Dentro de algunos círculos cristianos reaccionarios, en especial católicos, ha venido siendo usada con bastante frecuencia la expresión "ideología de género" para agrupar todas esas actitudes contemporáneas que están provocando debate -y a veces tirria- en la sociedad occidental en general y al interior de las iglesias en particular, como el aborto, el matrimonio homosexual o la sostenida -y según algunos excesiva- adquisición de derechos por parte de las mujeres, que en ciertas ocasiones rozan la línea de los privilegios. La definición tras el mencionado término intenta denunciar la idea, amparada en la interpretación de determinados datos científicos (y también seudocientíficos), de que la identidad tanto masculina como femenina son una construcción puramente cultural e histórica, sin sustento biológico, y por ende imposible de atribuir, como lo pretenden varios grupos religiosos, a un ser superior o una planificación divina.
Cuando uno analiza los alcances de esta definición, y más aún, los extrapola a las posibles maneras de darlos a conocer por parte de los grupos interesados, queda claro que ante todo se trata de un ejercicio publicitario con pretensiones mesiánicas, de carácter evidentemente alarmista. Se acuña un término no con el afán de efectuar un discurso serio y sistematizado en torno a él, sino para provocar una reacción únicamente emotiva en el oyente, a fin de que éste adhiera de modo instantáneo a las advertencias del emisor y acto seguido las difunda con idéntica convicción en otros potenciales escuchas. Proselitismo en su estado más elemental. Y basta poner atención en los componentes del vocablo para caer en la cuenta. La palabra "ideología", si bien se trata de una evidente reducción de su significado fundada en el desconocimiento, en la actualidad posee connotaciones negativas, que remiten a ensayos políticos totalitarios como el nazismo o el comunismo soviético, o en el mejor de los casos, a prácticas "pasadas de moda". Mientras que "género" hoy es usada de manera muy cotidiana y con excesiva liviandad, en especial en relación a lo masculino y femenino, en remplazo de "sexo", que en estas materias puede oler a vieja guardia, pero que al mismo tiempo ha quedado reservada al acto carnal, que ya no es una unión exclusiva entre un varón y una mujer, ni mucho menos un privilegio del matrimonio clásico.
Entonces, se emplea una palabra en boga a la que se le han dado atribuciones, si no positivas, cuando menos neutras. Pero antecedida de otra de connotación abiertamente negativa. El resultado es que la simpatía que la sociedad actual demuestra hacia el vocablo "género" en esta situación particular se invierte, pasando a adquirir los defectos propios de la reducción ideológica. Una reversión que les interesa a quienes acuñan el término para denunciar las supuestas características (negativas) que contiene, por su capacidad de ocasionar una sensación inmediata en el oyente. Eso sin contar que definir ciertas actitudes utilizando un concepto que engloba a lo "pasado de moda" da pie para insistir en que se trata de concepciones añejas de la realidad, surgidas en una época en que el conocimiento humano de estas materias no se encontraba tan acabado, por ende alejadas de la verdad (que en este caso no es científica, sino religiosa y teológica), al extremo de poder aseverar que quien las defiende es un cavernario cerrado a los nuevos descubrimientos. Cosas respecto de las cuales no sé si estarán conscientes quienes emplean la expresión de marras, pero que al menos les permiten al menos tener la sensación de colocarse a la altura de sus potenciales contendientes, en una pelea donde, si caben algunos grados de racionalidad, sin duda son los más básicos, apenas suficientes para descubrir el punto donde se puede asestar con más eficacia el siguiente golpe. Mientras el debate brilla por su ausencia.
Eso es finalmente la denominada ideología de género. Un grito desesperado de ciertos grupos que intentan presentarse como los buenos porque a la vez están señalando a los malos. Consistente en un listado apenas encadenado y concatenado de frases repetitivas y memorizadas. De hecho, los aludidos perfectamente podrían contraatacar imputando a sus adversarios la ideología de la familia, institución que por cierto siempre sacan a colación los cristianos reaccionarios cuando se topan con las irregularidades mencionadas en el primer párrafo. Pese a que es una organización de origen pagano a la que ni el mismo Jesús le dio mayor relevancia.
lunes, 15 de agosto de 2016
domingo, 24 de julio de 2016
Luksic o El Millonario Como Víctima
Andrónico Lucksic podría haber pasado de los insultos que le dedicó el diputado Gaspar Rivas en su intervención ante el pleno de la Cámara, y no perdería un solo centavo de su inmensa fortuna por ello, ni se vería en desventaja cuando algún colega quisiese cerrar un negocio con él. Sin embargo, decidió cambiar de opinión respecto a lo planteado semanas atrás y a través de sus abogados presentar una querella por injurias en contra del parlamentario, quien acaba de ser desaforado por un tribunal, lo que en la práctica significa que queda suspendido de sus labores legislativas y además se transforma en disponible para enfrentar un juicio.
Una determinación en donde de seguro primó un análisis exhaustivo de la relación entre costo y beneficio. Aunque el desafuero es el primer paso de varios en esta historia, el conseguir una resolución judicial favorable que además perjudica a un emisario del Estado -que entre otras atribuciones, tiene la de denunciar a personas e instituciones que cometen actos que van en desmedro de la comunidad, ya que ejerzan en el ámbito público o privado- se torna un punto a considerar para quienes en un futuro pretenden igualmente salir al paso de este magnate. Luego, la publicidad gratuita que genera un evento como éste de modo inevitable deriva en ganancias pecuniarias, no sólo por el monto que el acusado deba cancelar en una probable indemnización, sino porque un triunfo final de Lucksic traería de manera aparejada e indivisible una felicitación de parte de sus colegas empresarios, lo que en esta clase de círculos se traduce en más interés por invertir y negociar con el victorioso que desafió la lógica de la opinión pública y luchó con todo por restablecer su honra y hacer justicia. Y eso, a la larga, puede traducirse en una legitimación de sus actividades, algunas muy discutibles y oscuras -y que provocaron el disgusto oportunista de Rivas-, como lo que ha acaecido en Caimanes o Alto Maipo.
Lo más patético de todo esto es el doble rasero conque se trata a distintos actores de la sociedad chilena, incluso cuando desde sus ocupaciones personales ostentan un mínimo de poder, suficiente para contrarrestar a quien está enfrente. En los últimos años, hemos sido testigos del destape de innumerables casos de corrupción en donde parlamentarios y funcionarios del ejecutivo han recibido prebendas de parte de empresarios interesados en ser beneficiados por determinados proyectos de ley. Obsequios que han sido entregados, además, mediante la concreción de otros delitos, como la evasión de impuestos en el asunto del financiamiento de campañas electorales. Lo que ha derivado en la emisión de toda clase de vituperios en contra de los políticos, que van desde los simples improperios callejeros hasta los chistes más despiadados (varios de ellos, conteniendo acusaciones infundadas). Sin embargo, componentes de otros colectivos que también participaron en los desfalcos, no sufren una gran reprimenda judicial -ni social-; e incluso si un representante del aparato público los enfrenta -con palabras inadecuadas, aunque basadas en hechos comprobables- son favorecidos hasta por otros integrantes del Estado. Bueno. Es una prueba más de la relación entre el costo y el beneficio que Luksic y sus asesores escudriñaron antes de llevar esta situación a los tribunales.
Gaspar Rivas quiso asegurar sus quince minutos de fama. A costa de un número importante de personas anónimas o poco apreciadas por los medios masivos de comunicación que hace un buen tiempo le están dando peleas mucho más silenciadas pero más efectivas a Lucksic. El problema es que el empresario -y con esto quedó en claro que lo es- vio también su oportunidad y enseguida la aprovechó utilizando todo su poder, bastante mayor que el de un simple diputado. Para muestra, recordar que lleva un año y meses dándose el lujo de no cumplir una sentencia definitiva, la de derribar el tranque de relaves que mantiene en la región de Coquimbo, emanada de esos mismos tribunales que ahora lo favorecieron. Es decir que da lo mismo que no cumpla la ley porque ni el Estado es capaz de revertir la cuestión. Y después de esto, gracias a un parlamentario que se dio un gusto que sólo lo ha dejado sonriendo a él, podríamos tener como consecuencia perjuicios para una nación entera, que lo peor, sólo los empezaría cuando fuera ya demasiado tarde.
Una determinación en donde de seguro primó un análisis exhaustivo de la relación entre costo y beneficio. Aunque el desafuero es el primer paso de varios en esta historia, el conseguir una resolución judicial favorable que además perjudica a un emisario del Estado -que entre otras atribuciones, tiene la de denunciar a personas e instituciones que cometen actos que van en desmedro de la comunidad, ya que ejerzan en el ámbito público o privado- se torna un punto a considerar para quienes en un futuro pretenden igualmente salir al paso de este magnate. Luego, la publicidad gratuita que genera un evento como éste de modo inevitable deriva en ganancias pecuniarias, no sólo por el monto que el acusado deba cancelar en una probable indemnización, sino porque un triunfo final de Lucksic traería de manera aparejada e indivisible una felicitación de parte de sus colegas empresarios, lo que en esta clase de círculos se traduce en más interés por invertir y negociar con el victorioso que desafió la lógica de la opinión pública y luchó con todo por restablecer su honra y hacer justicia. Y eso, a la larga, puede traducirse en una legitimación de sus actividades, algunas muy discutibles y oscuras -y que provocaron el disgusto oportunista de Rivas-, como lo que ha acaecido en Caimanes o Alto Maipo.
Lo más patético de todo esto es el doble rasero conque se trata a distintos actores de la sociedad chilena, incluso cuando desde sus ocupaciones personales ostentan un mínimo de poder, suficiente para contrarrestar a quien está enfrente. En los últimos años, hemos sido testigos del destape de innumerables casos de corrupción en donde parlamentarios y funcionarios del ejecutivo han recibido prebendas de parte de empresarios interesados en ser beneficiados por determinados proyectos de ley. Obsequios que han sido entregados, además, mediante la concreción de otros delitos, como la evasión de impuestos en el asunto del financiamiento de campañas electorales. Lo que ha derivado en la emisión de toda clase de vituperios en contra de los políticos, que van desde los simples improperios callejeros hasta los chistes más despiadados (varios de ellos, conteniendo acusaciones infundadas). Sin embargo, componentes de otros colectivos que también participaron en los desfalcos, no sufren una gran reprimenda judicial -ni social-; e incluso si un representante del aparato público los enfrenta -con palabras inadecuadas, aunque basadas en hechos comprobables- son favorecidos hasta por otros integrantes del Estado. Bueno. Es una prueba más de la relación entre el costo y el beneficio que Luksic y sus asesores escudriñaron antes de llevar esta situación a los tribunales.
Gaspar Rivas quiso asegurar sus quince minutos de fama. A costa de un número importante de personas anónimas o poco apreciadas por los medios masivos de comunicación que hace un buen tiempo le están dando peleas mucho más silenciadas pero más efectivas a Lucksic. El problema es que el empresario -y con esto quedó en claro que lo es- vio también su oportunidad y enseguida la aprovechó utilizando todo su poder, bastante mayor que el de un simple diputado. Para muestra, recordar que lleva un año y meses dándose el lujo de no cumplir una sentencia definitiva, la de derribar el tranque de relaves que mantiene en la región de Coquimbo, emanada de esos mismos tribunales que ahora lo favorecieron. Es decir que da lo mismo que no cumpla la ley porque ni el Estado es capaz de revertir la cuestión. Y después de esto, gracias a un parlamentario que se dio un gusto que sólo lo ha dejado sonriendo a él, podríamos tener como consecuencia perjuicios para una nación entera, que lo peor, sólo los empezaría cuando fuera ya demasiado tarde.
domingo, 10 de julio de 2016
El Derecho a La Disidencia
Ante la presión que los colectivos homosexuales están ejerciendo para que los cristianos no continúen diciendo que ésa es una opción errada, incluso en el marco de la tradición teológica interna de cada comunidad, muchos creyentes han replicado argumentando su derecho a la libertad de expresión y a mantener una postura disidente, aunque todos los demás estén de acuerdo con la opinión mayoritaria. Es una respuesta a la que se recurre no sólo cuando los gay pretenden que la sociedad y los cuerpos legales dicten condenas o leyes que pueden ser consideradas una abierta censura, sino además en aquellas ocasiones en donde las personas de fe califican la práctica flamante como abominación, valiéndose de textos del Antiguo Testamento donde se llama a matar a quienes reciben esa etiqueta, o cuando le atribuyen toda clase de aberraciones imaginables, como la pedofilia, la zoofilia, la necrofilia o hasta la violación (aunque sea heterosexual).
Es cierto que los homosexuales han inflado mucho el pecho durante las últimas décadas y que amparados en la persecución histórica que han sufrido -y los triunfos recientes que han obtenido- varios de ellos están tratando de tomar revancha y provocar que se invierta la tortilla, mediante el viejo truco de hacerse las víctimas. Sin embargo, ¿es justo reclamar una supuesta limitación inaceptable en el ejercicio de la libertad de expresión, cuando esto se reduce a las imprecaciones mencionadas al final del párrafo anterior? No olvidemos que esos versículos donde se emplea el término abominación, llaman al aniquilamiento de seres humanos a causa de su opción sexual, lo cual ya da para considerarlo un insulto, en especial tomando en cuenta que quienes los utilizan saben la intención conque fueron escritos mientras los eventuales destinatarios conocen siquiera algo del marco histórico que motivó su redacción. Fuera de que se les entregan enormes facilidades a los gay para justificar su ira contenida en la forma de exigir determinados privilegios que aseguren de modo definitivo la no repetición de estos hechos en el futuro; y de paso, queda demostrado que la supremacía de los creyentes -que sí cometieron atrocidades en el pasado, incluso el más inmediato- da pie para que aún en estos tiempos se den el lujo de lanzar ciertos escupitajos con la certeza de no recibir una sanción social ni mucho menos legal.
Quizá el argumento más certero pase por no insistir en el asunto de la legítima disidencia, recurso que suena a demasiado básico, en el sentido de que lo que se busca es descubrir una supuesta inconsecuencia en los colectivos gay, quienes siempre han apelado al respeto hacia sus personas mediante el subterfugio de la diversidad, que guarda ciertas semejanzas con la libertad de expresión. Sino, más que nada, separar aguas, entre aquellos textos bíblicos que resultan directamente insultantes para los homosexuales -y que muchos cristianos usan conscientes de esa peculiaridad- y las explicaciones teológicas -y bíblicas- que califican a esa opción sexual como un pecado. Desde luego, que estamos obligados a señalar eso último en cuanto creyentes, con la convicción firme en añadir que quien practica el sexo con congéneres no heredará el reino de los cielos. Sin embargo hay versículos en el Nuevo Testamento a los que atenerse, lapidarios pero no hirientes, como I Corintios 6 (el capítulo completo) o I Tesalonicenses 4:1-12. Sin embargo, por otra parte se debe considerar que quienes "se echan con hombres" son almas a las que se requiere salvar, y que cualquier palabra que insinúe su exterminio -en cuanto seres humanos- es contraria al mensaje de Cristo y enseguida puede tratarse de un intento por tergiversar un pasaje de las Escrituras.
Un dato curioso es que existen hermanos que prefieren tratar así con los gay y en varias congregaciones esto los ha transformado en un voto de minoría. En resumen, se han vuelto disidentes al menos dentro de sus iglesias. Lo cual a veces no es fácil de sobrellevar, puesto que en algunas comunidades se confunde esta opinión divergente con una tibieza espiritual -es una opinión de alguien con pocos conocimientos, frente a integrantes ya experimentados, que al tener más tiempo para perseverar hasta la máxima sabiduría han descubierto los principales recovecos de ésta- cuando no directamente se la trata como un error imperdonable (al menos si se continúa sosteniendo). Bueno. En determinados casos a uno le corresponde ser la opinión distinta dentro del propio círculo de creyentes, lo cual resulta tan desagradable como mantener una postura poco aceptable en el ambiente secular.
domingo, 26 de junio de 2016
Cómo Enfrentar A Tu Testigo
No debe haber cosa más desagradable que verse obligado a abrir la puerta un sábado o domingo por la mañana, y encontrarse del otro lado del umbral con un testigo de Jehová. No sólo por el horario que eligen para llevar adelante su proselitismo, ni la verborrea empalagosa que utilizan para dar a conocer una serie interminable de dogmas sueltos que sólo a ellos le importan. Sino porque uno, como cristiano evangélico, sabe que quien está enfrente representa a un grupo con el que tiene ciertas coincidencias doctrinales, que se dan porque su fundador era en un principio hermano de fe, pero que formó su propio credo por considerar que el tronco original se había desviado o nunca fue suficiente al momento de expresar la verdad total del mensaje de salvación, situación que sus seguidores no se demoran en recalcar, admitiendo por supuesto que ellos son los poseedores de la revelación final y por ende más perfecta.
En realidad, los testigos son bastante fastidiosos. En sus puerta a puerta, antes que comunicar la buena nueva de salvación, prefieren dar a conocer la doctrina particular de su religión (que lo es, aunque ellos desprecien esa palabra), quizá como una manera de informar que se trata de una fe distinta y original respecto a aquella en que el oyente se ha formado. ¿Y en qué consiste tal paradigma? Pues en una amalgama de dogmas y declaraciones de principios carentes de un discurso teológico sistematizado, justificados con argumentos aún menos inconexos entre sí, lo que provoca la sensación de tratarse de una lista de simples supersticiones y leyendas populares. Más que un planteamiento unificado, lo que muestran son respuestas puntuales a las preguntas que se formula cada cristiano (y a veces, cada persona común), en muchas ocasiones planteadas con un estilo rebuscado y pretendidamente académico -en el sentido teológico más que nada-. Esto último es lo que genera irritación en el receptor, pues como se señaló, ha sido moldeado en otro credo cristiano -o en el agnosticismo- que en el peor de los casos le infunde un determinado respeto, a quien una serie de sentencias emitidas otrosí de una manera que las presenta como revelaciones absolutas, que contradicen violentamente su sistema de creencias, no le resultan muy acogedoras, y se resigna a escucharlas debido al carisma de quien las expele.
¿Por qué finalmente adoptamos la postura de un interlocutor pasivo, y terminamos oyendo con una paciencia impertérrita algo que de antemano sabemos que es una doctrina falsa? Tal vez se deba a que nosotros hemos, de alguna manera, optado por el camino opuesto. Es cierto. Cuando se quiere divulgar la palabra entre incrédulos, lo más recomendable es dejar de lado los aspectos teológicos que requieren una reflexión apenas profunda, y optar por una transmisión de la palabra lo más concisa y comprensible posible, incluso no despreciando los aspectos del estilo publicitario. Sin embargo, el problema radica en que los evangélicos suelen llegar hasta ahí, limitándose a recitar de memoria algunos versículos bíblicos, pero dando por terminada la labor (ante ellos mismos, su comunidad y el mismo Señor) una vez que la persona se ha convertido (o es empezada a ver con frecuencia en el templo). Incluso, muchos rechazan el conocimiento por considerar que el exceso de éste constituye una suerte de árbol de la ciencia del bien y el mal para el feligrés, y que si adquiere mayor profundidad intelectual, aumentará su escepticismo y disminuirá su aprecio por Dios. Así, los neófitos saben tanto o menos que quien los invitó a la iglesia, y la cuestión se torna un círculo vicioso. Luego no es difícil permanecer callado y remitirse a una oración silenciosa y la exclusiva confianza en las alturas, aceptando humildemente la prueba. El asunto es que algunos no la pasan y ante el bombardeo de sentencias absolutas que, por su parecido con las tradicionales dejan la fe del escucha en entrevero, acaban por comprar uno de esos magacines que venden los testigos y hasta enganchan con sus dogmas.
Agrueguemos, además, que en la pasividad de los hermanos también hay una cuota de miedo. Aunque a las claras se puede notar que se trata de otro evangelio, la manera en que éste se emite, muy similar al modo como quien lo condujo a la iglesia le mostró las verdades cristianas, incluyendo la condena al infierno si el incauto, entre otras cosas, preguntaba demasiado o dedicaba horas a la investigación intelectual, termina con el oyente reducido a una calidad inferior, también por debajo de las doctrinas que le ha soltado el testigo, situación que puede provocar estragos. Por ello, lo correcto es no sólo aprender de la existencia de la Trinidad, sino conocer toda la justificación bíblica, pero también teológica e histórica que la respalda (entre esto último, el concilio de Nicea, legítimo desde el punto de vista cristiano aunque por sus circunstancias y su origen a algunos no les parezca así), y dominar conceptos como la Unión Hipostática, esencial para entender la condición de ser humano pero a la vez de hijo de Dios de Jesús. Si no estamos lo suficientemente preparados, el diablo puede meternos el tridente en la boca y nosotros, en lugar de morderlo, hasta podríamos ser capaces de disfrutarlo.
En realidad, los testigos son bastante fastidiosos. En sus puerta a puerta, antes que comunicar la buena nueva de salvación, prefieren dar a conocer la doctrina particular de su religión (que lo es, aunque ellos desprecien esa palabra), quizá como una manera de informar que se trata de una fe distinta y original respecto a aquella en que el oyente se ha formado. ¿Y en qué consiste tal paradigma? Pues en una amalgama de dogmas y declaraciones de principios carentes de un discurso teológico sistematizado, justificados con argumentos aún menos inconexos entre sí, lo que provoca la sensación de tratarse de una lista de simples supersticiones y leyendas populares. Más que un planteamiento unificado, lo que muestran son respuestas puntuales a las preguntas que se formula cada cristiano (y a veces, cada persona común), en muchas ocasiones planteadas con un estilo rebuscado y pretendidamente académico -en el sentido teológico más que nada-. Esto último es lo que genera irritación en el receptor, pues como se señaló, ha sido moldeado en otro credo cristiano -o en el agnosticismo- que en el peor de los casos le infunde un determinado respeto, a quien una serie de sentencias emitidas otrosí de una manera que las presenta como revelaciones absolutas, que contradicen violentamente su sistema de creencias, no le resultan muy acogedoras, y se resigna a escucharlas debido al carisma de quien las expele.
¿Por qué finalmente adoptamos la postura de un interlocutor pasivo, y terminamos oyendo con una paciencia impertérrita algo que de antemano sabemos que es una doctrina falsa? Tal vez se deba a que nosotros hemos, de alguna manera, optado por el camino opuesto. Es cierto. Cuando se quiere divulgar la palabra entre incrédulos, lo más recomendable es dejar de lado los aspectos teológicos que requieren una reflexión apenas profunda, y optar por una transmisión de la palabra lo más concisa y comprensible posible, incluso no despreciando los aspectos del estilo publicitario. Sin embargo, el problema radica en que los evangélicos suelen llegar hasta ahí, limitándose a recitar de memoria algunos versículos bíblicos, pero dando por terminada la labor (ante ellos mismos, su comunidad y el mismo Señor) una vez que la persona se ha convertido (o es empezada a ver con frecuencia en el templo). Incluso, muchos rechazan el conocimiento por considerar que el exceso de éste constituye una suerte de árbol de la ciencia del bien y el mal para el feligrés, y que si adquiere mayor profundidad intelectual, aumentará su escepticismo y disminuirá su aprecio por Dios. Así, los neófitos saben tanto o menos que quien los invitó a la iglesia, y la cuestión se torna un círculo vicioso. Luego no es difícil permanecer callado y remitirse a una oración silenciosa y la exclusiva confianza en las alturas, aceptando humildemente la prueba. El asunto es que algunos no la pasan y ante el bombardeo de sentencias absolutas que, por su parecido con las tradicionales dejan la fe del escucha en entrevero, acaban por comprar uno de esos magacines que venden los testigos y hasta enganchan con sus dogmas.
Agrueguemos, además, que en la pasividad de los hermanos también hay una cuota de miedo. Aunque a las claras se puede notar que se trata de otro evangelio, la manera en que éste se emite, muy similar al modo como quien lo condujo a la iglesia le mostró las verdades cristianas, incluyendo la condena al infierno si el incauto, entre otras cosas, preguntaba demasiado o dedicaba horas a la investigación intelectual, termina con el oyente reducido a una calidad inferior, también por debajo de las doctrinas que le ha soltado el testigo, situación que puede provocar estragos. Por ello, lo correcto es no sólo aprender de la existencia de la Trinidad, sino conocer toda la justificación bíblica, pero también teológica e histórica que la respalda (entre esto último, el concilio de Nicea, legítimo desde el punto de vista cristiano aunque por sus circunstancias y su origen a algunos no les parezca así), y dominar conceptos como la Unión Hipostática, esencial para entender la condición de ser humano pero a la vez de hijo de Dios de Jesús. Si no estamos lo suficientemente preparados, el diablo puede meternos el tridente en la boca y nosotros, en lugar de morderlo, hasta podríamos ser capaces de disfrutarlo.
domingo, 12 de junio de 2016
Con El Pulso Acelerado
¿Qué, como cristianos, podemos decir ante el ataque a la disco gay Pulse, de Orlando, donde un pistolero solitario ingresó a disparar a mansalva, provocando un saldo, al menos mientras se escribe este artículo, de cincuenta muertos y una cantidad similar de heridos, varios de extrema gravedad? Una primera alternativa sería plegarse al coro de ciertos ciudadanos norteamericanos, quienes con bastante ligereza han atribuido, desde el minuto inicial, esta agresión al terrorismo islámico, opinión que han visto alimentada a la luz de algunos antecedentes aislados que han venido siendo revelados, como que el responsable de la masacre era estadounidense pero de origen afgano, y que horas antes de desatar el infierno habría llamado al 911 aseverando que le debía lealtad a ISIS, uno de cuyos voceros rato después se atribuyó la asonada en nombre de ese grupo.
Datos aún inconexos, que podrían llevar a los creyentes a sacar conclusiones equivocadas. Y de paso, aumentar los prejuicios y el consiguiente desprecio por los colectivos que cuentan con representantes involucrados en esta matanza, ya sea del lado del victimario como de las víctimas. Por una parte, se tenderá a calificar al conjunto de los musulmanes como fanáticos religiosos desalmados, capaces de asesinar a cuanto infiel se les coloque por delante. Lo cual redundará en consecuencias inmediatas a nivel de relaciones sociales, como por ejemplo que muchos practicantes de la fe islámica se sentirán vigilados y observados tanto por sus vecinos como por las fuerzas policiales, y más de alguno será insultado o inclus por uno o varios miembros de su propia comunidad. Ha sucedido esto en el pasado y no sólo en el país sede de un atentado específico (cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas en 2001, mahometanas de diversos lugares de Sudamérica, también Chile, denunciaron agresiones físicas). Por supuesto que el grueso de los cristianos estarán prestos a rechazar esta clase de conductas. Pero en un ambiente predeterminado, van a priorizar el mayor alejamiento posible, de un sistema de creencias errado y además violento, que la búsqueda de entendimiento y la corrección de actitudes poco amigables. Fuera de sacar a colación el sempiterno pretexto de que no existiría motivo para ir en ayuda de pecadores que no tienen intención de redimirse, y que por ende podrían contagiar a un seguidor de Jesús, en vez de preferir el auxilio de los propios hermanos (considerando que en ciertas zonas algunos son perseguidos y diezmados por los extremistas musulmanes)
Indiferencia que podría resultar más notoria si se aplica contra el otro colectivo afectado por esta masacre: los homosexuales. No sólo porque ellos aquí se encuentran únicamente del lado de las víctimas y son quienes han sufrido más bajas. Sino debido a la inevitable mención a otro tópico por desgracia también muy recurrente entre los cristianos: estas personas murieron a causa de sus malas acciones y ya que al momento de su fallecimiento se encontraban en pecado, no cabe preocupación por ellas pues se han condenado. En ese sentido, no faltarán quienes insistan en que este crimen tuvo su génesis y su justificación en una supuesta provocación que los gay habrían orquestado sobre la sociedad norteamericana, formada a partir de los llamados valores cristianos morales tradicionales, que muchos, aunque parezca imposible, aún respetan. El suceso más palpable y más reciente de dicha incitación sería la aprobación del matrimonio entre congéneres, que en Estados Unidos se produjo hace menos de un año merced a un fallo de la Corte Suprema local. Pero se trataría nada más del último de una larga cadena en la cual se hallarían abominaciones como esta discoteca que por cierto era tomada, debido a las circunstancias en las cuales se fundó, como un símbolo de la liberación de los amanerados (bueno: lo será más de ahora en adelante) a nivel mundial. A partir de ahí sobran quienes, por ejemplo, aseguran que la deslealtad de su pueblo habría incitado al Señor a dejar de protegerlo de amenazas peligrosas, permitiendo la entrada de sujetos monstruosos como el asesino de Pulse, tierra de nadie pues debido a los antecedentes de este antro no había por dónde instalar una fuerza de contención divina.
Hay creyentes que en lugar de repudiar esta masacre, estarán más preocupados de que a partir de ella se produzca una aceleración en la concreción de las propuestas de los gay, aprovechando que cuentan con una alta cifra de mártires. Personalmente les diría a esos hermanos que no se angustien frente a algo que es inevitable. Sin embargo, también les recomendaría seguir ciertos pasos para evitar que la bola de nieve crezca más de lo que se merece. Primero, colocándose en el pellejo de los amigos y familiares de los fallecidos, así como de los heridos. No es difícil: de hecho Jesús lo hizo y lo estableció además como mandato, lo que significa que nosotros estamos en condiciones de imitarlo. Aún cuando se trate de unos pecadores que nos causen repulsión, respecto de lo cual el mismo Cristo sostuvo como una actitud aún más loable. No olvidemos que los musulmanes tampoco aprecian la homosexualidad, y en el caso de sus variantes más extremas, son capaces de hacerlo saber con atrocidades como la ocurrida en Pulse. Entonces marquemos la diferencia, que al final el propósito es que se conviertan y abandonen su tendencia, en lugar de resignarse a decir que todo fue consecuencia de su alejamiento de las cosas del Señor, una vez que ya han sido acribillados y que por ende no nos pueden escuchar.
Datos aún inconexos, que podrían llevar a los creyentes a sacar conclusiones equivocadas. Y de paso, aumentar los prejuicios y el consiguiente desprecio por los colectivos que cuentan con representantes involucrados en esta matanza, ya sea del lado del victimario como de las víctimas. Por una parte, se tenderá a calificar al conjunto de los musulmanes como fanáticos religiosos desalmados, capaces de asesinar a cuanto infiel se les coloque por delante. Lo cual redundará en consecuencias inmediatas a nivel de relaciones sociales, como por ejemplo que muchos practicantes de la fe islámica se sentirán vigilados y observados tanto por sus vecinos como por las fuerzas policiales, y más de alguno será insultado o inclus por uno o varios miembros de su propia comunidad. Ha sucedido esto en el pasado y no sólo en el país sede de un atentado específico (cuando ocurrió lo de las Torres Gemelas en 2001, mahometanas de diversos lugares de Sudamérica, también Chile, denunciaron agresiones físicas). Por supuesto que el grueso de los cristianos estarán prestos a rechazar esta clase de conductas. Pero en un ambiente predeterminado, van a priorizar el mayor alejamiento posible, de un sistema de creencias errado y además violento, que la búsqueda de entendimiento y la corrección de actitudes poco amigables. Fuera de sacar a colación el sempiterno pretexto de que no existiría motivo para ir en ayuda de pecadores que no tienen intención de redimirse, y que por ende podrían contagiar a un seguidor de Jesús, en vez de preferir el auxilio de los propios hermanos (considerando que en ciertas zonas algunos son perseguidos y diezmados por los extremistas musulmanes)
Indiferencia que podría resultar más notoria si se aplica contra el otro colectivo afectado por esta masacre: los homosexuales. No sólo porque ellos aquí se encuentran únicamente del lado de las víctimas y son quienes han sufrido más bajas. Sino debido a la inevitable mención a otro tópico por desgracia también muy recurrente entre los cristianos: estas personas murieron a causa de sus malas acciones y ya que al momento de su fallecimiento se encontraban en pecado, no cabe preocupación por ellas pues se han condenado. En ese sentido, no faltarán quienes insistan en que este crimen tuvo su génesis y su justificación en una supuesta provocación que los gay habrían orquestado sobre la sociedad norteamericana, formada a partir de los llamados valores cristianos morales tradicionales, que muchos, aunque parezca imposible, aún respetan. El suceso más palpable y más reciente de dicha incitación sería la aprobación del matrimonio entre congéneres, que en Estados Unidos se produjo hace menos de un año merced a un fallo de la Corte Suprema local. Pero se trataría nada más del último de una larga cadena en la cual se hallarían abominaciones como esta discoteca que por cierto era tomada, debido a las circunstancias en las cuales se fundó, como un símbolo de la liberación de los amanerados (bueno: lo será más de ahora en adelante) a nivel mundial. A partir de ahí sobran quienes, por ejemplo, aseguran que la deslealtad de su pueblo habría incitado al Señor a dejar de protegerlo de amenazas peligrosas, permitiendo la entrada de sujetos monstruosos como el asesino de Pulse, tierra de nadie pues debido a los antecedentes de este antro no había por dónde instalar una fuerza de contención divina.
Hay creyentes que en lugar de repudiar esta masacre, estarán más preocupados de que a partir de ella se produzca una aceleración en la concreción de las propuestas de los gay, aprovechando que cuentan con una alta cifra de mártires. Personalmente les diría a esos hermanos que no se angustien frente a algo que es inevitable. Sin embargo, también les recomendaría seguir ciertos pasos para evitar que la bola de nieve crezca más de lo que se merece. Primero, colocándose en el pellejo de los amigos y familiares de los fallecidos, así como de los heridos. No es difícil: de hecho Jesús lo hizo y lo estableció además como mandato, lo que significa que nosotros estamos en condiciones de imitarlo. Aún cuando se trate de unos pecadores que nos causen repulsión, respecto de lo cual el mismo Cristo sostuvo como una actitud aún más loable. No olvidemos que los musulmanes tampoco aprecian la homosexualidad, y en el caso de sus variantes más extremas, son capaces de hacerlo saber con atrocidades como la ocurrida en Pulse. Entonces marquemos la diferencia, que al final el propósito es que se conviertan y abandonen su tendencia, en lugar de resignarse a decir que todo fue consecuencia de su alejamiento de las cosas del Señor, una vez que ya han sido acribillados y que por ende no nos pueden escuchar.
domingo, 29 de mayo de 2016
Quieren Ser Libres
Nada más se empezó a correr el rumor de que Frozen, la princesa Disney que canta "Libre Soy", iba a declararse lesbiana en la eventual secuela que estaría preparando el estudio del ratón, y las asociaciones moralistas y los histéricos que nunca faltan inundaron las redes sociales amenazando no sólo con dejar de ver este filme y todo el resto de las producciones creadas o distribuidas por la factoría, tanto históricas como futuras, sino que también advirtiendo que presionarán a los posibles patrocinadores de ésta para que rompan sus contratos comerciales y se abstengan de firmar nuevos compromisos. Todo esto, ante una información que no ha sido confirmada -aunque tampoco desmentida- y que a su vez fue motivada por una nueva actitud que están tomando los colectivos gay, que es la de exigir la existencia de personajes homosexuales en las realizaciones para niños, con la finalidad de contribuir al término definitivo de las discriminaciones de las que alegan aún son víctimas, tal como sucedió en el pasado -y en épocas recientes- al colocar indígenas, orientales y afrodescendientes en roles protagonistas. Algo que contaría con el aval de los responsables de la obra aquí tratada, uno de los cuales es un entusiasta LGTB.
La verdad es que Disney no se ha caracterizado por el recato, al menos en los términos de la moralina cristiana, a lo largo de su historia. En sus filmes podemos encontrar escenas donde se hace alusión -siempre en forma positiva o neutral- al tabaquismo (Pinocho, Dumbo), la adicción a las drogas (Alicia en Wonderland, con el gusano fumador de opio), el erotismo y el satanismo (segundo y último episodio de Fantasía, respectivamente), la vida nocturna de los adolescentes (Música Maestro) y la violencia excesiva (Bambi, claro está; pero también el último episodio de la mencionada "Música Maestro", donde un narrador omnisciente incluso pide a la audiencia que comprenda al abusivo empresario que mató a la ballena tenor, debido a su supuesta ignorancia). Varios responderán que se trata de filmes relativamente antiguos, anteriores a un sinnúmero de trabajos publicados sobre la personalidad infantil, que han permitido orientar con más eficacia los productos dirigidos a los niños. De acuerdo. Pero en producciones más recientes existen elementos igualmente controvertidos que muchos no han notado y que curiosamente, incluyen insinuaciones de índole sexual. Por ejemplo, la pedofilia (las protagonistas de "La Sirenita", "La Bella y la Bestia" y "Pocahontas" son todas menores de edad pretendidas por hombres mayores), la agresión contra la mujer ("La Bella y la Bestia"), la sensualidad ("Alladin", "Pocahontas", Esmeralda en "El Jorobado de Notre Dame") y hasta la poligamia ("El Rey León, donde algunos despistados han despotricado contra la supuesta relación homosexual entre Timón y Pumba).
Por su parte, las diferentes derivaciones cinematográficas y televisivas que surgido de la empresa del tío Walt también cuentan con aspectos interesantes. De allí han surgido numerosos cortos efectuados con la intención de ser presentados en vísperas de Halloween (sí, Los Simpson no fueron los primeros en dedicar segmentos exclusivos a la Noche de Brujas), que tratan temas relacionados con dicha fecha, de más está decir que no muy bien vista por los cristianos. Además han producido seriales destinadas derechamente a un público adulto, como Carmen Sandiego o Gárgolas (amén de otras que han distribuido, entre ellas muchas de animación japonesa). Y está la trayectoria de sus princesas de carne y hueso, como Britney Spears o Mariah Carey, que una vez desligadas del logotipo del ratón se han esmerado por demostrar que se sitúan muy lejos de la imagen idealizada que muestran sus símiles del celuloide. ¿Qué sentido tiene, a la luz de estos antecedentes, efectuar un burdo intento de protección de unos, ya lo vimos, inexistentes valores que reflejaría Disney? Bueno. En primer lugar cabe recordar la tirria que ciertos grupos religiosos le guardan a los homosexuales, a quienes consideran el punto culminante de la degradación moral y cultural -suelen considerar ambas cosas como indisolublemente unidas-. Pero además está relacionado con el hecho de que la factoría representaría una parte de la tradición norteamericana -donde entre otros, también se incluye a los grupúsculos que rechazan a muerte a los gay-, que por cierto, se ha cimentado en base a ciertas conductas no muy apreciables que digamos, como en la época del macartismo, cuando don Walter Elías, en su condición de agente de la CIA, elaboró las listas negras para la Comisión de Actividades Anti Americanas, actitud que le agradecen varios de quienes escupen hoy y han escupido siempre contra los "maricas".
A Disney hay que apreciarlo por lo que es. Una empresa que le dio un innegable aporte al cine, no sólo de animación, lo cual se dio gracias a haber sido dirigida por un gran artista como lo fue Walt (más incluso que empresario, como lo probaron los enormes riesgos que corrió para llevar adelante sus proyectos, algunos de los que acabaron en sendos fracasos económicos). A los gay, sólo cabe decirles que no se inmiscuyan en lo que no saben, como los libretos cinematográficos, exclusiva responsabilidad de los guionistas; y si quieren hacer hincapié en su situación, elaboren sus propias producciones: en la actualidad cuentan con recursos monetarios y sociales suficientes. Y para los cristianos, recalcar que Jesús, y no un estudio de grabación, es el punto de referencia.
La verdad es que Disney no se ha caracterizado por el recato, al menos en los términos de la moralina cristiana, a lo largo de su historia. En sus filmes podemos encontrar escenas donde se hace alusión -siempre en forma positiva o neutral- al tabaquismo (Pinocho, Dumbo), la adicción a las drogas (Alicia en Wonderland, con el gusano fumador de opio), el erotismo y el satanismo (segundo y último episodio de Fantasía, respectivamente), la vida nocturna de los adolescentes (Música Maestro) y la violencia excesiva (Bambi, claro está; pero también el último episodio de la mencionada "Música Maestro", donde un narrador omnisciente incluso pide a la audiencia que comprenda al abusivo empresario que mató a la ballena tenor, debido a su supuesta ignorancia). Varios responderán que se trata de filmes relativamente antiguos, anteriores a un sinnúmero de trabajos publicados sobre la personalidad infantil, que han permitido orientar con más eficacia los productos dirigidos a los niños. De acuerdo. Pero en producciones más recientes existen elementos igualmente controvertidos que muchos no han notado y que curiosamente, incluyen insinuaciones de índole sexual. Por ejemplo, la pedofilia (las protagonistas de "La Sirenita", "La Bella y la Bestia" y "Pocahontas" son todas menores de edad pretendidas por hombres mayores), la agresión contra la mujer ("La Bella y la Bestia"), la sensualidad ("Alladin", "Pocahontas", Esmeralda en "El Jorobado de Notre Dame") y hasta la poligamia ("El Rey León, donde algunos despistados han despotricado contra la supuesta relación homosexual entre Timón y Pumba).
Por su parte, las diferentes derivaciones cinematográficas y televisivas que surgido de la empresa del tío Walt también cuentan con aspectos interesantes. De allí han surgido numerosos cortos efectuados con la intención de ser presentados en vísperas de Halloween (sí, Los Simpson no fueron los primeros en dedicar segmentos exclusivos a la Noche de Brujas), que tratan temas relacionados con dicha fecha, de más está decir que no muy bien vista por los cristianos. Además han producido seriales destinadas derechamente a un público adulto, como Carmen Sandiego o Gárgolas (amén de otras que han distribuido, entre ellas muchas de animación japonesa). Y está la trayectoria de sus princesas de carne y hueso, como Britney Spears o Mariah Carey, que una vez desligadas del logotipo del ratón se han esmerado por demostrar que se sitúan muy lejos de la imagen idealizada que muestran sus símiles del celuloide. ¿Qué sentido tiene, a la luz de estos antecedentes, efectuar un burdo intento de protección de unos, ya lo vimos, inexistentes valores que reflejaría Disney? Bueno. En primer lugar cabe recordar la tirria que ciertos grupos religiosos le guardan a los homosexuales, a quienes consideran el punto culminante de la degradación moral y cultural -suelen considerar ambas cosas como indisolublemente unidas-. Pero además está relacionado con el hecho de que la factoría representaría una parte de la tradición norteamericana -donde entre otros, también se incluye a los grupúsculos que rechazan a muerte a los gay-, que por cierto, se ha cimentado en base a ciertas conductas no muy apreciables que digamos, como en la época del macartismo, cuando don Walter Elías, en su condición de agente de la CIA, elaboró las listas negras para la Comisión de Actividades Anti Americanas, actitud que le agradecen varios de quienes escupen hoy y han escupido siempre contra los "maricas".
A Disney hay que apreciarlo por lo que es. Una empresa que le dio un innegable aporte al cine, no sólo de animación, lo cual se dio gracias a haber sido dirigida por un gran artista como lo fue Walt (más incluso que empresario, como lo probaron los enormes riesgos que corrió para llevar adelante sus proyectos, algunos de los que acabaron en sendos fracasos económicos). A los gay, sólo cabe decirles que no se inmiscuyan en lo que no saben, como los libretos cinematográficos, exclusiva responsabilidad de los guionistas; y si quieren hacer hincapié en su situación, elaboren sus propias producciones: en la actualidad cuentan con recursos monetarios y sociales suficientes. Y para los cristianos, recalcar que Jesús, y no un estudio de grabación, es el punto de referencia.
domingo, 15 de mayo de 2016
Sin Salir del Barrio
Uno de los fenómenos más curiosos que ha acontecido en distintos países de América Latina con la expansión del cristianismo evangélico, es la aparición de congregaciones de diferentes tamaños en distintos sectores marginados y marginales de las grandes urbes, ya se trate de asentamientos informales o edificaciones de viviendas sociales planificadas por distintos Estados y gobiernos, que en los últimos años, coincidiendo con el cambio de paradigma económico, se tornan cada vez más precarios y su construcción adolece cada día de mayor falta de prolijidad.
Buena parte de estas iglesias comparten una característica común. Son autocéfalas, es decir que no forman parte de alguna congregación más amplia, e incluso varias de ellas ni siquiera han establecido una relación formal con otra comunidad, aunque sea vecina. Aunque, como fue mencionado en el párrafo anterior, las hay de diferentes tamaños, abundan las más pequeñas, de no más de veinte miembros, reunidos en habitaciones o galpones, en la casa -tan sólo unos metros más amplia- de un hermano a quien las circunstancias lo han obligado a ejercer como pastor, sin contar con los mínimos conocimientos intelectuales y espirituales para aquello. Todo, en un ambiente de abandono social de parte del Estado y la población correspondientes, esta última, que no espera que le pregunten acerca de estos asentamientos para responder con prejuicios, acusaciones sin fundamento y epítetos de grueso calibre.
Una conducta que también ha contagiado a los cristianos que no viven en esos lugares. Debemos admitirlo. Varios de ellos no irían a evangelizar en un asentamiento marginal influenciados por lo que ciertos medios de comunicación aseveran de ellos, e incluso muchos se negarían a aceptar que algún hermano tuviera la idea de organizar una congregación allí. Y no obstante, estas rudimentarias -igual que su entorno- iglesias existen, cuentan con hermanos que se atreven a propagar su fe en un ambiente que otros considerarían inadecuado, y además han conseguido convertir a más de un vecino. Todo esto, desarrollado por comunidades que no reciben ayuda ninguna, desconectadas de sus congéneres -si bien no del Señor-, y sobre las cuales, más de alguno que profesa la misma fe no estaría dispuesto a considerarlas como tales.
Una de las causas de la expansión del cristianismo evangélico es la excesiva formalidad del catolicismo, que impulsa a los romanos a tener un número limitado de templos y ministros por territorio, por temor al sectarismo. Eso ha quedado demostrado con inusual fuerza en las últimas décadas, con la proliferación de los cordones de viviendas precarias en las grandes urbes, unido a las visiones del liberalismo económico más extremo, que entre los papistas los ha desincentivado a continuar adelante con paradigmas que en el pasado intentaron un mínimo acercamiento a los más necesitados, como la teología de la liberación. El problema es que las comunidades reformadas están experimentando ese mismo abandono, ahora de parte de sus hermanos de fe, quizá en un contexto distinto, pero con resultados igualmente poco alentadores. Quiera el Señor que por fin se establezca la indispensable comunicación entre ambos sectores, ya que eso acarrea un intercambio mutuo de información que al final acaba favoreciendo a todos. No vaya a suceder que estos creyentes, alejados de los grandes centros, acaben siendo absorbidos por quién sabe qué, y nosotros pasemos por la vida sin saber que existieron, ni que su fe fue tan perseverante.
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