lunes, 30 de marzo de 2009

El Valor de las Vacas

Aunque la devoción por toda clase de animales es una práctica enraizada en la India y en la religión hindú, a los occidentales nos llama especialmente la atención la sacralización que ese pueblo le tiene a las vacas. Las reacciones que nos provoca esa conducta son encontradas: desde la admiración más incondicional, pasando por la sorpresa ante lo desconocido -y por lo mismo, extraño-, la incomprensión propia del desconocimiento, hasta el rechazo más unilateral y tajante. En esto último me quiero detener, porque no falta el cristiano desinformado que ven en dicha costumbre una muestra de lo ridículo que pueden llegar a ser algunas doctrinas heterodoxas. Y sí: el hinduismo cuenta con varios aspectos que son contraproducentes en materia de bienestar humano, tanto en este tema como en otros. Pero antes de despotricar contra lo que sólo hemos oído a través de anotaciones sensacionalistas, es recomendable analizar por qué un determinado pueblo le da a sus bovinos el calificativo de dioses.

Pues bien. La India es el segundo país más poblado del planeta, con aproximadamente novescienteos millones de habitantes. Muchos de ellos son niños, y varios de ellos, pobres y de familias numerosas. Resulta que el alimento esencial de un infante -y nosotros lo sabemos de sobra, ya que vivimos esa edad- es la leche. Y entre los principales proveedores de ese elemento, están los vacunos. Su sacralización es impuesta como un modo de impedir su eventual sacrificio en aras de consumir su carne. No es para menos: si matan a las vacas, luego millones de niños sufrirán desnutrición e inanción. En consecuiencia, se trata de una mentalidad práctica justificada por una prescripción religiosa. Una combinación que no debería sorprendernos, si consideramos que antes de la ciencia, la política, la filosofía o el arte, estuvo la religión, y que éste fue el primer factor que determinó las costumbres particulares de cada territorio. Y en Occidente nos admiramos de la India y su condición de cultura milenaria que ha sabido conservar sus tradiciones, algunas positivas y otras, como ya se señaló, bastante cuestionables.

En este último tiempo, a propósito de la crisis alimentaria que el mundo viene padeciendo desde el 2008 -y que parece andar de la mano con la crisis financiera- me he preguntado si sería o no aconsejable aprender de los hinduistas, y en vez de pasar a cuchillo a las vaquillas, mantenerlas para la producción láctea. En tal sentido, sugeriría que se prohibiera, al menos en tiempos de escasez, la faenación bovina, así como de otros animales que proveen de sustancias imprescindibles para la subsistencia. Por desgracia, en el Occidente orgullosamente cristiano, hay quienes ven en el consumo de vacuno y de cualquier otro tipo de carnes contundentes una señal de agradecimiento a Dios, por haber entregado Sus bendiciones en abundancia. Dicha actitud proviene de una costumbre ampliamente difundida en el Israel veterotestamentario, pero vetada por Jesús y por ende ajena a la profesión del cristianismo. Lo único que, en tal sentido, acaba exigiendo la Biblia, es consumir la comida que esté más disponible a la mano, así sea, como les ocurrió a los deportistas uruguayos de Los Andes, el cuerpo de un amigo recién fallecido. Y sin prejuicio de lo anterior, la gula es considerada un pecado, de igual forma que lo es dejar a alguien morir de hambre.

Más aún: solemos medir la prosperidad o la pobreza de un país mediante el acceso que sus ciudadanos tienen a ciertos pedazos de carne, como el vacuno o el cerdo. Ese fue, por ejemplo, el eslogan de los opositores al gobierno de la Unidad Popular, que hablaban de la "revolución de la merluza" con una mezcla de sorna, sensacionalismo y desesperación. De hecho, la caricatura del consevador ideológico siempre ha sido la de un padre de familia gordo sentado en el borde una buena mesa, rodeado de unos sonrientes mujer e hijos. De pronto podríamos detenernos en nuestra voracidad y no dejar de comer, sino comer lo estrictamente necesario. A fin de cuentas, la obesidad irreflexiva en una muestra de malnutrición intelectual, afectiva y espiritual.

lunes, 23 de marzo de 2009

Satánicos Que Unen a Las Familias

La banda "Iron Maiden" no figura entre mis preferidas. Los dos únicos álbumes que poseo de ellos "Number of The Beast" y "A Piece of Mind", los tengo en formato caset. Se trata de un rock ramplón, incluso dentro del estilo metalero, que ya es una simplificación decadente de la sicodelia y el progresivo. Tanto la música como las letras son inconsistentes, reduciéndose su atractivo a dos elementos: la rápida y a la vez violenta forma de tocar los instrumentos, y el supuesto satanismo que contienen sus textos, el cual, en todo caso, es exclusivamente una propuesta estética y una forma de protesta social, y que me parece, ni siquiera los propios miembros del conjunto se creen.

La "Dama de Hierro" ha programado seis conciertos en Chile, incluido el que recién pasó. Aunque, por diversas circunstancias, sólo ha ejecutado cuatro. Entre los cancelados se encuentran uno de 1999 que iba ser parte del "Monster of Rock", que el mánager les recomendó evitar debido a la xenofobia anti británica que por acá produjo la detención de Pinochet en Londres. El otro, muy célebre, porque con él iban a debutar en este país, es aquél de 1992 que levantó tal polvareda con este cuento de la demonología, que al final la productora desistió de su organización y dejó a los fanáticos con un rencor contra la iglesia católica que hasta hoy no se soluciona. Fue la primera vez que los curas se sacaron la careta de luchadores por los derechos humanos y mostraron sus colmillos de leones rugientes sedientos de carne. Y lo hicieron en un aspecto en el que nunca debieron involucrarse, porque la búsqueda de mensajes satánicos en la música rock es algo que siempre han practicado los pastores y teólogos evangélicos, con mucho más desaciertos que logros, hay que admitirlo. Sin embargo, el desconocimiento de los papistas ayudó a aumentar aún más la histeria, pues en esos años eran los únicos ministros religiosos que tenían tribuna en los medios de comunicación, fuera de que, debido al pusilánime y antojadizo consenso que imperaba entonces, los políticos de todos lados les aplaudían hasta las más absurdas de sus sandeces. Esto, finalmente, remató en una situación especial: nuestras lumbreras traspasaron su temor a lo desconocido a la sociedad, que se llenó de pavor ante la posibilidad de que Lucifer declamara sus preceptos en los paseos públicos de Santiago.

Dieciséis años después este bochorno, las cosas son algo diferentes. El catolicismo, y los movimientos religiosos en general, ya no tienen una influencia tan fuerte. Por otra parte, mayores conocimientos en lo que a historia del rock se refiere, nos han permitido distinguir la verdadera intención detrás de tales o cuales letras. Sin contar que, siguiendo un proceso lógico, Iron Maiden y el género musical que representa se han convertido en un espectáculo universal y transversal, al que incluso se le puede pegar ese mote "atracción familiar" que legitima un producto cualquiera para las mentes bienpensantes y lo vuelve apto para todo público. Y algo de eso ocurrió en el último recital que esta banda ofreció en Chile. Entre los asistentes, se contaban niños de cinco años, pasando por adolescentes de ambos sexos, dueñas de casa de todas las edades, hombres y mujeres profesionales, personas adultas, obreros de toda clase de labores, hasta ancianos y representantes de la tercera edad. Un amplio mosaico social donde se podía encontrar hasta cuatro generaciones de una misma familia, y en el cual estaban representados todos los estratos sociales. Provincianos y capitalinos unidos por las poleras negras. Una imagen alejada del joven universitario borracho que uno espera encontrar en estos eventos, y por cierto, completamente distinta a la que nos suelen presentar los detractore de esta música.

Desconozco si los obispos ven televisión o escuchan radio. Pero si alguno oyó hablar del balance de este concierto, de seguro de sentirá sorprendido al constatar cómo un conjunto que se supone es propagador del satanismo - en todas sus acepciones posibles- y de los valores anticristianos es capaz de reunir a toda la familia, cuestión que tanto exigen en sus prédicas y que buscan allanar con sus proscripciones. "Familia unida jamás será vencida" "Familia unida es más fuerte" declaran, mientras lanzan sus diatribas contra el divorcio, la anticoncepción o la eutanasia. Pues bien: un movimiento que tanto ellos como ciertos evangélicos detestan -porque no todos lo hacemos- ha logrado reunir y fortalecer a muchas familias chilenas bastante mejor que un asado dominical. Y conste que nadie ha hablado del bien y del mal.

domingo, 15 de marzo de 2009

Fundamentalismo

El término " fundamentalismo" ha sido tan manoseado y usufructuado en los últimos años, casi siempre con una connotación despectiva, que muchos han olvidado o simplemente no tienen oportunidad de conocer su verdadero origen ni las motivaciones que llevaron a acuñarlo. Entre ellos, un número importante de cristianos evangélicos, quienes ignoran que el vocablo surgió en el seno de los mismos pastores, reverendos y teólogos reformados del siglo XIX, con un significado muy diferente e incluso diametralmente opuesto al que se le atribuye hoy.

Ocurre que en esta centuria se crearon y prosperaron casi todas las teorías evolucionistas y progresistas alimentadas por el entusiasmo tecnicista provocado, a su vez, por la Revolución Industrial, entre las que se cuentan el positivismo, el socialismo científico y la selección natural de Darwin. Por unanimidad, tales propuestas tendieron a ver a la religión - entendida en términos del cristianismo occidental- como un paso intermedio entre la magia primitiva y la nueva era dominada por el conocimiento científico: en cualquier caso, el mundo de la fe constituía una solución imperfecta que debía ser superada. En Europa, este espectro ideológico contagió también a los teólogos evangélicos, quienes impulsaron lo que se denominó la exégesis liberal de la Biblia, que esencialmente cuestionaba los hechos más fantásticos narrados por las Sagradas Escrituras, además de objetar la autoría de los libros y en varios casos también su fecha de composición. De este modo, el Pentateuco - los cinco primeros tomos del Antiguo Testamento- nunca fueron escritos por Moisés ni se redactaron hacia el año 1.200 AC, sino que vieron la luz cuatro siglos más tarde, gracias a la imaginación de autores anónimos que se los atribuyeron a una figura histótica o legendaria importante, a fin de que sus contemporáneos creyeran la recopilación de relatos orales que había unido y transformado merced a su peculiar ingenio. Como una situación se halla inevitablemente ligada a la otra, entonces de ahí a negar la existencia de Moisés o de cualquier otro héroe bíblico faltaba un paso, y las Sagradas Escrituras se reducían a otro compendio mítico más.

En Estados Unidos, donde el desencanto eclesiástico no había penetrado tan fuerte, esto fue visto como una traición, que en palabras propias del conservadurismo religioso, significa que el diablo convenció a cristianos otrora fieles para que clavasen nuevamente a Cristo en la cruz. Actitud más repugnante incluso que el más mundanal de los paganismos. En protesta, conminaron a sus hermanos europeos a abandonar discusiones que para ellos resultaban superficiales y volver al auténtico " fundamento", que era el mensaje de salvación propuesto en la Biblia y que trascendía lo escrito por manos humanas, fueran éstas guiadas o no por una revelación. Había que predicar la palabra de Dios a los inconversos y no detenerse en los paradigmás sociológicos de un determinado pueblo o comunidad, pues al final las
Sagradas Escrituras existían para eso y no otra cosa. Los fundamentalistas nunca proscribieron abiertamente las investigaciones que sus colegas hacían en el Viejo Mundo, pero el sólo carácter de la contrapropuesta, que era reactiva y reaccionaria, despejaba toda duda, dando a entender que la atribuían a la exégesis liberal el mote del satanismo.

El fundamentalismo tenía buenos propósitos. De hecho, habría sido imposible concebir toda la obra misionera y social que las iglesias evangélicas han desarrollado estos últimos tiempos, sin su existencia, ya que algunas de sus orientaciones -que sería muy extenso de explicar aquí- permitieron abandonar la predestinación calvinista, idea predominante por entonces entre los reformados, especialmente en los europeos. Sin embargo, esta reacción extrema se convirtió en una cerrazón donde no sólo no ingresaba la teología liberal, sino buena parte del cúmulo de hallazgos y avances científicos que han caracterizado los últimos siglos. Entonces, el vocablo pasó a tener el sentido peyorativo que le conocemos hoy, cuando es utilizado para identificar a los católicos y musulmanes que promulgan discursos que sólo dan pie para la ridiculización de sus respectivos credos. Designación que no corresponde, si atendemos a su estructura doctrinaria. Se tendría que hablar, por ejemplo, de católicos integristas y de musulmanes yihadistas. En el caso de los evangélicos sí se puede hablar de fundamentalistas, para bien, y, lamentablemente, pero por culpa de los propios creadores del concepto, para mal.

domingo, 8 de marzo de 2009

El Mundo de Ying y Yang

Las últimas décadas de nuestra historia han sido protagonistas de un inédito interés por las grandes religiones orientales, especialmente en aquellas zonas geográficas, como América o Europa, donde resultan exóticas, tanto por su origen como sus propuestas. Varios factores pueden explicar este fenómeno: el crecimiento económico de los países del Sudeste Asiático; la nostalgia aún vigente por el decenio de 1960, el más reciente periodo idealista vivido por la humanidad, cuyos protagonistas canalizaron su rebeldía contra lo establecido propagando estos credos, y la velocidad que en tiempos recientes ha adqirido el trasvasije de información, que nos permite un conocimiento acabado, incluso de los más inimaginables rincones del mundo.

También es posible formular un cuarto argumento, relacionado estrechamente con los anteriores tres, y que incluso tiene características de conclusión global. Las religiones orientales no cuentan con ningún elemento que las vincule siquiera de modo rebuscado con la llamada civilización cristiana occidental, tanto en términos ideológicos como sociales o históricos. Crecieron en una suerte de universo paralelo, con el que quienes nacimos al otro lado del mundo tuvimos contacto real recién a mediados del siglo XX. Por ende, nuestra abulia, desencanto y disconformidad, comportamientos que arrastramos por ya doscientos años, y que solemos atribuir, en cualquier caso con un dejo de asertividad, a las enseñanzas piadosas de nuestra niñez, en consecuencia nos arrastran hacia la luz emanada desde el sol naciente, aunque en muchos casos, demostremos una ignorancia supina respecto de estos sistema de creencias, capaz de colocarnos en ridículo frente a sus profesantes ancestrales. Con todo, la fascinación por la novedad y lo desconocido, unido a la pureza de estas ideas al momento de compararlas con nuestra educación elemental, es suficiente para que algunos sientan la necesidad de un misticismo diferente y se atrevan a cruzar el río, que en cualquier caso no es para nada correntoso. A fin de cuentas, la religiosidad es ante todo emotividad inconsciente, y reserva poco, cuando no nulo espacio, al pensamiento frío.

Las justificaciones entregadas por algunos, además, revelan su desconocimiento respecto de lo que están defendiendo, a veces, con evidente y vergonzosa facilidad. Porque muchos dicen abrazar las teorías orientalistas hastiados por la represión moral y política que en toda su existencia han montado en Occidente el cristianismo, el judaísmo y el islam, impulsando guerras y matanzas que van en contra de un pensamiento religioso supuestamente basado en el amor, la paz y la hermandad. Sin embargo, las ofertas de la tienda del ying y el yang no han sido menos fructíferas en lo que a masacres y sujeción irracional se refiere. Buda, por ejemplo, consideraba a la mujer de mucho peor manera que el más extremista de los musulmanes; el sintoísmo, la religión de los samurayes, respaldaba la tortura y el asesinato masivo de "infieles", que en muchos casos fueron aldeanos que no les erigían altares a los dioses japoneses; mientras que el hinduismo utiliza ahora mismo la rencarnación para perpetuar el sistema de castas y los privilegios de los nobles de la India. Los gobiernos de esa parte del mundo han sido casi todos autoritarios y el grueso de ellos, especialmente crueles e inhumanos con su población. Por allá, incluso en épocas recientes, se han llevado a cabo campañas de exterminio que horrorizarían hasta a los nazis. Y por motivos bastantes comunes: cara y dioses diferentes a los de los atacantes. Ni siquiera las dictaduras neoliberales o comunistas que han pululado por este sector se salvan de esta tendencia mística por el crimen: Mao Tse-Tung transformó el culto a los antepasados y la veneración a los ancianos de las antiguas religiones chinas, en un culto a la personalidad, mientras que Suharto por poco hace desparecer a los timorenses con el pretexto de que practicaban el catolicismo, religión importada en Indonesia.

Existe una cuarta explicación que se puede esbozar y que, de todas formas, ya ha sido expuesta en anteriores artículos. Los credos orientales son ateístas, un rasgo que caracteriza, empero, a las religiones universalistas en general, y que al cristianismo no le es ajeno. Sin embargo, en estas confesiones es mucho más marcado y no sólo por su estructura ideológica. Entonces, para quienes desean zafarse de la tutela de un dios omnisciente, y no obstante aún buscan una salvación, este pensamiento resulta particularmente atractivo. Quizá sería bueno recordarles que, al final de la jornada, su actitud incrédula, que les permitió aterrizar en el Sudeste Asiático, hubiera sido imposible de ser estructurada en una formación que no fuese la cristiana occidental, que les entregó, además, la capacidad de discutir y de descubrir.

sábado, 28 de febrero de 2009

El Eje de Jerusalén

En todos estos movimientos que se han propuesto ayudar a la humanidad a abandonar la religión, se da una constante: el ataque es generalizado, pero los ejemplos siempre se reducen a los credos cristianos, más concretamente, a dos, católicos y evangélicos, y casi al mismo tiempo, a los musulmanes y a los judaístas. Casi, por no decir nunca, se hace mención a la ortodoxia, aunque ésta tiene una historia de bochornos tan extensa como la de romanistas y reformados. Y menos aún, alguien se acuerda que existen las religiones orientales, y que las masacres en nombre del Nirvana fueron han sido tan masivas y abundantes como las ofrendadas a Alá o Yavé.

Richard Dawkins ni siquiera se acuerda que existen estas confesiones, y Paul Joseph y Fernando Vallejo las presentan como una excepción a la regla. Algo que contradice todo su discurso previo, donde no hay cabida para ideas, según ellos y sus discípulos, irracionales y que han causado bastante más mal que bien. Aparentemente, el grueso de sus aprehensiones se centra en los credos que partieron o tienen su punto de referencia en Jerusalén, y que son el cimiento del pensamiento religioso occidental. No se les culpa: ellos nacieron en esta parte del mundo y fueron educados por la cultura ambiente, la misma que luego encontraron llena de incongruencias. Es normal que un elemento nuevo, exótico y estructural y paradigmáticamente diferente, les provoque cierto interés. Incluso, a pesar que a simple vista esta actitud traiciona sus motivaciones iniciales, tiene una determinada lógica. Al final de la jornada, no se lucha contra un determinado dios, sino que se pretende derribar un edificio milenario creado por individuos semejantes a ellos, que desde luego, deben haber construido esa mole para afianzar y consolidar sus propios privilegios, y guardaban poca relación con lo que podía descubrirse más allá de las nubes.

Lo grave de toda esta suerte de ejemplarización tan específica, es la reducción y el consiguiente reduccionismo que conlleva. Un gobernante, de los peores que ha conocido la historia, y por desgracia, cristiano empedernido, acuñó el término "eje del mal", y lo definió con conceptos tan básicos y elementales que no viene al caso analizarlos excepto para repudiar su actuación. Sin embargo, el estúpido y mentalmente poco agraciado George W. Bush era presidente de la nación más poderosa del mundo, primera potencia militar global. Y como tal, no podía dejar de llevar sus seudo teorías a la práctica, además de darle un rostro visible a ese eje tan peligroso. Y dicho rostro, eran países y pueblos hostiles a los cuales era necesario destruir en nombre de la libertad, entendida en los cánones del cristianismo evangelista más recalcitrante y reaccionario, que eran los que profesaba este líder político. Pues bien: de ese mismo modo, los críticos más mediáticos de la religión han creado lo que yo denomino el " eje de Jerusalén", una mancha maligna que es preciso limpiar sin distinguir los componentes, aniquilándolos sin dejar la más remota señal de vida. El problema es que ambos bandos muerden el anzuelo: les ofrecen pelea y sólo atinan a parapetarse en la acera del frente, dispuesto a demostrar que tienen el mismo o incluso un mejor poder de golpe. Y eso, lo hemos dejado en claro muchas veces, ocasiona todo menos diálogo. Sin contar que no genera ninguna propuesta eficiente, ni qué esperar de una solución.

Bien: hoy, buena parte de las decisiones políticas las toman fanáticos religiosos o dirigentes que confunden la conciliación con miedo. Pero tengan por seguro que si los ateos y agnósticos radicales dominaran el mundo, las cosas no serían para nada distintas. Sólo cambiaría el objeto de censura, pero hasta los métodos de disuasión serían idénticos. Ni por mucho que hagan excepciones -que al final, nada más pretenden un lavado de imagen- ejercerían sus atribuciones de la manera moderada que esperan los que creen en ellos. El extremista dispuesto a exterminar lo que le parece execrable, y el inescrupuloso dispuesto a abusar de su poder, se dan en todos los ámbitos sociales, profesionales e ideológicos. De todo hay en la viña del Señor: en los otros parronales, también.

domingo, 22 de febrero de 2009

El Tele Predicador del Ateísmo

Al ver el documental " La Raíz de Todos los Males", donde Richard Dawkins despotrica contra la religión y llama a abandonar la absurda superstición de los dioses, para entregarse a los descubrimientos indesmentibles de la ciencia, no se puede dejar de retrotraer la memoria a los años ochenta, específicamente a los sábados por la mañana, cuando Televisión Nacional exhibía los a estas alturas legendarios ministerios electrónicos de Jimmy Swaggart, Yiye Ávila, la PTL o el Club 700. Es que, más allá de la caricatura intencionada, la comparación resulta irresistible y, junto con ello, bastante apegada a la realidad. Porque, a fin de cuentas, Dawkins actúa del mismo modo que esos, para él, odiosos y charlatanes predicadores: se instala frente al espectador, mantiene una narración omnisciente sobre los hechos que muestra, y con frases simples, elementales y punzantes, da a conocer su punto de vista, buscando que los demás se adhieran a él, pues están todos ciegos y claman por su liberación como los prisioneros de la caverna platónica.

Ya hemos quedado de acuerdo en que la historia de las religiones está plagada de sucesos sangrientos los cuales es necesario recordar para seguir condenándolos. También, hemos hecho hincapié en que muchas de estas situaciones indeseables, por desgracia, se están repitiendo en el presente, pese a los horrorosas y, se suponía, aleccionadoras experiencias vividas. Sin embargo, y aunque Dawkins no pueda creerlo, o aceptarlo, no todo ha sido oscuridad ni oscurantismo. Algunas ramas del conocimieto esenciales para el desarrollo de la ciencia, como la física o la matemática, le deben su desarrollo a movimientos religiosos. El descubrimiento de América, hallazago determinante en el curso de la humanidad, se habría tardado de manera considerable de no ser porque algunos europeos imaginaban que por estos lares se encontraba el paraíso terrenal. Por otro lado, los científicos jamás han caminado solos: muchas de sus conclusiones fueron elaboradas a partir de, por ejemplo, la filosofía, que no era otra cosa que una religión alternativa en plena Antigüedad, que además no se vale de la comprobación empírica, sino de la especulación abstracta, para llegar a plantearse hipótesis. Pero incluso, muchos adelantos actuales se los debemos a la literatura y al arte: Leonardo da Vinci, ante todo un pintor, confeccionó los mejores retratos de anatomía humana de que se tiene registro; e hitos como la invención del submarino nuclear y la llegada del hombre a la Luna, habrían resultado inconcebibles sin la pluma y la imaginación de Julio Verne. Más aún: no falta el que, para llevar adelante sus investigaciones, se inspiró en canciones de la música popular o películas de matiné. No vaya a decir Dawkins o su caterva de ateos militantes que todo eso es resultado de la idealización, el romanticismo o el suspiro adolescente, en definitiva, producto de un mecanismo incompatible con la razón.

Además, quién puede asegurar que en nombre de la ciencia no se han cometido atrocidades. El grueso de los intelectuales nazis, por ejemplo, eran miembros de la comunidad científica, quienes gustosamente emplearon a judíos y gitanos donados por Hitler para llevar a cabo experimentos genéticos altamente deformantes, cuando no simplemente mortíferos. El Fürer, además, compartía aquella convicción positivista que afirmaba que la religión iba a ser sustituida por la ciencia, y en base a este principio, prestigiosos profesores y genios crearon eficaces métodos de tortura y genocidio, como una forma de darle asidero a la ideología de la raza superior. La bomba atómica, por citar otro caso, se arrojó como prueba empírica de su poder destructivo, incluso en términos sicológicos, ya que se quería demostrar que era un arma con altas capacidades de disuasión. Sí, también estaba la motivación de acabar la guerra y de la victoria estadounidense, pero en ese entonces, no se invocó ningún dogma religioso para justificar un procedimiento.

Hay en Dawkins un rasgo que caracteriza a todos los ateos, se declaren o no enemigos de las religiones. Sacan con violencia a los dioses del trono, pero no se resisten a ver la silla vacía. Así sucedió con el comunismo, que terminó poniendo al Estado en el Olimpo. Mao Tse-Tung fue más astuto y promovió el culto a la personalidad, la suya desde luego, algo fácil para él, si consideramos los cultos folclóricos chinos. Nuestra lumbrera contemporánea sienta a la ciencia en la gloria, y se muestra a sí mismo como su gran profeta o hijo predilecto. Honestamente, espero que no lo crucifiquen, ni que sus seguidores enciendan hogueras.

sábado, 14 de febrero de 2009

El Simio Bicentenario

Aprovechando los doscientos años del nacimiento de Charles Darwin, y los cientocincuenta desde la publicación de " El Origen de las Especies", muchos biólogos, paleontólogos y científicos en general, han celebrado la formulación de la tesis evolucionista con una euforia propia de amantes que se desnudan por primera vez, justamente, cuarenta y ocho horas antes del Día de los Enamorados. También, algunos representantes del gremio, demostrando más una pasión acalorada que una objetividad empírica, están recorriendo el mundo, proclamando a los cuatro vientos que los dioses no existen o que la religión es un bozal para el pensamiento empírico y el desarrollo humano; con una grandilocuencia similar a esos predicadores y defensores de la fe que tanto desprecian.

Aclaremos: es cierto que el universo místico ha cometido una serie incontable de errores y horrores, extendidos además, por más de veinte siglos, tiempo en el cual la religión fue una ideología imperante y sin ningún contrapeso. También es plausible que, después de un breve paréntesis histórico - que permitió cuestiones como el evolucionismo de Darwin-, todo este sistema de creencias ha agarrado nuevos bríos y vuelve a tener un sitial protagónico en el devenir social y cultural, en muchas ocasiones, no precisamente para bien. Ahí están los chicos musulmanes que se inmolan en aras de una santa destrucción, que desconocen que hermanos suyos inventaron el álgebra, pero son capaces de memorizar el Corán incluso antes de aprender a leer. En la vereda opuesta, los judaístas ortodoxos los matan por camadas por si se les ocurre formar parte de un atentado suicida. En Occidente, los católicos se resisten a los avances de la medicina y la teconología, y los evangélicos utilizan dichos avances para bombardear a países lejanos y dejarles en claro cuál es la verdad. Los ministros orientales, un tanto alejados de esta disputa, gracias a ello han logrado conservar sus credos casi sin variaciones desde la época en que fueron fundados, manteniendo con ello los males que se derivaron de su implementación, como los sistemas de castas y la humillación hacia los pobres. De hecho, hoy se está volviendo a reprimir y a masacrar masivamente, teniendo como motivación los dogmas ancestrales, adaptados ligera y sutilmente a la realidad económica, política y sociocultural contemporáneas.

El problema es que estos defensores a ultranza de Darwin y en consecuencia enemigos declarados del pensamiento religioso, también han sucumbido al rebrote místico, transformándose en unos proselitistas más, con toda la carga negativa que ellos mismos le han atribuido a tal actitud. Por usar una palabra emitida en el párrafo anterior, que además es un concepto esencial dentro del marco del evolucionismo, se han adaptado, y para introducir su verdad, la científica, difunden la existencia de un mal horrible y peligroso que en este caso es la religión, el cual debe ser exterminado. No hay debate ni explicaciones: simplemente, el conocimiento empírico se impone en la realidad y la mayor prueba es lo que ocurre alrededor del individuo, aunque dicho individuo desconozca el mecanismo que activa y mueve las cosas. Un discurso que, al menos de la forma en que está planteado, equivale a afirmar que un dios está aquí, y sabe lo que haces y te va a castigar.

Es cierto que los desastres provocados por la testarudez misticista, tanto los históricos como los contemporáneos, son completamente verificables e incluso palpables. Sin embargo, ese también ha sido el resultado de, por ejemplo, la implementación violenta de ideologías políticas, e incluso, de la aplicación arrogante de tesis originadas en los círculos científicos. Casos hay de sobra: el progresismo decimonónico, que sugería la idea de que los adelantos tecnológicos iban a acabar con la fe, como antesala de un mundo perfecto, feliz y de irrenunciable paz, terminó su proceso en las dos guerras mundiales. O la lobotomía, esa operación cerebral alentada y ejecutada por " reputados" siquiatras, que por convertir a pacientes con simples desórdenes de conducta en vegetales, recibieron el Premio Nobel. Quién sabe si un futuro no muy lejano - por usar un clisé que perfectamente se puede "adaptar" a este artículo- la existencia de Dios llega a ser probada con métodos científicos, dejando a Darwin al mismo nivel que la causa primera de Tomás de Aquino. Algo que, desde un cierto punto de vista, sucede hoy, porque ambas son teorías que derivan de sesudos análisis y que además están formuladas con extremo rigor y seriedad.