace pocas semanas Irlanda, tenido por una fortaleza católica impenetrable, ya han aprobado el matrimonio entre congéneres. Y en el Eire, lo que lo hace más interesante, después de ser aceptado por amplia mayoría en un referendo popular.
Opiniones a favor o en contra, es innegable que el llamado matrimonio igualitario ha llegado para quedarse y que se continúe instaurando, al menos en los países occidentales, es un proceso a todas luces irreversible. ¿Qué hacer, entonces, como cristianos ante este avance que parece tan avasallador? Por supuesto, no entregarse a la corriente internacional ni aplicar ese principio -extrapolado desde los Estados Unidos y tan fiel a su visión del capitalismo- del "si no puedes contra ellos úneteles" que ciertas iglesias evangélicas están empleando, admitiendo en las congregaciones a homosexuales confesos, a veces con sus parejas, incluso en condición de dirigentes o pastores. Porque eso, en verdad, sí que constituye un "echarse con hombres" en todos los sentidos literales y metafóricos que esa frase de Pablo puede adquirir. Sin embargo, tampoco es correcto continuar con esa actitud virulenta que sólo se basa en repetir versículos bíblicos como cotorras, de manera desesperada y agresiva, a modo de insulto, en contra de quienes proclaman públicamente su tendencia sexual o su apoyo a quienes así obran. Tal conducta ha demostrado ser un fracaso, y es francamente patético y vergonzoso observar a hermanos que insisten con esa estrategia, con la esperanza de que el otro abandone su opción ante el peso de un mazazo verbal lleno de palabra divina. Además de que no se condice con el amor ágape descrito en el capítulo trece de la carta a los Corintios, por citar de nuevo al apóstol Pablo. Es más: aunque ese lenguaje no sea coprolálico ni contenga vocablos malsonantes, a la larga, por la forma y el contexto en el cual es emitido, igual acaba siendo soez.
El matrimonio gay está ocasionando el mismo impacto que en su tiempo generaron el relajamiento moral, el relativismo cultural o la aprobación de cuerpos legales en favor del aborto y el divorcio. En ninguno de esos momentos el cristianismo desapareció. Experimentó zozobras debido a la situación del momento. Pero los hermanos de entonces supieron sortearlas y fueron capaces de mantener el barco a flote pese a que las nuevas modas y tendencias finalmente se instalaron y hoy corren en paralelo a la fe. Lo mismo está ocurriendo ahora. Y la manera de salir de esta tormenta, aparte de la ayuda de Dios, es demostrar con hechos y con testimonio que somos mejores, y que tenemos argumentos más allá de la condena repetitiva para enfrentar los argumentos de los homosexuales. En definitiva, saber usar la palabra. Algo que, la propia Biblia lo dice, es la obligación de un cristiano.
Debo reconocer que la decisión de los jueces estadounidenses me sorprendió, cuando menos hasta cierto punto. Sin embargo, también es preciso aclarar que al momento de darse a conocer la resolución, ya una treintena de estados habían admitido el connubio gay, y en muchos de ellos hasta se habían celebrado bodas. Por otro lado, en sitios como Texas, un territorio tenido como conservador a ultranza (lugar de origen de los Bush y eterno feudo de los republicanos), cortes locales habían permitido que dos personas de idéntico género contrajeran vínculo en sus más diversas acepciones. Lo de este fin de semana sólo a ratificar una tendencia, por mucho que un alto número de creyentes aún mantengan los ojos abiertos de par en par, buscando explicaciones -entre ellos mismos y frente al Señor- respecto de cómo se les pudo escapar la que consideraban como la última reserva de la sana doctrina y los valores tradicionales -palabra que suelen emplear como sinónimo de espirituales-. Algo que no se condice mucho con la realidad, si consideramos que antes España, y hace pocas semanas Irlanda, tenido por una fortaleza católica impenetrable, ya han aprobado el matrimonio entre congéneres. Y en el Eire, lo que lo hace más interesante, después de ser aceptado por amplia mayoría en un referendo popular.
Opiniones a favor o en contra, es innegable que el llamado matrimonio igualitario ha llegado para quedarse y que se continúe instaurando, al menos en los países occidentales, es un proceso a todas luces irreversible. ¿Qué hacer, entonces, como cristianos ante este avance que parece tan avasallador? Por supuesto, no entregarse a la corriente internacional ni aplicar ese principio -extrapolado desde los Estados Unidos y tan fiel a su visión del capitalismo- del "si no puedes contra ellos úneteles" que ciertas iglesias evangélicas están empleando, admitiendo en las congregaciones a homosexuales confesos, a veces con sus parejas, incluso en condición de dirigentes o pastores. Porque eso, en verdad, sí que constituye un "echarse con hombres" en todos los sentidos literales y metafóricos que esa frase de Pablo puede adquirir. Sin embargo, tampoco es correcto continuar con esa actitud virulenta que sólo se basa en repetir versículos bíblicos como cotorras, de manera desesperada y agresiva, a modo de insulto, en contra de quienes proclaman públicamente su tendencia sexual o su apoyo a quienes así obran. Tal conducta ha demostrado ser un fracaso, y es francamente patético y vergonzoso observar a hermanos que insisten con esa estrategia, con la esperanza de que el otro abandone su opción ante el peso de un mazazo verbal lleno de palabra divina. Además de que no se condice con el amor ágape descrito en el capítulo trece de la carta a los Corintios, por citar de nuevo al apóstol Pablo. Es más: aunque ese lenguaje no sea coprolálico ni contenga vocablos malsonantes, a la larga, por la forma y el contexto en el cual es emitido, igual acaba siendo soez.
El matrimonio gay está ocasionando el mismo impacto que en su tiempo generaron el relajamiento moral, el relativismo cultural o la aprobación de cuerpos legales en favor del aborto y el divorcio. En ninguno de esos momentos el cristianismo desapareció. Experimentó zozobras debido a la situación del momento. Pero los hermanos de entonces supieron sortearlas y fueron capaces de mantener el barco a flote pese a que las nuevas modas y tendencias finalmente se instalaron y hoy corren en paralelo a la fe. Lo mismo está ocurriendo ahora. Y la manera de salir de esta tormenta, aparte de la ayuda de Dios, es demostrar con hechos y con testimonio que somos mejores, y que tenemos argumentos más allá de la condena repetitiva para enfrentar los argumentos de los homosexuales. En definitiva, saber usar la palabra. Algo que, la propia Biblia lo dice, es la obligación de un cristiano.
martes, 16 de junio de 2015
Una Farsa Llamada Caitlyn
Finalmente, William Bruce Jenner, el atleta olímpico norteamericano que en 1976 ganó el oro del decatlón en los Juegos de Montreal, ha completado su proceso de transformación en mujer y se ha presentado en sociedad con el nombre de Caitlyn. Bueno: casi lo ha terminado. Porque aún falta una intervención quirúrgica que modifique sus genitales. Detalle que al protagonista de esta historia no sólo parece no importarle, sino que todo da a entender que ni siquiera lo considera en su bitácora de vida, ya que ha optado por mostrar su nueva imagen en las portadas de las más diversas revistas de espectáculos y farándula de su país de origen, prácticamente como una meta definitiva de un largo camino que inició hace un par de décadas y acerca del cual sus compatriotas estaban bastante enterados, pues tras dejar el deporte activo, actuó en varias películas y series de televisión, vigencia que le permitió ofrecer a los medios especializados los avances parciales de su cambio, a su correspondiente tiempo.
Si Caitlyn, ex William Bruce, hizo todo esto con la intención de permanecer en la memoria de los espectadores, hasta mucho tiempo después de sus hazañas deportivas -que no fueron tantas, si comparamos su currículo con el de otros atletas estadounidenses- entonces se anotó un extraordinario acierto. Lo mismo si su intención fue la de provocar o sólo de llamar la atención. Para empezar acaparó portadas en medios de todo el mundo y pudo conceder una buena cantidad de entrevistas, además de recibir incontables elogios por una "valiente actitud". También desató la ira de los detractores de las prácticas homosexuales, quienes ven en la manera positiva en que en las últimas décadas se han tomado estos comportamientos, un peligro letal para la sociedad. De hecho, ya un conocido pastor bautista de los Estados Unidos declaró, en el púlpito y durante un sermón, que odiaba a Jenner con todas sus fuerzas y que desearía verlo muerto. Lo que a la larga significa más agua para el molino, dado que en la actualidad se valora más una supuesta salida de armario que un discurso con pretensiones moralizadoras, para colmo violento e irreflexivo. Ese reverendo finalmente sólo pisó el palito. Otro más que lo hace.
Pero, ¿hay algún grado de honestidad en la decisión de este deportista devenido en actor, y ahora transformista, pues no lo olvidemos, aún no altera sus órganos genitales? Antes de su aparición en público con nueva identidad, Caitlyn disfrutó de todos los placeres heterosexuales que puede darse un varón. Se casó, tuvo tres hijos a los cuales crió como un padre ejemplar, tuvo actividad sexual no sólo con su esposa, y al igual que cualquier persona de cuerpo apolíneo, en sus años mozos debió haber disfrutado de un sinfín de admiradoras -no sólo en términos eróticos, se aclara-. Es cierto que tomó este camino hace ya un par de décadas, y que la determinación de proceder de forma gradual podría deberse a una serie de factores -formación, prejuicios sociales, timidez, temor al rechazo- que también están presentes en los llamados homosexuales de armario. Sin embargo, en el intermedio agrandó su familia, continuó actuando como un padre ejemplar, mientras en diversos medios de comunicación, a la vez, liberaba información acerca del proceso que había optado por realizar, dejando al menos entrever el destino final que éste tendría. ¿Por qué optó por comunicar a la opinión pública que había llegado a la meta, justo en el momento que lo gay está de moda, con estas discusiones acerca del matrimonio entre congéneres y otros asuntos de los cuales se ha hecho amplio eco la prensa? Una victoria que se puede calificar de ambigua si volvemos a considerar el asunto de la operación de los caracteres sexuales primarios. Da la sensación que Jenner sólo habló en el momento oportuno. Y con bastante oportunismo.
Caitlyn dio "el último paso" poco después de divorciarse. En un matrimonio que llevaba varios años y cuyas causas de ruptura no han sido reveladas, pero que por los trascendidos, estarían ajenas a la confesión de homosexualidad del protagonista. ¿Hubo en este suceso, algún impulso para dar por terminado el proceso y declararlo como tal? ¿Pensaba que iba a perder su vigencia, ya que había pasado los sesenta años, y aparte de la lejanía de sus éxitos deportivos, su carrera como actor amenazaba con ir en declive? Un dato interesante es que la terapia hormonal de Jenner no sólo le ha permitido verse como una mujer, sino además una dos décadas más joven. Bueno, la revista que lo publicó en esa foto donde aparece con remera de tenista y pantalones cortos ajustados -que dan a notar lo que aún lleva entre las piernas, motivo por el cual tuvo que mantenerlas separadas- en su nombre en español lo dice todo: feria de las vanidades.
Si Caitlyn, ex William Bruce, hizo todo esto con la intención de permanecer en la memoria de los espectadores, hasta mucho tiempo después de sus hazañas deportivas -que no fueron tantas, si comparamos su currículo con el de otros atletas estadounidenses- entonces se anotó un extraordinario acierto. Lo mismo si su intención fue la de provocar o sólo de llamar la atención. Para empezar acaparó portadas en medios de todo el mundo y pudo conceder una buena cantidad de entrevistas, además de recibir incontables elogios por una "valiente actitud". También desató la ira de los detractores de las prácticas homosexuales, quienes ven en la manera positiva en que en las últimas décadas se han tomado estos comportamientos, un peligro letal para la sociedad. De hecho, ya un conocido pastor bautista de los Estados Unidos declaró, en el púlpito y durante un sermón, que odiaba a Jenner con todas sus fuerzas y que desearía verlo muerto. Lo que a la larga significa más agua para el molino, dado que en la actualidad se valora más una supuesta salida de armario que un discurso con pretensiones moralizadoras, para colmo violento e irreflexivo. Ese reverendo finalmente sólo pisó el palito. Otro más que lo hace.
Pero, ¿hay algún grado de honestidad en la decisión de este deportista devenido en actor, y ahora transformista, pues no lo olvidemos, aún no altera sus órganos genitales? Antes de su aparición en público con nueva identidad, Caitlyn disfrutó de todos los placeres heterosexuales que puede darse un varón. Se casó, tuvo tres hijos a los cuales crió como un padre ejemplar, tuvo actividad sexual no sólo con su esposa, y al igual que cualquier persona de cuerpo apolíneo, en sus años mozos debió haber disfrutado de un sinfín de admiradoras -no sólo en términos eróticos, se aclara-. Es cierto que tomó este camino hace ya un par de décadas, y que la determinación de proceder de forma gradual podría deberse a una serie de factores -formación, prejuicios sociales, timidez, temor al rechazo- que también están presentes en los llamados homosexuales de armario. Sin embargo, en el intermedio agrandó su familia, continuó actuando como un padre ejemplar, mientras en diversos medios de comunicación, a la vez, liberaba información acerca del proceso que había optado por realizar, dejando al menos entrever el destino final que éste tendría. ¿Por qué optó por comunicar a la opinión pública que había llegado a la meta, justo en el momento que lo gay está de moda, con estas discusiones acerca del matrimonio entre congéneres y otros asuntos de los cuales se ha hecho amplio eco la prensa? Una victoria que se puede calificar de ambigua si volvemos a considerar el asunto de la operación de los caracteres sexuales primarios. Da la sensación que Jenner sólo habló en el momento oportuno. Y con bastante oportunismo.
Caitlyn dio "el último paso" poco después de divorciarse. En un matrimonio que llevaba varios años y cuyas causas de ruptura no han sido reveladas, pero que por los trascendidos, estarían ajenas a la confesión de homosexualidad del protagonista. ¿Hubo en este suceso, algún impulso para dar por terminado el proceso y declararlo como tal? ¿Pensaba que iba a perder su vigencia, ya que había pasado los sesenta años, y aparte de la lejanía de sus éxitos deportivos, su carrera como actor amenazaba con ir en declive? Un dato interesante es que la terapia hormonal de Jenner no sólo le ha permitido verse como una mujer, sino además una dos décadas más joven. Bueno, la revista que lo publicó en esa foto donde aparece con remera de tenista y pantalones cortos ajustados -que dan a notar lo que aún lleva entre las piernas, motivo por el cual tuvo que mantenerlas separadas- en su nombre en español lo dice todo: feria de las vanidades.
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