La abulia que provoca la insistencia de parte de hermanos, pastores y líderes en general, en acusar de satanismo a la saga de Harry Potter, está ya a un paso de transformarse en vergüenza. En especial, porque se hacen eco de un rumor salido de nadie sabe dónde, pero que fue oído por primera vez de boca de un ministro, quien también desconocía la fuente original, antecedentes que lo tornan apto para ser considerado como verdad revelada, proveniente de una iluminación -ni siquiera inspiración- divina. Que además, es respaldado por declaraciones de Joseph Ratzinger, el renunciado papa Benedicto XVI, quien en un momento de su pontificado advirtió acerca de las incitaciones a la brujería que contenía la serial de libros. Y si alguien que en los círculos evangélicos es tachado de apóstata o falso cristiano, finalmente reconoce una denuncia formulada por sus adversarios religiosos, entonces contribuye a reforzar la vehemencia y la terquedad de éstos.
¿Qué lleva a ciertos hermanos a olvidar la difusión del mensaje de salvación y concentrarse en un escándalo sensacionalista, que contiene más superchería que la que en teoría exhibe el libelo que tanto se esmeran en señalar? Lo que ellos arguyen es que los textos de Harry Potter tratan con liviandad o peor aún elogian la hechicería, principalmente debido a su trama. Un ensalzamiento que es absorbido por los niños, puesto que se trata de libros enfocados a un público infantil. Sin embargo, es preciso indicar que toda la literatura fantástica implica dosis de magia, al menos en el sentido más amplio del término. La impresión que da es que los detractores de esta saga están conscientes de tal factor, y le hincan el diente bajo la convicción de que los acontecimientos sobrenaturales, aunque estén supeditados a un relato que todos, hasta los más pequeños, sabemos que es ficticio, no pueden ser aprobados si ya se conoce o intuye que no vienen de Dios. Por lo cual este rechazo en particular forma parte de un conjunto donde caben, entre otras expresiones, el cine de género o la pintura vanguardista. No obstante, un buen número de estos reprobadores es capaz de emitir opiniones positivas de otras novelas de igual tenor, por ejemplo, "Las Crónicas de Narnia", debido de modo casi exclusivo a que su autor era un ferviente -y honesto- cristiano reformado. Pero ocurre que ahí también hay una bruja mientras que el león héroe de la narración -que sería una representación alegórica de Jesucristo- se refiere a una "magia antigua" que termina derrotando al mal.
Tal vez el asunto se pueda explicar de otra manera. La mayoría de estos pastores quizá pretendan conseguir protagonismo o llamar la atención recurriendo a uno de los artilugios más conocidos para aquello, y que se ha tornado muy frecuente en las últimas décadas como consecuencia del auge de las comunicaciones. Dicha estratagema consiste en colgarse como una rémora de un éxito coyuntural que por el momento está atrapando una gran cantidad de miradas. Sucedió en el pasado con la música rock, contra la cual varios antecesores de estos hermanos organizaban mítines y solicitaban espacios en la radio y la televisión con el afán de prevenir a la multitud acerca de una música que pervertía los valores tradicionales, incitaba al desenfreno y la rebelión y por supuesto le rendía culto a Satanás. Hoy, cuando ese estilo es más recordado como un clásico, pero sin la fama ni la popularidad de antes, sus eventuales detractores también han tendido a abandonarlo, aunque más de alguno mantendrá la idea de que las fuerzas celestiales han triunfado. Con la saga de Harry Potter debe acontecer lo mismo, y de seguro que quienes despotrican contra ella sienten que están cumpliendo una suerte de misión sagrada, recompensada en el hecho de que han captado los micrófonos y se han dado a conocer entre la gente. Lo que es obviamente patético, y no porque entre los incrédulos estas acciones generen burlas y chistes. Además de que en toda esta parafernalia montada por quienes están llamados a efectuar otras cosas, hay importantes granos de envidia, algo que no es una virtud de cristianos precisamente. Y no salgan respondiendo que intentan sacar a un personaje inaceptable para que el público al fin logre observar al auténtico Dios, porque detrás del hechicerito de anteojos redondos sólo se hallan ustedes, malas copias de Lord Voldemort.
De acuerdo con la crítica literaria, parece ser que los primeros tomos de la saga son aceptables desde el punto de vista artístico, mientras que la segunda mitad de ellos sólo se dedica a repetir los tópicos. Ha sido suficiente para que su autora (una mujer, algo que tal vez enfurece todavía más a sus detractores, quienes en su mayoría han sido formados en un ambiente conservador a ultranza donde la voz femenina tiene que estar sujeta a los dictámenes de su padre o de su marido) se empape de dinero. Y para que determinados predicadores quieran lo suyo, argumentando que las cosas del Señor no pueden ser tapadas por una sarta de novelones cada quien más cercano al infierno. El problema es que si su fuerza no es suficiente para detener al carruaje, al final acabarán siendo arrastrados a ese lugar. Por ello, lo más saludable es soltar ese carro, que sólo provoca lesiones producto del roce con el suelo, y empezar a hablar de quien corresponde, quien es Jesucristo, superior a todos los magos.
domingo, 27 de octubre de 2013
domingo, 13 de octubre de 2013
Los Desbordes de la Princesa
¿Qué es lo que provoca tanta sorpresa, más bien escozor, de los recientes escándalos protagonizados por Miley Cyrus?. Más que nada, el contraste de ver a una antigua estrella adolescente de la factoría Disney, en este caso específico, salida del espacio conocido como Hanna Montana -un punto de referencia para las niñas que recién están abandonando la pubertad, en todos los ámbitos imaginables, incluso en el relacionado con su maduración y su consiguiente inserción social-, efectuando piruetas insinuantes en cada evento al cual es invitada. Las cuales generan una preocupación adicional, al menos en el campo moral, ya que no parecen estar acompañadas por contenido alguno, lo que ocasiona la sospecha de que se está frente a un severo caso de explotación sexual.
¿A qué padre no le gusta exhibir a sus hijos o hablar de ellos cada vez que puede? Todos sabemos que los niños son floreros de mesa que se transforman en triunfos en la mentalidad de quienes los engendraron o adoptaron. Por eso algunos les celebran los comportamientos más absurdos. Y la gran mayoría ve en ellos la máxima proyección de sus aspiraciones, tanto las logradas como las frustradas. Es común toparse con un progenitor que llega a fastidiar a la audiencia mostrando vídeos de sus vástagos que ha registrado en su teléfono móvil, o con una ronda de adultos que cual espectadores del circo romano observar a un pequeño sin dejar de sonreír. Son lo más maravilloso, y por ende el resto de la gente debe estar enterada de tan magnánimo acontecimiento. Una actitud que se replica al interior de las comunidades eclesiásticas, a través del bautismo infantil -y los festejos derivados-, la presentación de bebés o los testimonios de papás chochos que insisten en que han recibido la mayor de las bendiciones.
¿Qué pasaría, enseguida, si existiera la posibilidad de extrapolar todo eso a gran escala? ¿Digamos en un programa de televisión de cobertura nacional e incluso internacional? Si mi hijo es algo maravilloso no debo ser egoísta ni negarlo al mundo entero. Menos si se trata de un espacio sustentado en los valores tradicionales de la familia. Adaptado a las condiciones modernas, de acuerdo; pero eso a la larga lo torna más sublime. Precisamente la lógica de seriales como Hanna Montana o de cualquiera de su tipo que haya surgido desde la factoría Disney. Es una lógica de espectáculo. Sin embargo, su procedimiento es muy similar al de aquel padre risueño que muestra fotografías o vídeos de su retoño para que los demás contertulios lo admiren y de paso también lo consideren a él, cuando menos como una persona capaz de mantener las buenas costumbres, que finalmente son las de los dioses. Además de que los progenitores también ganan fama y fortuna, claro está.
El problema es que los chicos crecen y más de alguno no mira la maduración como sinónimo de podredumbre. Y cuando deciden ser ellos mismos, en varios casos recurren a la instrucción que les han impartido en sus anteriores años de vida. Es lo que está sucediendo con la Cyrus, cuya obscenidad huera de hoy es el resultado de la oquedad intelectual a la que se vio sometida cuando debía propagar unos valores dogmáticos mostrando una obligada cara de felicidad. Es consecuencia de la formación que recibió, de donde ha extraído las herramientas que le han permitido definirse y abrirse camino en el exterior, que es el propósito final de la instrucción que la familia, la escuela o la sociedad le entrega al niño. En tal sentido, los padres y el resto de los forjadores de Miley -hablando tanto del fenómeno como de la persona que hay detrás- debieran sentirse orgullosos.
¿A qué padre no le gusta exhibir a sus hijos o hablar de ellos cada vez que puede? Todos sabemos que los niños son floreros de mesa que se transforman en triunfos en la mentalidad de quienes los engendraron o adoptaron. Por eso algunos les celebran los comportamientos más absurdos. Y la gran mayoría ve en ellos la máxima proyección de sus aspiraciones, tanto las logradas como las frustradas. Es común toparse con un progenitor que llega a fastidiar a la audiencia mostrando vídeos de sus vástagos que ha registrado en su teléfono móvil, o con una ronda de adultos que cual espectadores del circo romano observar a un pequeño sin dejar de sonreír. Son lo más maravilloso, y por ende el resto de la gente debe estar enterada de tan magnánimo acontecimiento. Una actitud que se replica al interior de las comunidades eclesiásticas, a través del bautismo infantil -y los festejos derivados-, la presentación de bebés o los testimonios de papás chochos que insisten en que han recibido la mayor de las bendiciones.
¿Qué pasaría, enseguida, si existiera la posibilidad de extrapolar todo eso a gran escala? ¿Digamos en un programa de televisión de cobertura nacional e incluso internacional? Si mi hijo es algo maravilloso no debo ser egoísta ni negarlo al mundo entero. Menos si se trata de un espacio sustentado en los valores tradicionales de la familia. Adaptado a las condiciones modernas, de acuerdo; pero eso a la larga lo torna más sublime. Precisamente la lógica de seriales como Hanna Montana o de cualquiera de su tipo que haya surgido desde la factoría Disney. Es una lógica de espectáculo. Sin embargo, su procedimiento es muy similar al de aquel padre risueño que muestra fotografías o vídeos de su retoño para que los demás contertulios lo admiren y de paso también lo consideren a él, cuando menos como una persona capaz de mantener las buenas costumbres, que finalmente son las de los dioses. Además de que los progenitores también ganan fama y fortuna, claro está.
El problema es que los chicos crecen y más de alguno no mira la maduración como sinónimo de podredumbre. Y cuando deciden ser ellos mismos, en varios casos recurren a la instrucción que les han impartido en sus anteriores años de vida. Es lo que está sucediendo con la Cyrus, cuya obscenidad huera de hoy es el resultado de la oquedad intelectual a la que se vio sometida cuando debía propagar unos valores dogmáticos mostrando una obligada cara de felicidad. Es consecuencia de la formación que recibió, de donde ha extraído las herramientas que le han permitido definirse y abrirse camino en el exterior, que es el propósito final de la instrucción que la familia, la escuela o la sociedad le entrega al niño. En tal sentido, los padres y el resto de los forjadores de Miley -hablando tanto del fenómeno como de la persona que hay detrás- debieran sentirse orgullosos.
domingo, 6 de octubre de 2013
Pagan Santos Por Pecadores
Nuevamente un vómito de Jorge Bergoglio ha sido primera plana en la prensa internacional. El papa Francisco ahora aseveró, contradiciendo trece siglos de historia y un sinnúmero de declaraciones magisteriales -que no olvidemos, son verdad revelada-, que los personeros de la iglesia católica no puede definir a su institución como santa, porque todos ellos, sacerdotes, laicos, obispos, teólogos, misioneros: son pecadores. De paso le tiró un rapapolvo impensado incluso por el más optimista, a la avejentada curia romana, a la cual calificó de lepra. Las ventajas de ser sumo pontífice, en especial luego de que Vaticano I estableciera el principio de la infalibilidad.
Pues Bergoglio está incurriendo en un error teológico bastante grave, que en otra época le habría conducido a la hoguera. O que en esta misma actualidad, de no tener el cargo que ostenta, le habría significado la excomunión. Esto, debido a que ya en el Nuevo Testamento se esclarece que santos son todos los cristianos realmente convertidos, y así lo recalca Pablo en los capítulos octavo y noveno de la segunda carta a los Corintios. Una premisa reconocida por la iglesia católica desde sus orígenes como tal y que además sirve como justificación para venerar y pedirle favores a los miembros de la institución ya fallecidos, los cuales, de acuerdo a los milagros que se supone son capaces de conceder, son más tarde beatificados o canonizados. Finalmente, y por extensión, la propia mancomunidad es santa al estar compuesta al menos de modo mayoritario por sujetos de esas características. Y no se trata de una sentencia exclusiva del romanismo. Muy por el contrario, todas las comunidades que se denominan a sí mismas cristianas están obligadas a aceptar dicha afirmación porque se halla claramente estipulada en la Biblia.
De lo que sí carece el universo cristiano, y también las Escrituras lo señalan así, es de justos. Lo vuelve a estampar el mismo Pablo: ni siquiera hay uno. Y no existen porque "todos pecaron". Por lo tanto, éste es el término que se debe contrastar con el de pecadores, en lugar del de santos. Los últimos se encuentran en las comunidades y buscar obrar el bien, ayudándose mutuamente, y cuando al interior de su congregación las cosas marchan de manera satisfactoria, atender y auxiliar a los no convertidos. De repente fallan porque son humanos. Pero eso no les quita el título entregado por el mismísimo Señor, que permite establecer la diferencia entre los hermanos de verdad y quienes sólo exhiben una careta. Tal vez quepa algo positivo en estas desventuradas declaraciones del papa, en el hecho de que por fin la máxima autoridad del romanismo habría reconocido que su institución no predica el auténtico mensaje de salvación. Sin embargo, lo más probable es que se trate de una consecuencia colateral inesperada y no deseada, fruto de una opinión formulada para una galería a la cual no le interesa la doctrina teológica pero que sí necesita de un gesto de la estructura eclesiástica a fin de recuperar la confianza en ella y volver a depositar los siempre bienvenidos donativos monetarios.
Hace rato que algunos -incluso hermanos evangélicos y otros no católicos- se han dejado obnubilar por las opiniones de un pontífice al que perciben más cercano a la masa popular y a la realidad de la calle que sus predecesores. No obstante, es preciso advertir que Francisco no es más ni menos mediático que Wojtyla o Ratzinger, quienes usaron su carisma y su simpatía para introducir de manera sutil ese conservadurismo reaccionario y patológico que muchos de quienes en su época los apoyaron hoy sindican como causa basal de la serie de aberraciones que en el último tiempo se le han descubierto al catolicismo. No vaya a ser que Bergoglio nos adormezca lo suficiente como para después enviar el zarpazo definitivo. La historia de la iglesia romana está poblada de esa clase de acontecimientos.
Pues Bergoglio está incurriendo en un error teológico bastante grave, que en otra época le habría conducido a la hoguera. O que en esta misma actualidad, de no tener el cargo que ostenta, le habría significado la excomunión. Esto, debido a que ya en el Nuevo Testamento se esclarece que santos son todos los cristianos realmente convertidos, y así lo recalca Pablo en los capítulos octavo y noveno de la segunda carta a los Corintios. Una premisa reconocida por la iglesia católica desde sus orígenes como tal y que además sirve como justificación para venerar y pedirle favores a los miembros de la institución ya fallecidos, los cuales, de acuerdo a los milagros que se supone son capaces de conceder, son más tarde beatificados o canonizados. Finalmente, y por extensión, la propia mancomunidad es santa al estar compuesta al menos de modo mayoritario por sujetos de esas características. Y no se trata de una sentencia exclusiva del romanismo. Muy por el contrario, todas las comunidades que se denominan a sí mismas cristianas están obligadas a aceptar dicha afirmación porque se halla claramente estipulada en la Biblia.
De lo que sí carece el universo cristiano, y también las Escrituras lo señalan así, es de justos. Lo vuelve a estampar el mismo Pablo: ni siquiera hay uno. Y no existen porque "todos pecaron". Por lo tanto, éste es el término que se debe contrastar con el de pecadores, en lugar del de santos. Los últimos se encuentran en las comunidades y buscar obrar el bien, ayudándose mutuamente, y cuando al interior de su congregación las cosas marchan de manera satisfactoria, atender y auxiliar a los no convertidos. De repente fallan porque son humanos. Pero eso no les quita el título entregado por el mismísimo Señor, que permite establecer la diferencia entre los hermanos de verdad y quienes sólo exhiben una careta. Tal vez quepa algo positivo en estas desventuradas declaraciones del papa, en el hecho de que por fin la máxima autoridad del romanismo habría reconocido que su institución no predica el auténtico mensaje de salvación. Sin embargo, lo más probable es que se trate de una consecuencia colateral inesperada y no deseada, fruto de una opinión formulada para una galería a la cual no le interesa la doctrina teológica pero que sí necesita de un gesto de la estructura eclesiástica a fin de recuperar la confianza en ella y volver a depositar los siempre bienvenidos donativos monetarios.
Hace rato que algunos -incluso hermanos evangélicos y otros no católicos- se han dejado obnubilar por las opiniones de un pontífice al que perciben más cercano a la masa popular y a la realidad de la calle que sus predecesores. No obstante, es preciso advertir que Francisco no es más ni menos mediático que Wojtyla o Ratzinger, quienes usaron su carisma y su simpatía para introducir de manera sutil ese conservadurismo reaccionario y patológico que muchos de quienes en su época los apoyaron hoy sindican como causa basal de la serie de aberraciones que en el último tiempo se le han descubierto al catolicismo. No vaya a ser que Bergoglio nos adormezca lo suficiente como para después enviar el zarpazo definitivo. La historia de la iglesia romana está poblada de esa clase de acontecimientos.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Por La Patria
Cuando los chovinistas y los incautos hinchan el pecho hablando de la patria -en términos generales, pero haciendo referencia a la suya particular- nunca dejan de colocar a Dios por testigo de la grandeza de su terruño. Es de alguna manera, un argumento que les permite aseverar que están frente a algo inmenso que se debe defender y preservar casi como una obligación innata a la naturaleza humana. De paso les permite asociar ese concepto con los llamados valores universales tradicionales, como la familia y las buenas costumbres, englobando una conducta deseada que para ellos establece la diferencia entre la condenación y la salvación y no sólo en el aspecto religioso.
Sin embargo cabría formularse la interrogante. ¿Es realmente el Señor el garante de la patria? Dicho de otro modo, ¿es la nación un concepto al que todos sus habitantes deben someterse por mandato divino? Veamos: el axioma patriótico implica la aceptación de una serie de símbolos representativos cuya sola presencia implican un grado de idolatría, como la bandera y los escudos de armas. Más aún: el hecho de ser mostrado como una instancia superior que rige a la totalidad de las personas, quienes se hallan resignadas a observarla desde abajo, puede ser calificado como un elemento que se coloca a la altura de Dios, aunque se insista que fue el mismo Creador quien la instituyó, pues aún así opaca su gloria (al respecto, cabe recordar la enorme cantidad de dictadores y gobernantes megalómanos que aseveran estar ahí por decisión del Altísimo, tergiversando el capítulo trece de la carta a los Romanos). Por otro lado, otorgarle una connotación superior a un determinado terruño, y a la población nacida en él, es una clara contradicción al principio de universalidad y de igualdad que posee el evangelio, donde, como lo recalcó Pedro, "no se hacen acepciones".
No obstante, si nos remitimos a la Biblia, nos damos cuenta de las consecuencias desastrosas que para varones y mujeres incluso temerosos del Señor trajo la reverencia a una determinada patria. Ya en el Antiguo Testamento, y aunque Israel fuese reconocido como la nación escogida. Cuando la población le reclamó a Yavé la erección de una monarquía, el mismo redactor de las Escrituras reconoce que tal petición tenía la intención de unir a los habitantes de la vieja Palestina en un solo país, con la finalidad disimulada de poder guarecerse bajo un paraguas que entre otras cosas protegiera a la gente del propio Dios. Y los soberanos dejaron bastante que desear. Sólo se requirió de tres ellos para dividir el reino en dos y que ambas parte se enfrascasen luego en luchas fratricidas -efectuando alianzas con imperios extranjeros para sacar ventaja- que acabaron enviando al pueblo al destierro. Ni las oraciones humildes por sabiduría les sirvieron. Después trataron de regresar al reinado unificado tras las rebelión de los macabeos, sólo para conocer un siglo y medio de paz antes de que se produjese la invasión romana. El seguimiento ciego e incondicional a un territorio representativo los envió al despeñadero, cosa que no acaeció cuando se era una simple conjunción de tribus donde cada clan tenía una similar cantidad de hectáreas.
Por su parte, el Nuevo Testamento aclara que Jesús vino a buscar pueblos, no patrias. Incluso, cuando Israel era un simple pueblo le fue mejor en términos espirituales que tras transformarse en una nación con sus propios símbolos y gobernantes absolutos. Enseguida, la adoración a un determinado país ha sido descartada del mensaje cristiano por tratarse de una práctica que atenta contra la predicación universal e incondicional de la palabra, además de esconder concepciones idólatras y paganas.
Sin embargo cabría formularse la interrogante. ¿Es realmente el Señor el garante de la patria? Dicho de otro modo, ¿es la nación un concepto al que todos sus habitantes deben someterse por mandato divino? Veamos: el axioma patriótico implica la aceptación de una serie de símbolos representativos cuya sola presencia implican un grado de idolatría, como la bandera y los escudos de armas. Más aún: el hecho de ser mostrado como una instancia superior que rige a la totalidad de las personas, quienes se hallan resignadas a observarla desde abajo, puede ser calificado como un elemento que se coloca a la altura de Dios, aunque se insista que fue el mismo Creador quien la instituyó, pues aún así opaca su gloria (al respecto, cabe recordar la enorme cantidad de dictadores y gobernantes megalómanos que aseveran estar ahí por decisión del Altísimo, tergiversando el capítulo trece de la carta a los Romanos). Por otro lado, otorgarle una connotación superior a un determinado terruño, y a la población nacida en él, es una clara contradicción al principio de universalidad y de igualdad que posee el evangelio, donde, como lo recalcó Pedro, "no se hacen acepciones".
No obstante, si nos remitimos a la Biblia, nos damos cuenta de las consecuencias desastrosas que para varones y mujeres incluso temerosos del Señor trajo la reverencia a una determinada patria. Ya en el Antiguo Testamento, y aunque Israel fuese reconocido como la nación escogida. Cuando la población le reclamó a Yavé la erección de una monarquía, el mismo redactor de las Escrituras reconoce que tal petición tenía la intención de unir a los habitantes de la vieja Palestina en un solo país, con la finalidad disimulada de poder guarecerse bajo un paraguas que entre otras cosas protegiera a la gente del propio Dios. Y los soberanos dejaron bastante que desear. Sólo se requirió de tres ellos para dividir el reino en dos y que ambas parte se enfrascasen luego en luchas fratricidas -efectuando alianzas con imperios extranjeros para sacar ventaja- que acabaron enviando al pueblo al destierro. Ni las oraciones humildes por sabiduría les sirvieron. Después trataron de regresar al reinado unificado tras las rebelión de los macabeos, sólo para conocer un siglo y medio de paz antes de que se produjese la invasión romana. El seguimiento ciego e incondicional a un territorio representativo los envió al despeñadero, cosa que no acaeció cuando se era una simple conjunción de tribus donde cada clan tenía una similar cantidad de hectáreas.
Por su parte, el Nuevo Testamento aclara que Jesús vino a buscar pueblos, no patrias. Incluso, cuando Israel era un simple pueblo le fue mejor en términos espirituales que tras transformarse en una nación con sus propios símbolos y gobernantes absolutos. Enseguida, la adoración a un determinado país ha sido descartada del mensaje cristiano por tratarse de una práctica que atenta contra la predicación universal e incondicional de la palabra, además de esconder concepciones idólatras y paganas.
domingo, 22 de septiembre de 2013
Tesoros Lejos del Cielo
El llamado evangelio de la prosperidad (no me atrevo a decir teología, pues esa palabra encierra un rigor reflexivo del que los entusiastas de esta tendencia carecen) está ganando cada vez un mayor terreno entre las iglesias evangélicas, al extremo de que en algunos países se calcula que dos de tres hermanos asisten a un templo en donde se imparte de manera constante esta visión del mensaje cristiano. Recintos que, en concordancia con dicha doctrina, son enormes, cuentan con una alta cantidad de asistentes y sus líderes presentan una más que aceptable solvencia económica.
¿Qué motiva a un predicador cualquiera a tomar este camino, llegando a un fundar una congregación que se dedique a su difusión? Primero, la existencia de un discurso reducido en términos intelectuales, fácil de comprender por la multitud y que apela a sensaciones puramente emotivas. Basado, además, en una distorsión de conceptos tales como gracia, salvación y misericordia. Se parte haciendo una asociación antojadiza e irreflexiva entre la bonanza pecuniaria y las implicaciones que acarrearía la fe en el único Dios verdadero que aparte es el ser más poderoso imaginable. Por estar del lado del Señor, una entidad muchísimo más potente que los genios, las hadas o el azar, se piensa que por arte de magia los problemas terrenales serán solucionados. Para colmo, la no concreción de esa clase de satisfacciones es una señal de que el individuo no es un convertido de verdad, y está recibiendo un merecido castigo producto de una falta parcial de fe. De cierto modo, el "cree en Él y serás rico" es asimilado al "cree en Él y serás salvo". Una proclama que en boca de un líder carismático es capaz de convencer a una masa de gente desvalida que por lo general no conoce del cristianismo más allá de las fiestas religiosas populares.
A esto se añade una motivación de carácter exclusivamente práctico, que también tiene más de emotividad -y de impulsividad- que de espiritualidad. Si un feligrés prospera en términos monetarios, será capaz de otorgar ofrendas mucho más suculentas, que engrosarán las arcas de su congregación, pero igualmente de su líder. Quien a su vez estará en condiciones de transformarse en su propio ejemplo de prosperidad, demostrando las supuestas bendiciones construyendo un templo más grande y aumentando su nivel de vida. Entonces sus dirigidos sentirán el deber de agradecerle por haberlos sacado del atolladero, presentándole más dádivas conforme ven aumentados sus ingresos, y atrayendo a conocidos que obrarán del mismo modo si llegan a abandonar su condición de desdicha. Negocio redondo. O mejor dicho, círculo vicioso. Amparado en el principio pragmático que subyace en todas las iglesias evangélicas -y que es necesario que sea así- donde las prebendas pecuniarias se consideran imprescindibles para resolver cuestiones puntuales como el mantenimiento del edificio del culto y de sus encargados. Fuera de que, como se supone que es Dios quien está dejando caer su gracia, entonces se torna un mandato mostrar gratitud apartando una cantidad proporcional de lo ganado que en teoría es para Él. En situaciones normales, dicho porcentaje está representado por el diezmo, sin embargo es común que esta clase de predicadores exija más, argumentando que las dispensas divinas son infinitas.
Por eso es que algunos de estos líderes se comportan de un modo muy similar al de sus pares de las llamadas sectas destructivas, quienes les suelen ordenar a los iniciados entregar todos sus bienes a la congregación. El problema es que, al igual que como sucede en los gobiernos teocráticos, la administración no la ejerce Dios o los dioses sino hombres comunes y corrientes con investiduras -muchas veces auto proclamadas- de sacerdotes, pastores o ministros. Y lo grave es que el poder que adquieren esta clase de predicadores lo estimula a verse a sí mismos como dioses, llegando a eclipsar al verdadero.
¿Qué motiva a un predicador cualquiera a tomar este camino, llegando a un fundar una congregación que se dedique a su difusión? Primero, la existencia de un discurso reducido en términos intelectuales, fácil de comprender por la multitud y que apela a sensaciones puramente emotivas. Basado, además, en una distorsión de conceptos tales como gracia, salvación y misericordia. Se parte haciendo una asociación antojadiza e irreflexiva entre la bonanza pecuniaria y las implicaciones que acarrearía la fe en el único Dios verdadero que aparte es el ser más poderoso imaginable. Por estar del lado del Señor, una entidad muchísimo más potente que los genios, las hadas o el azar, se piensa que por arte de magia los problemas terrenales serán solucionados. Para colmo, la no concreción de esa clase de satisfacciones es una señal de que el individuo no es un convertido de verdad, y está recibiendo un merecido castigo producto de una falta parcial de fe. De cierto modo, el "cree en Él y serás rico" es asimilado al "cree en Él y serás salvo". Una proclama que en boca de un líder carismático es capaz de convencer a una masa de gente desvalida que por lo general no conoce del cristianismo más allá de las fiestas religiosas populares.
A esto se añade una motivación de carácter exclusivamente práctico, que también tiene más de emotividad -y de impulsividad- que de espiritualidad. Si un feligrés prospera en términos monetarios, será capaz de otorgar ofrendas mucho más suculentas, que engrosarán las arcas de su congregación, pero igualmente de su líder. Quien a su vez estará en condiciones de transformarse en su propio ejemplo de prosperidad, demostrando las supuestas bendiciones construyendo un templo más grande y aumentando su nivel de vida. Entonces sus dirigidos sentirán el deber de agradecerle por haberlos sacado del atolladero, presentándole más dádivas conforme ven aumentados sus ingresos, y atrayendo a conocidos que obrarán del mismo modo si llegan a abandonar su condición de desdicha. Negocio redondo. O mejor dicho, círculo vicioso. Amparado en el principio pragmático que subyace en todas las iglesias evangélicas -y que es necesario que sea así- donde las prebendas pecuniarias se consideran imprescindibles para resolver cuestiones puntuales como el mantenimiento del edificio del culto y de sus encargados. Fuera de que, como se supone que es Dios quien está dejando caer su gracia, entonces se torna un mandato mostrar gratitud apartando una cantidad proporcional de lo ganado que en teoría es para Él. En situaciones normales, dicho porcentaje está representado por el diezmo, sin embargo es común que esta clase de predicadores exija más, argumentando que las dispensas divinas son infinitas.
Por eso es que algunos de estos líderes se comportan de un modo muy similar al de sus pares de las llamadas sectas destructivas, quienes les suelen ordenar a los iniciados entregar todos sus bienes a la congregación. El problema es que, al igual que como sucede en los gobiernos teocráticos, la administración no la ejerce Dios o los dioses sino hombres comunes y corrientes con investiduras -muchas veces auto proclamadas- de sacerdotes, pastores o ministros. Y lo grave es que el poder que adquieren esta clase de predicadores lo estimula a verse a sí mismos como dioses, llegando a eclipsar al verdadero.
domingo, 15 de septiembre de 2013
Mi Difunta Esposa de Ocho Años
Conmoción internacional ha provocado la muerte, en Yemen, de Rawan, una niña de ocho años que falleció producto de las lesiones sexuales provocadas por su marido de cuarenta, durante la noche de bodas. La muchacha, como por lo demás es común en varios países tercermundistas, fue entregada contra su voluntad por sus familiares al hombre que finalmente le ocasionó el deceso, en un matrimonio legal de acuerdo a la normativa del territorio donde fue acordado. Por eso, lo más probable es que el sujeto no vaya a prisión por este homicidio: de hecho, ya se dictó sentencia respecto del caso y sólo ha sido condenado a pagar una multa.
Los acontecimientos han sido la ocasión para que una vez más los habitantes de países occidentales, desde los libre pensadores hasta los cristianos más devotos, coloquen en el grito en el cielo y exijan a las autoridades internacionales un mayor control sobre lo que para unos son culturas atrasadas y para otros lugares apartados de la fe en Dios. Y en el caso específico que atañe a este artículo, existen antecedentes anexos que permiten señalar con el dedo a determinados sistemas de creencias que hace un buen rato pertenecen a la categoría de los sospechosos de siempre. Para comenzar, Yemen es una nación islámica a ultranza, situada al sur de la península arábiga, que de tarde en tarde entrega noticias acerca de aberraciones similares o incluso peores que la que estamos analizando ahora. Suficiente para que de nuevo se despotrique en contra de la religión fundada por Mahoma, llegando algunos a desear su exterminio. Es cierto: allá la situación de la mujer está más que depauperada, y una de las causas más importantes reside precisamente en las interpretaciones más escandalosas que los musulmanes le hacen a sus textos consagrados y las cuales son conocidas y reprobadas al menos por todos quienes no profesan dicho credo. Pero ocurre que la propensión a desposar a niñas pequeñas está presente también en el hinduismo -que nos han legado el sobre valorado Kamasutra- e incluso en civilizaciones indígenas americanas respecto de quienes, por cierto, los más agnósticos y escépticos del primer mundo intentan que mantengan sus tradiciones, debido a una obligación por respetar la diversidad y como una muestra de la resistencia a los vicios de la sociedad contemporánea.
De estas conductas no han estado ausentes los cristianos. Sólo hasta hace medio siglo, en el occidente más avanzado era común ver casadas, quizá no a niñas de ocho años, pero sí a púberes de catorce, que no dejaban de ser menores de edad. Incluso en la actualidad en algunos países de América Central se producen matrimonios entre chicos de ambos géneros que apenas cuentan con trece años. Sin contar la práctica, todavía vigente en ciertos lugares, de obligar a contraer el vínculo a muchachos que han generado un embarazo adolescente, enlaces que por lo demás nunca sobreviven más allá de un lustro (y qué más da: te divorcias y al poco tiempo te consigues o te consiguen una nueva pareja, para así seguir transmitiendo los valores de la familia). Más aún: abundan los padres de culto semanal que presionan de modo incesante a sus hijas e hijos para que se unan en connubio lo antes posible, ya que la soltería prolongada constituye una muestra de falta de bendición divina o de que existen puntos dudosos en la espiritualidad individual. No faltan los líderes que recalcan esta suerte de prescripción consuetudinaria desde los púlpitos, a veces con imprecaciones muy agresivas en contra de quienes prefieren continuar en solitario. Para colmo, en determinadas congregaciones se les otorga mayor participación a los casados, por una cuestión de costumbre, aunque en algunas ocasiones se les explica a los demás que ésa es precisamente la motivación. Ya ni siquiera es necesario mencionar a aquellas denominaciones que colocan como condición el estar casado para dirigir una iglesia.
Todas estas conductas deben ser revisadas y no reducidas a su mínima expresión, sino que directamente eliminadas. Quizá en ningún país cristiano una niña de ocho años corra el riesgo de morir en su noche de bodas, pero estoy seguro que ahora mismo contamos con distintos casos de mujeres malmaridadas, hasta de varones que han caído en tal condición. Sólo por complacer a un adulto o a una comunidad que aseguraban que sus preceptos eran palabra revelada, abogándose el derecho de hablar en nombre de Dios sin entender que el Altísimo escucha a la totalidad de las personas por igual sin elaborar la menor acepción.
Los acontecimientos han sido la ocasión para que una vez más los habitantes de países occidentales, desde los libre pensadores hasta los cristianos más devotos, coloquen en el grito en el cielo y exijan a las autoridades internacionales un mayor control sobre lo que para unos son culturas atrasadas y para otros lugares apartados de la fe en Dios. Y en el caso específico que atañe a este artículo, existen antecedentes anexos que permiten señalar con el dedo a determinados sistemas de creencias que hace un buen rato pertenecen a la categoría de los sospechosos de siempre. Para comenzar, Yemen es una nación islámica a ultranza, situada al sur de la península arábiga, que de tarde en tarde entrega noticias acerca de aberraciones similares o incluso peores que la que estamos analizando ahora. Suficiente para que de nuevo se despotrique en contra de la religión fundada por Mahoma, llegando algunos a desear su exterminio. Es cierto: allá la situación de la mujer está más que depauperada, y una de las causas más importantes reside precisamente en las interpretaciones más escandalosas que los musulmanes le hacen a sus textos consagrados y las cuales son conocidas y reprobadas al menos por todos quienes no profesan dicho credo. Pero ocurre que la propensión a desposar a niñas pequeñas está presente también en el hinduismo -que nos han legado el sobre valorado Kamasutra- e incluso en civilizaciones indígenas americanas respecto de quienes, por cierto, los más agnósticos y escépticos del primer mundo intentan que mantengan sus tradiciones, debido a una obligación por respetar la diversidad y como una muestra de la resistencia a los vicios de la sociedad contemporánea.
De estas conductas no han estado ausentes los cristianos. Sólo hasta hace medio siglo, en el occidente más avanzado era común ver casadas, quizá no a niñas de ocho años, pero sí a púberes de catorce, que no dejaban de ser menores de edad. Incluso en la actualidad en algunos países de América Central se producen matrimonios entre chicos de ambos géneros que apenas cuentan con trece años. Sin contar la práctica, todavía vigente en ciertos lugares, de obligar a contraer el vínculo a muchachos que han generado un embarazo adolescente, enlaces que por lo demás nunca sobreviven más allá de un lustro (y qué más da: te divorcias y al poco tiempo te consigues o te consiguen una nueva pareja, para así seguir transmitiendo los valores de la familia). Más aún: abundan los padres de culto semanal que presionan de modo incesante a sus hijas e hijos para que se unan en connubio lo antes posible, ya que la soltería prolongada constituye una muestra de falta de bendición divina o de que existen puntos dudosos en la espiritualidad individual. No faltan los líderes que recalcan esta suerte de prescripción consuetudinaria desde los púlpitos, a veces con imprecaciones muy agresivas en contra de quienes prefieren continuar en solitario. Para colmo, en determinadas congregaciones se les otorga mayor participación a los casados, por una cuestión de costumbre, aunque en algunas ocasiones se les explica a los demás que ésa es precisamente la motivación. Ya ni siquiera es necesario mencionar a aquellas denominaciones que colocan como condición el estar casado para dirigir una iglesia.
Todas estas conductas deben ser revisadas y no reducidas a su mínima expresión, sino que directamente eliminadas. Quizá en ningún país cristiano una niña de ocho años corra el riesgo de morir en su noche de bodas, pero estoy seguro que ahora mismo contamos con distintos casos de mujeres malmaridadas, hasta de varones que han caído en tal condición. Sólo por complacer a un adulto o a una comunidad que aseguraban que sus preceptos eran palabra revelada, abogándose el derecho de hablar en nombre de Dios sin entender que el Altísimo escucha a la totalidad de las personas por igual sin elaborar la menor acepción.
domingo, 1 de septiembre de 2013
El Evangelio de los Matones
Durante la semana se conoció la noticia de que, en Brasil, una iglesia evangélica fue obligada a pagar una millonaria indemnización a un antiguo empleado por concepto de "daño moral", después de que éste denunciara al pastor y a los demás encargados del templo por el constante acoso laboral que sufría, el cual tenía características semejantes a las del matonismo escolar. En la mayoría de las ocasiones, los miembros de la congregación se mofaban del trabajador porque no estaba convertido, y lo trataban como un ser inferior debido al supuesto de que no había conocido al Señor. Una conducta que incluso derivó en agresiones físicas.
Desconozco el tipo de doctrina que se estaba impartiendo en esa comunidad. Al parecer, se trataba de una mega iglesia tendiente a difundir el "evangelio de la prosperidad", las cuales por cierto pululan en el país de la zamba y son una de las principales causas del aumento cuantitativo de los cristianos reformados en aquel lugar. Un tipo de enseñanza que por sus características resulta propicio para que se den incidentes de ésos que define el anglicismo "bullying": ya sea por el contenido doctrinal -el progreso económico y social es una muestra de la fidelidad espiritual del beneficiario, pues Dios le está retribuyendo producto de su celosa observancia- o por la prepotencia de sus predicadores, que actúan con una mezcla de fanatismo religioso y triunfalismo, calificando a quienes no consiguen ganancias pecuniarias como personas que están siendo castigadas porque no han aceptado de verdad al Señor en su corazón. En resumen, efectúan una diferencia entre ganadores ("victoriosos") y perdedores que en términos de uso práctico es equivalente a la caricatura de los adolescentes de las escuelas norteamericanas.
Sin embargo, este tipo de actitudes no es patrimonio de un grupo de hermanos en particular. Es muy común que al interior de las iglesias, se señale con el dedo a aquellos miembros que por ejemplo, no expresan su creencia de un modo más vistoso o efusivo, a veces entendidas esas manifestaciones en términos puramente de emotividad histérica. En otros casos se califica como "débiles en la fe" a quienes prefieren abstenerse de comer determinados alimentos o que por distintos motivos prefieren no participar en las reparticiones que se aprecian como más llamativas dentro de una comunidad, como los coros, las alabanzas o la organización de las celebraciones. Integrantes que disfrutan de formas específicas de arte, que cuentan con estudios superiores o que practican actividades más intelectuales son mirados con una dosis de recelo y cualquiera que pasa a su lado les advierte del cuidado que significa seguir una profesión o un oficio que en teoría genera el escepticismo y estimula a las personas a abandonar a Dios. En más de una ocasión los interlocutores hablan con una sorna que es muy propia de un matón carismático que es capaz de liderar a una masa determinada para que obedezca sus imposiciones. Por lo general, se trata de componentes que tienen algún grado de autoridad al interior del templo, ya sea oficial o informal, dada esta última por su presencia e intromisión en los variados quehaceres de la comunidad. Quienes en muchas ocasiones están convencidos de que poseen una suerte de mandato divino para censurar a quien consideran recién iniciado o todavía no distanciado de los "pecados de la carne".
Nadie aquí está cuestionando la debida corrección en contra de un hermano que con sus actitudes le está generando un desprestigio a la iglesia. Sin embargo, hay que distinguir estos sucesos de otros que sólo constituyen un maltrato, conducta estimulada por una combinación de vanagloria y prejuicios. De esto último, abunda de manera visible en las congregaciones. De lo primero, si bien se insiste en tener cuidado, al final igual está soterrado sólo de una manera distinta a lo que se imagina. Muchos de esos agresores son los que de verdad deberían experimentar una represión. Ojalá esta llegue de parte de los mismos cristianos, y no tengan que ser, al igual que en Brasil, jueces civiles quienes marquen las pautas.
Desconozco el tipo de doctrina que se estaba impartiendo en esa comunidad. Al parecer, se trataba de una mega iglesia tendiente a difundir el "evangelio de la prosperidad", las cuales por cierto pululan en el país de la zamba y son una de las principales causas del aumento cuantitativo de los cristianos reformados en aquel lugar. Un tipo de enseñanza que por sus características resulta propicio para que se den incidentes de ésos que define el anglicismo "bullying": ya sea por el contenido doctrinal -el progreso económico y social es una muestra de la fidelidad espiritual del beneficiario, pues Dios le está retribuyendo producto de su celosa observancia- o por la prepotencia de sus predicadores, que actúan con una mezcla de fanatismo religioso y triunfalismo, calificando a quienes no consiguen ganancias pecuniarias como personas que están siendo castigadas porque no han aceptado de verdad al Señor en su corazón. En resumen, efectúan una diferencia entre ganadores ("victoriosos") y perdedores que en términos de uso práctico es equivalente a la caricatura de los adolescentes de las escuelas norteamericanas.
Sin embargo, este tipo de actitudes no es patrimonio de un grupo de hermanos en particular. Es muy común que al interior de las iglesias, se señale con el dedo a aquellos miembros que por ejemplo, no expresan su creencia de un modo más vistoso o efusivo, a veces entendidas esas manifestaciones en términos puramente de emotividad histérica. En otros casos se califica como "débiles en la fe" a quienes prefieren abstenerse de comer determinados alimentos o que por distintos motivos prefieren no participar en las reparticiones que se aprecian como más llamativas dentro de una comunidad, como los coros, las alabanzas o la organización de las celebraciones. Integrantes que disfrutan de formas específicas de arte, que cuentan con estudios superiores o que practican actividades más intelectuales son mirados con una dosis de recelo y cualquiera que pasa a su lado les advierte del cuidado que significa seguir una profesión o un oficio que en teoría genera el escepticismo y estimula a las personas a abandonar a Dios. En más de una ocasión los interlocutores hablan con una sorna que es muy propia de un matón carismático que es capaz de liderar a una masa determinada para que obedezca sus imposiciones. Por lo general, se trata de componentes que tienen algún grado de autoridad al interior del templo, ya sea oficial o informal, dada esta última por su presencia e intromisión en los variados quehaceres de la comunidad. Quienes en muchas ocasiones están convencidos de que poseen una suerte de mandato divino para censurar a quien consideran recién iniciado o todavía no distanciado de los "pecados de la carne".
Nadie aquí está cuestionando la debida corrección en contra de un hermano que con sus actitudes le está generando un desprestigio a la iglesia. Sin embargo, hay que distinguir estos sucesos de otros que sólo constituyen un maltrato, conducta estimulada por una combinación de vanagloria y prejuicios. De esto último, abunda de manera visible en las congregaciones. De lo primero, si bien se insiste en tener cuidado, al final igual está soterrado sólo de una manera distinta a lo que se imagina. Muchos de esos agresores son los que de verdad deberían experimentar una represión. Ojalá esta llegue de parte de los mismos cristianos, y no tengan que ser, al igual que en Brasil, jueces civiles quienes marquen las pautas.
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