Normalmente, cuando los activistas anti aborto quieren orientar la opinión de sus eventuales oyentes en alguna reunión o conferencia, se suelen centrar en exponer de forma detallada, muchas veces apoyándose en imágenes audiovisuales, el procedimiento de succión, aquel donde se extrae al feto del útero por partes estando vivo, y que la verdad sea dicha, resulta tan chocante de observar que incluso el menos dispuesto a otorgarle la calidad de persona a una criatura en gestación es capaz de reclamar por los derechos humanos de ésta.
Admitamos que la succión es un método cruel que no se condice con los parámetros de civilización que muchos afirman ya hemos logrado (y que suelen ser usados como excusa por parte de los pro aborto, en el sentido de que la admisión de esta clase de intervenciones representa la prueba de una mentalidad progresista y avanzada). Sin embargo, su empleo frecuente como modelo para forzar una toma de conciencia -más emotiva que reflexiva, en todo caso-, además del efecto obvio que provocan las imágenes expositivas, proviene del hecho de que esta operación se ejecuta con normalidad en Estados Unidos, país de origen de los más férreos detractores de la interrupción del embarazo, los cuales además están ligados a movimientos religiosos también iniciados allá. Pues bien. Resulta que este procedimiento se utiliza de preferencia en los hospitales y clínicas donde acuden las norteamericanas de clase baja, quienes están expuestas a cirugías todavía más brutales, como una donde se le inocula un químico a la mujer a través de la bolsa, y que ocasiona una lenta agonía al feto mediante intoxicación, solución en cualquier caso casi inexistente hoy, por las eventuales consecuencias físicas que le podría acarrear a la madre. Mientras que las estadounidenses que ostentan cierta holgura en sus ingresos, son capaces de costearse tratamientos más "suaves" y sutiles, que no siempre implican meterse en sus cuerpos, como las inyecciones o las píldoras.
Llegados a este punto, nos encontramos conque los anti aborto, o pro vida, como pomposamente osan llamarse, basan su poder de convencimiento en una exhibición morbosa, con la que se buscan resultados a través de aspectos mediáticos derivados de demostraciones parciales, sesgadas y manipuladas. Que además son una muestra de los niveles de segregación que existen en Estados Unidos, algo que las organizaciones cristianas suelen ignorar imbuidas por la doctrina del destino manifiesto norteamericano que en varias de ellas se considera igualmente como un designio divino. Una actitud que demuestra una insensibilidad social vergonzosa, sobre todo pensando en quienes se definen como los estandartes del mensaje salvador de Cristo. Ya que a la larga, y considerando el tenor de aquellas conferencias donde se exponen dichas imágenes, se emplea a mujeres pobres como símbolo de la maldad, en circunstancias que no son ellas las únicas que pueden llegar a decidir interrumpir el embarazo, sólo que no cuentan con los recursos para acceder a un método menos invasivo que las libere de transformarse en pasto de las peores condenas. Al final, el repudio de los asistentes se vuelca en contra de un determinado grupo de féminas, las asesinas mutiladoras a quienes se les debe prohibir que opten por semejante barbaridad. Y que más tarde encuentran enormes dificultades para criar un niño ya nacido, en un mundo donde por lo demás no reciben apoyo alguno de estos activistas alarmistas. Mientras las que son un poco más adineradas adquieren la garantía de caminar por las calles sin ser apuntadas, ya que su operación es más difícil de ser dada a conocer o en la peor de las situaciones su impacto es insignificante.
El método de succión, sí, es horrible. Pero manejamos mucha información respecto a él, primero porque se practica en Estados Unidos, de donde vienen los más furibundos detractores del aborto, y luego porque se reserva para los segmentos masivos. El uso de tal procedimiento demuestra la división de clases en el país del norte y la precariedad de su sistema de salud, sobre todo tratándose de los más pobres. Si queremos crear conciencia acerca de las consecuencias negativas de una interrupción del embarazo, entonces usemos argumentos sólidos y no caigamos al menos de forma persistente en el recurso fácil, que es lo mismo que actualmente hace el programa médico social estadounidense. Que al parecer no sólo está motivado por el abaratamiento de costos, sino también por el deseo insano de que la población que no importa sea objeto de castigo. Quizá esto se deba a la manera en que se legalizó el malparto allá, a través de una resolución judicial, y no de una discusión popular con la participación efectiva de los más afectados.
domingo, 1 de mayo de 2016
lunes, 11 de abril de 2016
Hacia el Tercer Templo
Desconozco cuánto hay de verdad en esto. Pero diversos medios de comunicación, la mayoría vinculados a la iglesia evangélica, pero también uno que otro de carácter secular, han venido difundiendo la noticia de que Israel está preparando la erección del llamado Tercer Templo, en alusión a aquellos dos que fueron destruidos por los babilonios y los romanos, respectivamente. Por ahí se dice que ya han sido confeccionados los planos, que en otro lugar se están preparando sacerdotes, que más allá se están criando animales especiales para los futuros sacrificios, o que ya se han terminado los adornos y accesorios. Grupos de cristianos han reaccionado a estas informaciones con algarabía, mientras otras personas han expresado opiniones que van desde la incredulidad a la preocupación, en el supuesto de quienes estarían interesados en concretar esta edificación, tienen un enorme interés en hacerlo en el sitio exacto donde se situaban sus antecesores, que es nada menos que la Explanada de las Mezquitas, considerado por los musulmanes como su segundo lugar más sagrado (sólo superado por La Meca) y símbolo de la resistencia palestina.
Por supuesto, que los cristianos que se muestran jubilosos ante este supuesto acaecimiento, no han reparado en las consecuencias negativas que podría tener si finalmente llega a concretarse. Primero, las que para las gentes seculares aparecen como más obvias, como la generación de un nuevo conflicto, ahora de consecuencias insospechadas, entre israelíes y no sólo palestinos, sino musulmanes en su totalidad. Pero además, en el marco mismo de las profecías bíblicas, que al parecer estos entusiastas no han leído correctamente. Pues el Nuevo Testamento, y en particular el Apocalipsis, es enfático en señalar que el levantamiento de esta clase de obra constituye un claro símbolo de lo que se describe como el anticristo, sobre lo cual se advierte, buscará re definir varios conceptos del cristianismo tradicional, a fin de que ello y su carisma, provoque la atracción masiva mundial en torno a su figura, permitiéndose atribuir la facultad de decidir qué es lo correcto y lo que no, todo ello con el pretexto de ser un elegido por Dios. Y uno de los modos de llamar la atención, precisamente es la erección de templos fastuosos, algo que por cierto ha sido empleado durante la historia por gobernantes tiránicos que pretenden ocultar sus crímenes y asimismo dar una imagen de grandeza pretendiendo transformarse en intermediarios de las divinidades o al menos ocasionando aquella sensación.
Además, otro hecho que obliga a mirar con preocupación este optimismo irresponsable de los grupos cristianos ya mencionados, es que no han reparado que quienes se han propuesto llevar adelante esta construcción, lo hacen porque de acuerdo a interpretaciones propias, el arribo del Mesías es inminente. En circunstancias que los creyentes en Jesús ya saben que el Esperado anduvo por esas tierras hace poco más de dos mil años. No tengo intención de acusar en lo más mínimo a los representantes del pueblo hebreo que están detrás del proyecto del Tercer Templo. Sin embargo, y aún admitiendo que defender a Israel de sus enemigos es una obligación para los hijos del camino, al mismo tiempo hay que tener muy en cuenta las discrepancias que existen entre ambas expresiones de fe. En especial quienes se declaran seguidores de Cristo, a los cuales se les ha advertido en prácticamente todo el Nuevo Testamento que mezclar doctrinas es un acto de la máxima gravedad, por lo cual en su momento deberán rendir cuentas. Aunque tales propuestas vengan del pueblo escogido, y como demostración de esa incompatibilidad están las diversas reprensiones que Pablo efectuó contra los judaizantes. No se debe olvidar al respecto, que los términos Cristo y Mesías son sinónimos etimológicos, y que al aplaudir iniciativas como la que se estaría gestando en el Medio Oriente, en el fondo se está aceptando la llegada de un nuevo Salvador, algo mucho peor que aceptar iconos como la Virgen María o Mahoma.
Por otra parte, si en la Biblia se enfatiza que por sus frutos los conoceréis, uno ya intuye que la insistencia en una iniciativa como ésta sólo traerá más enfrentamiento y destrucción, del que ni incluso Israel podrá salir indemne. Por mucho que proyectos de esta clase calcen con determinadas profecías (en todo caso, no en clave positiva como algunos pretenden demostrar), y que se pueda homologar esta espera del Mesías a la Parusía, alentar cuestiones como la eventual erección del Tercer Templo significa, de una manera u otra, aprobar las nefastas consecuencias que tal acción acarrearía, lo que a la larga constituye, al menos por omisión, permitir todo lo contrario a aquello que el Señor quiere para un cristiano. Que siempre se ha insistido en que es lo correcto. Y sin excepciones.
Por supuesto, que los cristianos que se muestran jubilosos ante este supuesto acaecimiento, no han reparado en las consecuencias negativas que podría tener si finalmente llega a concretarse. Primero, las que para las gentes seculares aparecen como más obvias, como la generación de un nuevo conflicto, ahora de consecuencias insospechadas, entre israelíes y no sólo palestinos, sino musulmanes en su totalidad. Pero además, en el marco mismo de las profecías bíblicas, que al parecer estos entusiastas no han leído correctamente. Pues el Nuevo Testamento, y en particular el Apocalipsis, es enfático en señalar que el levantamiento de esta clase de obra constituye un claro símbolo de lo que se describe como el anticristo, sobre lo cual se advierte, buscará re definir varios conceptos del cristianismo tradicional, a fin de que ello y su carisma, provoque la atracción masiva mundial en torno a su figura, permitiéndose atribuir la facultad de decidir qué es lo correcto y lo que no, todo ello con el pretexto de ser un elegido por Dios. Y uno de los modos de llamar la atención, precisamente es la erección de templos fastuosos, algo que por cierto ha sido empleado durante la historia por gobernantes tiránicos que pretenden ocultar sus crímenes y asimismo dar una imagen de grandeza pretendiendo transformarse en intermediarios de las divinidades o al menos ocasionando aquella sensación.
Además, otro hecho que obliga a mirar con preocupación este optimismo irresponsable de los grupos cristianos ya mencionados, es que no han reparado que quienes se han propuesto llevar adelante esta construcción, lo hacen porque de acuerdo a interpretaciones propias, el arribo del Mesías es inminente. En circunstancias que los creyentes en Jesús ya saben que el Esperado anduvo por esas tierras hace poco más de dos mil años. No tengo intención de acusar en lo más mínimo a los representantes del pueblo hebreo que están detrás del proyecto del Tercer Templo. Sin embargo, y aún admitiendo que defender a Israel de sus enemigos es una obligación para los hijos del camino, al mismo tiempo hay que tener muy en cuenta las discrepancias que existen entre ambas expresiones de fe. En especial quienes se declaran seguidores de Cristo, a los cuales se les ha advertido en prácticamente todo el Nuevo Testamento que mezclar doctrinas es un acto de la máxima gravedad, por lo cual en su momento deberán rendir cuentas. Aunque tales propuestas vengan del pueblo escogido, y como demostración de esa incompatibilidad están las diversas reprensiones que Pablo efectuó contra los judaizantes. No se debe olvidar al respecto, que los términos Cristo y Mesías son sinónimos etimológicos, y que al aplaudir iniciativas como la que se estaría gestando en el Medio Oriente, en el fondo se está aceptando la llegada de un nuevo Salvador, algo mucho peor que aceptar iconos como la Virgen María o Mahoma.
Por otra parte, si en la Biblia se enfatiza que por sus frutos los conoceréis, uno ya intuye que la insistencia en una iniciativa como ésta sólo traerá más enfrentamiento y destrucción, del que ni incluso Israel podrá salir indemne. Por mucho que proyectos de esta clase calcen con determinadas profecías (en todo caso, no en clave positiva como algunos pretenden demostrar), y que se pueda homologar esta espera del Mesías a la Parusía, alentar cuestiones como la eventual erección del Tercer Templo significa, de una manera u otra, aprobar las nefastas consecuencias que tal acción acarrearía, lo que a la larga constituye, al menos por omisión, permitir todo lo contrario a aquello que el Señor quiere para un cristiano. Que siempre se ha insistido en que es lo correcto. Y sin excepciones.
domingo, 27 de marzo de 2016
Jesús Colgado
Uno de los tantos lugares comunes que se suelen reiterar durante Semana Santa es la connotación que en el imperio romano tenía la crucifixión. Una forma de ejecución reservada para los peores criminales y quienes se consideraban los mayores traidores al Estado (y de ahí que haya sido usada contra los esclavos rebeldes liderados por Espartaco), y que en concomitancia con el estatus legal de dichas personas, provocaba la muerte después de una larga, lenta y especialmente dolorosa agonía. No vamos a colocar aquí en duda los padecimientos que experimentó el Señor ni tampoco le otorgaremos una oportunidad de duda a esos escépticos oportunistas que buscan corroborar sus opiniones personales aunque para ello necesiten torcer incontables veces la veracidad científica. Simplemente, discutiremos las características de esta forma de tormento y el por qué se le concibe como una de las más deleznables que se hayan inventado.
Desde que el hombre es tal -e independiente de que se crea en el Génesis o en Darwin, o en cualquier otra teoría sobre el inicio del mundo-, la práctica de suspender a alguien en el aire siempre ha sido de máxima humillación, ya que se trate o no de un castigo mortal. Así sucedía, por ejemplo, en el Medio Oeste norteamericano, donde a los bandoleros y criminales comunes se les tenía reservada la horca, en la cual, a modo de escarmiento, eran dejados hasta varios días después de haber fallecido. De hecho, cuando el ejército federal de Estados Unidos finalmente conquistaba una zona donde los indígenas pese a todo se negaban a rendirse, éstos terminaban siendo fusilados. Antes, en el Medioevo europeo, la iglesia católica inventó un método de ejecución aún más tormentoso que la crucifixión, como fue la hoguera, donde iban a parar aquellas personas que el romanismo calificaba como lo más indeseable para su doctrina y la sociedad: los herejes y las brujas. Cabe recordar que ese modo de deshacerse de un individuo molesto implicaba amarrarlo a un poste mientras alrededor de los pies se le rodeaba de todo tipo de material combustible.
También los mecanismos de tortura que al menos en principio no debían resultar en consecuencias fatales, destinados a las personas del bajo pueblo o que no pertenecían a las clases acomodadas, en tiempos pasados, se basaban en la práctica del colgamiento. Más aún: asociaciones secretas que se atribuían la preservación de las costumbres tradicionales de una determinada sociedad, cuando sentían que las autoridades correspondientes no hacían su labor, solían recurrir al ahorcamiento como manera de enviar un mensaje. Así ocurrió, de nuevo en Estados Unidos, con el Ku Klux Klan, que asesinaba a ciudadanos de raza negra, que para ellos eran lo peor, a través del uso de sogas que ataban a las ramas de los árboles. E incluso sobran los casos en los cuales sujetos repudiados por buena parte de la comunidad eran mantenidos suspendidos por semanas o meses, dejando que sus cuerpos se pudrieran ahí donde habían sido ejecutados. Hasta la Biblia toma en cuenta estas costumbres. Si no, revisemos lo que acaeció con Judas después de entregar a Jesús: se suicidó ahorcándose en las afueras de la ciudad, quedando su humanidad ahí durante semanas, tras lo cual el tronco que lo tenía sujetado no resistió el peso y se rompió, haciéndose añicos su putrefacto organismo al golpear el suelo. Muerte ejemplar para quien los evangelios consideran el peor caso posible de traición.
Todavía más, y a propósito de la mención al destino final de Judas. En la Antigüedad, donde la organización pública se regía por el sistema de polis, era común tirar el cadáver de un sujeto odioso en los extramuros de la ciudad, para ser devorado por todo tipo de aves y bestias rapaces. Una manera de impedir a quien no se le merecía, que se cumpliera con él la sentencia de retornar a la tierra una vez muerto. Algo que se halla en muchos textos formadores de creencias, no sólo la Biblia.
En tal sentido, Jesús no se redujo a aceptar una muerte humillante, sobre la que acabó triunfando en la resurrección. Sino que además superó uno de los artículos más lapidarios de la ley antigua, impreso de forma aparentemente ineludible en la naturaleza humana, hecho que refuerza con mayor ahínco su mensaje de salvación, de que se puede obtener una victoria incluso sobre cosas que, como la desaparición física, parecen infranqueables.
Desde que el hombre es tal -e independiente de que se crea en el Génesis o en Darwin, o en cualquier otra teoría sobre el inicio del mundo-, la práctica de suspender a alguien en el aire siempre ha sido de máxima humillación, ya que se trate o no de un castigo mortal. Así sucedía, por ejemplo, en el Medio Oeste norteamericano, donde a los bandoleros y criminales comunes se les tenía reservada la horca, en la cual, a modo de escarmiento, eran dejados hasta varios días después de haber fallecido. De hecho, cuando el ejército federal de Estados Unidos finalmente conquistaba una zona donde los indígenas pese a todo se negaban a rendirse, éstos terminaban siendo fusilados. Antes, en el Medioevo europeo, la iglesia católica inventó un método de ejecución aún más tormentoso que la crucifixión, como fue la hoguera, donde iban a parar aquellas personas que el romanismo calificaba como lo más indeseable para su doctrina y la sociedad: los herejes y las brujas. Cabe recordar que ese modo de deshacerse de un individuo molesto implicaba amarrarlo a un poste mientras alrededor de los pies se le rodeaba de todo tipo de material combustible.
También los mecanismos de tortura que al menos en principio no debían resultar en consecuencias fatales, destinados a las personas del bajo pueblo o que no pertenecían a las clases acomodadas, en tiempos pasados, se basaban en la práctica del colgamiento. Más aún: asociaciones secretas que se atribuían la preservación de las costumbres tradicionales de una determinada sociedad, cuando sentían que las autoridades correspondientes no hacían su labor, solían recurrir al ahorcamiento como manera de enviar un mensaje. Así ocurrió, de nuevo en Estados Unidos, con el Ku Klux Klan, que asesinaba a ciudadanos de raza negra, que para ellos eran lo peor, a través del uso de sogas que ataban a las ramas de los árboles. E incluso sobran los casos en los cuales sujetos repudiados por buena parte de la comunidad eran mantenidos suspendidos por semanas o meses, dejando que sus cuerpos se pudrieran ahí donde habían sido ejecutados. Hasta la Biblia toma en cuenta estas costumbres. Si no, revisemos lo que acaeció con Judas después de entregar a Jesús: se suicidó ahorcándose en las afueras de la ciudad, quedando su humanidad ahí durante semanas, tras lo cual el tronco que lo tenía sujetado no resistió el peso y se rompió, haciéndose añicos su putrefacto organismo al golpear el suelo. Muerte ejemplar para quien los evangelios consideran el peor caso posible de traición.
Todavía más, y a propósito de la mención al destino final de Judas. En la Antigüedad, donde la organización pública se regía por el sistema de polis, era común tirar el cadáver de un sujeto odioso en los extramuros de la ciudad, para ser devorado por todo tipo de aves y bestias rapaces. Una manera de impedir a quien no se le merecía, que se cumpliera con él la sentencia de retornar a la tierra una vez muerto. Algo que se halla en muchos textos formadores de creencias, no sólo la Biblia.
En tal sentido, Jesús no se redujo a aceptar una muerte humillante, sobre la que acabó triunfando en la resurrección. Sino que además superó uno de los artículos más lapidarios de la ley antigua, impreso de forma aparentemente ineludible en la naturaleza humana, hecho que refuerza con mayor ahínco su mensaje de salvación, de que se puede obtener una victoria incluso sobre cosas que, como la desaparición física, parecen infranqueables.
domingo, 13 de marzo de 2016
Una Expulsión Abominable
Un lamentable incidente se dio a comienzos de mes en el Reino Unido. La ignota Universidad Pública de Sheffield, expulsó de su seno a un estudiante cristiano de posgrado, Felix Ngole, luego de que éste publicara en su página de Facebook, una cita bíblica, en concreto Deuteronomio 20:13, que calificaba la práctica homosexual como "abominación". De nada sirvieron los testimonios de personas de tendencia gay quienes han compartido con este hombre en su trabajo -es asistente social-, los cuales han asegurado que siempre ha actuado de manera respetuosa con ellos. Aunque las declaraciones fueron emitidas en una instancia ajena al plantel de educación superior, un comité académico decidió finalmente exonerarlo de la institución.
Hay que partir diciendo que la postura de las autoridades universitarias es desde todo punto de vista aberrante e inaceptable. Aunque pudiera despertar alguna comprensión en base al miedo desatado en Europa tras los ataques terroristas de fanáticos religiosos islámicos, es una determinación que no se condice con los principios de pluralismo y debate de ideas que se supone caracterizan a cualquier universidad. Es cierto que la cita bíblica en cuestión puede resultar insultante para un cierto grupo de personas, más si se emite en un determinado contexto. Pero en el peor de los casos, sopesando los antecedentes previos de Ngole -que incluyeron, como ya se señaló, una valoración positiva de parte de homosexuales declarados que trabajaron con él y que por ende lo conocían-, queda claro que la sanción que recibió es exagerada y arbitraria. Más bien parece la esperable reacción de una institución que no figura entre las más recordables de su especialidad, cuyos integrantes pretenden demostrar que forman parte de un centro de conocimiento capaz de colocarse a la altura de sus pares más renombrados, castigando severamente una opinión que no suele ser considerada digna de un debate y menos de un análisis.
Eso último, desde luego, implica que Ngole tiene su parte de responsabilidad en todo esto. Si bien la Biblia condena la homosexualidad de punta a cabo, existen versículos en las Escrituras que, no abandonando la claridad y la firmeza acerca del tema, empero exhiben un lenguaje bastante menos chocante que un pasaje del Antiguo Testamento, redactado para el Israel del segundo milenio antes de Cristo y que además pertenece a la ley antigua superada por el propio Salvador mediante su muerte de cruz. Por otro lado, y de acuerdo a sus mismas palabras, este estudiante reprodujo esa cita en el contexto de una conversación informal con unos amigos, al parecer en la antesala de una fiesta. Una circunstancia que a todas luces no es la más adecuada para opinar de un tema concerniente a la ética o la conducta cristianas, menos para apoyarse en la extracción de un verso sacado de su contexto original, acción que, dado el ambiente en que se comete, es un hecho que no arrojará resultados positivos. De seguro que, dadas tales circunstancias, Felix en ningún instante tuvo plena conciencia de lo que estaba haciendo, excepto quizá vislumbrar que estaba cometiendo una provocación, aunque sin medir las consecuencias, tanto por el estado en que se hallaba como por esa temeridad de algunos cristianos que imaginan que todas sus actuaciones, incluso las más reñidas con los principios, serán amparadas o cuando menos comprendidas por el Señor.
Felix Ngole debió emplear en total plenitud su condición de estudiante universitario -y también de cristiano- y no largar lo primero que se le vino a la cabeza más encima en un momento absolutamente inapropiado. Si hubiese reflexionado un par de horas, habría podido exponer argumentos muy contundentes respecto a la condición pecaminosa de la homosexualidad, que se obtienen tras una acabada comprensión lectora de la Biblia (característica que por su condición de alumno de enseñanza superior está prácticamente obligado a mostrar). Por su parte, los académicos de Sheffield tampoco se dieron el tiempo para pensar la decisión que finalmente tomaron, salvo la consideración de aspectos puramente inmediatos, como la fama alcanzada y las felicitaciones que los harían sentirse como paladines de la defensa de la inteligencia y la colocación de un freno a toda declaración que ose amenazarla. Errores compartidos con consecuencias igualmente negativas para ambos bandos.
Hay que partir diciendo que la postura de las autoridades universitarias es desde todo punto de vista aberrante e inaceptable. Aunque pudiera despertar alguna comprensión en base al miedo desatado en Europa tras los ataques terroristas de fanáticos religiosos islámicos, es una determinación que no se condice con los principios de pluralismo y debate de ideas que se supone caracterizan a cualquier universidad. Es cierto que la cita bíblica en cuestión puede resultar insultante para un cierto grupo de personas, más si se emite en un determinado contexto. Pero en el peor de los casos, sopesando los antecedentes previos de Ngole -que incluyeron, como ya se señaló, una valoración positiva de parte de homosexuales declarados que trabajaron con él y que por ende lo conocían-, queda claro que la sanción que recibió es exagerada y arbitraria. Más bien parece la esperable reacción de una institución que no figura entre las más recordables de su especialidad, cuyos integrantes pretenden demostrar que forman parte de un centro de conocimiento capaz de colocarse a la altura de sus pares más renombrados, castigando severamente una opinión que no suele ser considerada digna de un debate y menos de un análisis.
Eso último, desde luego, implica que Ngole tiene su parte de responsabilidad en todo esto. Si bien la Biblia condena la homosexualidad de punta a cabo, existen versículos en las Escrituras que, no abandonando la claridad y la firmeza acerca del tema, empero exhiben un lenguaje bastante menos chocante que un pasaje del Antiguo Testamento, redactado para el Israel del segundo milenio antes de Cristo y que además pertenece a la ley antigua superada por el propio Salvador mediante su muerte de cruz. Por otro lado, y de acuerdo a sus mismas palabras, este estudiante reprodujo esa cita en el contexto de una conversación informal con unos amigos, al parecer en la antesala de una fiesta. Una circunstancia que a todas luces no es la más adecuada para opinar de un tema concerniente a la ética o la conducta cristianas, menos para apoyarse en la extracción de un verso sacado de su contexto original, acción que, dado el ambiente en que se comete, es un hecho que no arrojará resultados positivos. De seguro que, dadas tales circunstancias, Felix en ningún instante tuvo plena conciencia de lo que estaba haciendo, excepto quizá vislumbrar que estaba cometiendo una provocación, aunque sin medir las consecuencias, tanto por el estado en que se hallaba como por esa temeridad de algunos cristianos que imaginan que todas sus actuaciones, incluso las más reñidas con los principios, serán amparadas o cuando menos comprendidas por el Señor.
Felix Ngole debió emplear en total plenitud su condición de estudiante universitario -y también de cristiano- y no largar lo primero que se le vino a la cabeza más encima en un momento absolutamente inapropiado. Si hubiese reflexionado un par de horas, habría podido exponer argumentos muy contundentes respecto a la condición pecaminosa de la homosexualidad, que se obtienen tras una acabada comprensión lectora de la Biblia (característica que por su condición de alumno de enseñanza superior está prácticamente obligado a mostrar). Por su parte, los académicos de Sheffield tampoco se dieron el tiempo para pensar la decisión que finalmente tomaron, salvo la consideración de aspectos puramente inmediatos, como la fama alcanzada y las felicitaciones que los harían sentirse como paladines de la defensa de la inteligencia y la colocación de un freno a toda declaración que ose amenazarla. Errores compartidos con consecuencias igualmente negativas para ambos bandos.
lunes, 8 de febrero de 2016
Ted O Una Nueva Cruz
El triunfo de Ted Cruz en Iowa, en el inicio de las primarias de los republicanos, ha significado una sensación de alivio en buena parte de la opinión pública norteamericana, que ha visto cómo este descendiente de inmigrantes cubanos ha desplazado del primer puesto al inefable Donald Trump. Especial interés por estos resultados han mostrado los círculos cristianos conservadores de Estados Unidos, ya que este político, que es hijo de un pastor bautista, jamás ha dejado de asistir ni de participar en su iglesia local, y siempre ha defendido los principios de moralina que caracterizan a estos grupos.
Si uno empieza a hurgar en las protestas y en el pensamiento de Cruz, se dará cuenta de que, aparte de ser escasos, no difieren en gran medida de los planteamientos de cualquier postulante republicano medio a la presidencia norteamericana (y que salvo las cuestiones morales mencionadas en el párrafo anterior, tampoco son distintas de las de otro aspirante favorito en general). Pero además, se asemejan bastante a los escupitajos enunciados por el odioso Trump. En varias ocasiones se ha mostrado partidario de establecer normas más duras contra los inmigrantes -siendo él, precisamente, uno de ellos-, y su discurso hacia representantes de otras culturas y religiones, posee una mezcla de intolerancia e ignorancia que a veces cae en lo patético. Por ejemplo, hace pocos días señaló que para frenar al Estado Islámico, iba a aumentar los bombardeos sobre Siria, enfocándose en las áreas de origen de ese movimiento o donde los informes de inteligencia señalaran que mantenía cuarteles generales. Nadie le ha avisado a Ted, que esa estrategia se viene utilizando durante tres años y que en lugar de neutralizar a dicha organización, ha provocado que se disperse por otros países árabes, Europa y el mismo suelo norteamericano, como lo demuestran los ataques terroristas perpetrados a fines del 2015.
Cruz genera atracción en los cristianos más conservadores, porque entrega una imagen de la clásica austeridad protestante, en el sentido de la sobriedad social, al menos en los aspectos de la vida cotidiana que son seculares o se desarrollan fuera de los límites de los templos. En ese ámbito, no se le va a escuchar un insulto grandilocuente como que los mexicanos son todos unos violadores y traficantes, que ha sido una de las declaraciones más polémicas de Trump. Sus acciones, empero, son más sutiles y no tienden a provocar una reacción inmediata, sino que se emiten con las, digamos, palabras adecuadas, a fin de que el oyente llegue a valorarlas incluso en términos positivos. Es, en definitiva, una demostración de lo políticamente correcto. Algo que no es muy bien visto en quienes estas últimas semanas le han expresado su apoyo, porque consideran que equivale a ese relajamiento moral que les ocasiones tantas aprehensiones porque con él va aparejado, entre otros elementos, el matrimonio homosexual. Y por ello en círculos evangélicos y bíblicos dicha conducta se describe con una sola palabra: hipocresía. Una actitud que no sólo puede ser encontrada en Ted sino también en sus potenciales votantes, muchos de quienes, siquiera por descarte, antes de lo acaecido en Iowa hallaban coincidencias entre el pensamiento de Donald y el modelo de creyente.
Finalmente, bueno es prestar atención a una estratagema bastante sucia que habría cometido Cruz durante la votación de Iowa. En ese acontecimiento había otro postulante, Ben Carson, que se presentaba con opciones de hacerle sombra a Trump, usando la misma estrategia de captar el sufragio cristiano conservador. Durante el desarrollo de este evento, los partidarios de Ted hicieron correr la voz de que este candidato se retiraría de la contienda en favor suyo, ante el menor arrastre que convocaría. El mismo Carson, de confesión adventista, salió a desmentir ese rumor, lo que no evitó la fuga de simpatizantes. Un episodio oscuro que nos lleva a exclamar "por sus frutos nos conoceréis".
Si uno empieza a hurgar en las protestas y en el pensamiento de Cruz, se dará cuenta de que, aparte de ser escasos, no difieren en gran medida de los planteamientos de cualquier postulante republicano medio a la presidencia norteamericana (y que salvo las cuestiones morales mencionadas en el párrafo anterior, tampoco son distintas de las de otro aspirante favorito en general). Pero además, se asemejan bastante a los escupitajos enunciados por el odioso Trump. En varias ocasiones se ha mostrado partidario de establecer normas más duras contra los inmigrantes -siendo él, precisamente, uno de ellos-, y su discurso hacia representantes de otras culturas y religiones, posee una mezcla de intolerancia e ignorancia que a veces cae en lo patético. Por ejemplo, hace pocos días señaló que para frenar al Estado Islámico, iba a aumentar los bombardeos sobre Siria, enfocándose en las áreas de origen de ese movimiento o donde los informes de inteligencia señalaran que mantenía cuarteles generales. Nadie le ha avisado a Ted, que esa estrategia se viene utilizando durante tres años y que en lugar de neutralizar a dicha organización, ha provocado que se disperse por otros países árabes, Europa y el mismo suelo norteamericano, como lo demuestran los ataques terroristas perpetrados a fines del 2015.
Cruz genera atracción en los cristianos más conservadores, porque entrega una imagen de la clásica austeridad protestante, en el sentido de la sobriedad social, al menos en los aspectos de la vida cotidiana que son seculares o se desarrollan fuera de los límites de los templos. En ese ámbito, no se le va a escuchar un insulto grandilocuente como que los mexicanos son todos unos violadores y traficantes, que ha sido una de las declaraciones más polémicas de Trump. Sus acciones, empero, son más sutiles y no tienden a provocar una reacción inmediata, sino que se emiten con las, digamos, palabras adecuadas, a fin de que el oyente llegue a valorarlas incluso en términos positivos. Es, en definitiva, una demostración de lo políticamente correcto. Algo que no es muy bien visto en quienes estas últimas semanas le han expresado su apoyo, porque consideran que equivale a ese relajamiento moral que les ocasiones tantas aprehensiones porque con él va aparejado, entre otros elementos, el matrimonio homosexual. Y por ello en círculos evangélicos y bíblicos dicha conducta se describe con una sola palabra: hipocresía. Una actitud que no sólo puede ser encontrada en Ted sino también en sus potenciales votantes, muchos de quienes, siquiera por descarte, antes de lo acaecido en Iowa hallaban coincidencias entre el pensamiento de Donald y el modelo de creyente.
Finalmente, bueno es prestar atención a una estratagema bastante sucia que habría cometido Cruz durante la votación de Iowa. En ese acontecimiento había otro postulante, Ben Carson, que se presentaba con opciones de hacerle sombra a Trump, usando la misma estrategia de captar el sufragio cristiano conservador. Durante el desarrollo de este evento, los partidarios de Ted hicieron correr la voz de que este candidato se retiraría de la contienda en favor suyo, ante el menor arrastre que convocaría. El mismo Carson, de confesión adventista, salió a desmentir ese rumor, lo que no evitó la fuga de simpatizantes. Un episodio oscuro que nos lleva a exclamar "por sus frutos nos conoceréis".
domingo, 24 de enero de 2016
El Triunfo de la Prosperidad
El aumento de la ideología de la prosperidad al interior de los templos evangélicos es, desde luego, preocupante. Su expansión ya no se limita a esos enormes templos que los principales líderes de esta corriente han ordenado erigir -con intenciones genuinas de alabar al Señor y asegurar un confort para que el número siempre creciente de fieles igualmente lo haga, pero también, siquiera de modo inconsciente, para satisfacer su propio ego-, sino que además las prácticas de esas congregaciones, como el cántico efusivo y permanente y la reducción cuando no ausencia de la lectura y del estudio bíblicos, están siendo asimiladas con gran fuerza en las iglesias más convencionales, donde no faltan -a veces sobran- voceros que citan frases o recomiendan textos de estas personas, sin reparar en los errores teológicos o doctrinales que pueden contener.
Aclaremos. Fue Jesús mismo quien señaló que si los cargados viniesen a él, les ayudaría de todas las formas imaginables para que pudiesen quitarse su joroba. Una propuesta que ya marca una pequeña diferencia con los predicadores de la prosperidad, quienes aseveran que el Señor sacará los pesos sin necesidad de que los solicitantes hagan el mínimo esfuerzo de su parte. Bueno: en realidad nada que vaya más allá de la fe, que la verdad es que estas personas expresan bastante, llegando a rozar el sacrificio. Pero lo cierto es que finalmente se sienten aliviados, lo que es un gran triunfo considerando lo que algunos llevaban encima. Cosa que debiera suceder en el seno de las iglesias más clásicas, pues no lo olvidemos, fue el propio Cristo quien aseveró que una de las consecuencias de creer en el evangelio resultaba en que el penitente adquiría la capacidad de deshacerse de su onerosa mochila. Y sin embargo, la masa de no convertidos no encuentra la opción de descargarse en las congregaciones más tradicionales, donde se supone hay guías más preparados e instruidos, fuera de una historia que debiera transmitir mayor estabilidad y solidez. Muy por el contrario, se allegan a estos líderes a base de carisma y unos cuantos eslóganes publicitarios consiguen que su interlocutor experimente, cuando menos, un sucedáneo de transformación espiritual.
La verdad es que esos hermanos formados o integrantes de las denominadas, en comparación con las de la prosperidad, iglesias tradicionales, tampoco cuentan con un nivel de preparación digno de elogios. Muchos son legos, sin estudio teológico alguno, varios no han completado su enseñanza elemental y algunos hasta son semi analfabetos. Por otro lado, una persona que viene de afuera lleno de problemas que vislumbra insolubles, por un asunto de lógica, de supervivencia si se quiere, busca una solución lo más inmediata posible a sus tribulaciones, sin detenerse a observar el grado de elucubración que ésta presente -lo cual además, por su estado emocional, le puede resultar confuso o aburrido-. En captar esto último es que los de la prosperidad llevan ventaja, ya que su mensaje vacío, despojado de los aspectos más elementales de la doctrina, suele calar más hondo en quienes se hallan en total desesperación. Sin embargo, a causa de su falta de estudios, los creyentes de raigambre más clásica no adquieren las destrezas argumentativas suficientes para contrarrestar lo que a fin de cuentas es un simple truco publicitario. Toda vez que un recién llegado requiere de una orientación constante en los más diversos términos, la que aparte debe ser efectuada de una forma prudente y correcta, a fin de que un malentendido no signifique el retorno a la vida secular o la determinación de ir tras los mismos evangelistas de la prosperidad, que le prometen un camino fácil, liberado del trabajo práctico e intelectual, y donde el feligrés por obligación debe acabar en la cúspide, se supone que en todos los aspectos, aunque a final de cuentas, siempre importa sólo el económico.
He ahí el dilema. La evangelización, al menos desde los avivamientos del siglo XIX, ha sido de tendencia simplista y siempre destinada a buscar el efecto inmediato. Los antiguos pentecostales y bautistas no difieren en tal aspecto de los líderes de la prosperidad, que ahora están captando más atención porque la manera de dar a conocer su discurso es novedosa y se apega a los cánones sociales actuales -donde más que nada importa la estabilidad, especialmente económica-. Por otro lado, la reacción de los hermanos más tradicionales, que insisten en mencionar de modo exclusivo y sin dar una explicación anexa los aspectos más difíciles del cristianismo, con un lenguaje excesivamente furibundo y condenatorio, en nada ayuda a revertir la situación: de hecho sólo la empeora. Da la sensación que están actuando movidos por la envidia, cuestión que en determinados casos es cierta. Aquí lo primero que se debe hacer es reconocer las culpas, y admitir hasta qué punto hemos fallado en entregar el auténtico mensaje. Fuera de reconocer que muchos de los fieles de la mentada prosperidad son cristianos honestos -y verdaderos- a los que se les puede llamar la atención pero jamás enviarlos al infierno.
Aclaremos. Fue Jesús mismo quien señaló que si los cargados viniesen a él, les ayudaría de todas las formas imaginables para que pudiesen quitarse su joroba. Una propuesta que ya marca una pequeña diferencia con los predicadores de la prosperidad, quienes aseveran que el Señor sacará los pesos sin necesidad de que los solicitantes hagan el mínimo esfuerzo de su parte. Bueno: en realidad nada que vaya más allá de la fe, que la verdad es que estas personas expresan bastante, llegando a rozar el sacrificio. Pero lo cierto es que finalmente se sienten aliviados, lo que es un gran triunfo considerando lo que algunos llevaban encima. Cosa que debiera suceder en el seno de las iglesias más clásicas, pues no lo olvidemos, fue el propio Cristo quien aseveró que una de las consecuencias de creer en el evangelio resultaba en que el penitente adquiría la capacidad de deshacerse de su onerosa mochila. Y sin embargo, la masa de no convertidos no encuentra la opción de descargarse en las congregaciones más tradicionales, donde se supone hay guías más preparados e instruidos, fuera de una historia que debiera transmitir mayor estabilidad y solidez. Muy por el contrario, se allegan a estos líderes a base de carisma y unos cuantos eslóganes publicitarios consiguen que su interlocutor experimente, cuando menos, un sucedáneo de transformación espiritual.
La verdad es que esos hermanos formados o integrantes de las denominadas, en comparación con las de la prosperidad, iglesias tradicionales, tampoco cuentan con un nivel de preparación digno de elogios. Muchos son legos, sin estudio teológico alguno, varios no han completado su enseñanza elemental y algunos hasta son semi analfabetos. Por otro lado, una persona que viene de afuera lleno de problemas que vislumbra insolubles, por un asunto de lógica, de supervivencia si se quiere, busca una solución lo más inmediata posible a sus tribulaciones, sin detenerse a observar el grado de elucubración que ésta presente -lo cual además, por su estado emocional, le puede resultar confuso o aburrido-. En captar esto último es que los de la prosperidad llevan ventaja, ya que su mensaje vacío, despojado de los aspectos más elementales de la doctrina, suele calar más hondo en quienes se hallan en total desesperación. Sin embargo, a causa de su falta de estudios, los creyentes de raigambre más clásica no adquieren las destrezas argumentativas suficientes para contrarrestar lo que a fin de cuentas es un simple truco publicitario. Toda vez que un recién llegado requiere de una orientación constante en los más diversos términos, la que aparte debe ser efectuada de una forma prudente y correcta, a fin de que un malentendido no signifique el retorno a la vida secular o la determinación de ir tras los mismos evangelistas de la prosperidad, que le prometen un camino fácil, liberado del trabajo práctico e intelectual, y donde el feligrés por obligación debe acabar en la cúspide, se supone que en todos los aspectos, aunque a final de cuentas, siempre importa sólo el económico.
He ahí el dilema. La evangelización, al menos desde los avivamientos del siglo XIX, ha sido de tendencia simplista y siempre destinada a buscar el efecto inmediato. Los antiguos pentecostales y bautistas no difieren en tal aspecto de los líderes de la prosperidad, que ahora están captando más atención porque la manera de dar a conocer su discurso es novedosa y se apega a los cánones sociales actuales -donde más que nada importa la estabilidad, especialmente económica-. Por otro lado, la reacción de los hermanos más tradicionales, que insisten en mencionar de modo exclusivo y sin dar una explicación anexa los aspectos más difíciles del cristianismo, con un lenguaje excesivamente furibundo y condenatorio, en nada ayuda a revertir la situación: de hecho sólo la empeora. Da la sensación que están actuando movidos por la envidia, cuestión que en determinados casos es cierta. Aquí lo primero que se debe hacer es reconocer las culpas, y admitir hasta qué punto hemos fallado en entregar el auténtico mensaje. Fuera de reconocer que muchos de los fieles de la mentada prosperidad son cristianos honestos -y verdaderos- a los que se les puede llamar la atención pero jamás enviarlos al infierno.
domingo, 3 de enero de 2016
Con los Gay Sí, Con Los Musulmanes No
Hace algunas semanas, diversos líderes evangélicos de Uganda se quejaban en distintos medios de comunicación cristianos por el aumento del terrorismo islámico en ese país. Encargaban con especial ahínco la oración continua y sistemática de los creyentes, a fin de ahuyentar a las fuerzas malignas, que en ese territorio debían ser especialmente poderosas porque los musulmanes no sobrepasan la décima parte de la población, y el gobierno está a cargo de un anglicano que lleva más de dos décadas al frente, quien ha demostrado con creces que posee fuerza para estar allí por un largo periodo de tiempo. En resumen, una nación regida por un hijo del Señor que estaba poniendo furioso al diablo, el cual buscaba tumbarla de todas las formas posibles.
Yoweri Museveni, aquel gobernante que por lógica todo hermano de fe está obligado a blindar con un ininterrumpido clamor hacia el cielo, es reconocido a nivel mundial como un presidente corrupto -de ésos para quienes se ha elaborado el vocablo "cleptócratas"- , quien se ha perpetuado en el cargo utilizando las tretas características de un mandatario autoritario: represión y fraude electoral. Es cierto que el tipo le ha entregado a Uganda una estabilidad política y económica que para algunos justifica su mantenimiento en el poder -incluso durante un futuro mediano-, pero el precio que ha debido pagar la población, al menos un segmento de ella, ha sido demasiado alto. Por otro lado, al menos mirando las cosas de un cierto punto de vista, este sujeto no es sino uno más en la seguidilla de legislaciones encabezadas por un religioso convencido que han administrado ese país, y que tienen pocas cuando no ninguna cosa buena que recordar. En esa nación ejerció con mano de hierro, durante tres décadas, el católico Apollo Milton Obote, un auténtico tirano acerca de quien aún falta por investigar la serie de atrocidades que cometió, y que conservó su asiento gracias a la venia de las potencias occidentales, que lo veían como un tapón contra el sinnúmero de experimentos socialistas surgidos en África tras la independencia de las antiguas colonias. Entremedio estuvo el excéntrico -y no menos cruel- Idi Amin, acusado de eliminar a sus opositores mediante el canibalismo, y que profesaba el islam. Faltaba que el otro credo importante, los evangélicos, tuvieran a su dictador, aunque bastante aporte han hecho con el Ejército de Resistencia del Señor, el que por cierto aún opera en el norte de ese Estado.
Claro que a diferencia de sus antecesores Museveni se ha esforzado por demostrar que no sólo ha venido a saquear las arcas y a regar la tierra de cadáveres, y que él sí es un hombre de fe capaz de colocar atención a las cosas divinas, incluso de usarlas en su administración. La prueba más cabal de ello ocurrió hace dos años, cuando promulgó una ley que condenaba la homosexualidad con presidio perpetuo. Una decisión que fue considerada blanda por las distintas iglesias del país, que buscaban que esa conducta fuera sancionada con pena de muerte. Un dato curioso es que ésta ha sido la tendencia de ciertos grupos evangélicos africanos, quienes han empleado su enorme influencia en las capas gobernantes de las distintas sociedades para imponer esta clase de decretos, si bien ninguno ha llegado al extremo del caso ugandés. Sin embargo, lo interesante es que en la concreción de estas iniciativas han contado con el apoyo de agrupaciones de musulmanes, algunas de las cuales les han efectuado sendos ataques, pero con quienes no han tenido reparos en negociar cuando desean que estos proyectos se transformen en cuerpos legales. Uganda no fue la excepción, pese a que no necesitaban de la escuálida representación islámica en el congreso local. Y como en las otras partes, los mahometanas se mantuvieron quietos mientras se discutían estos libelos, pero una vez aprobados, salieron a dinamitar a los desprevenidos cristianos con la violencia de siempre, aún cuando se tratase de una minoría en apariencia poco significativa.
Todo esto abre una interrogante. ¿Por qué los cristianos son incapaces de mostrar con los musulmanes la misma bravura que les ofrecen a los gay? No se trepida en sacar las penas del infierno, incluso implantarlas aquí en la tierra, contra una minoría, pero frente a otra ni siquiera se es capaz de sacar la voz y sólo queda arrodillarse -no se sabe si frente al Señor o al sicario que viene a matar rogando piedad- y elevar una tenue oración. Y es preciso recalcar: el islam en Uganda tiene una aceptación muy baja en comparación con otros territorios de África; los cristianos claramente son más. ¿Qué pasa con su presidente anglicano, por quien solicitan el clamor universal? ¿Su mano de hierro que ha caído de forma indiscriminada sobre el resto de los ciudadanos no puede con el diez por ciento de la población? Cuentan con el gobierno, con la historia, con la mayoría del territorio. Y sólo les sirve para tornarse mártires. Eso sí, después de haber apedreado al pecador.
Yoweri Museveni, aquel gobernante que por lógica todo hermano de fe está obligado a blindar con un ininterrumpido clamor hacia el cielo, es reconocido a nivel mundial como un presidente corrupto -de ésos para quienes se ha elaborado el vocablo "cleptócratas"- , quien se ha perpetuado en el cargo utilizando las tretas características de un mandatario autoritario: represión y fraude electoral. Es cierto que el tipo le ha entregado a Uganda una estabilidad política y económica que para algunos justifica su mantenimiento en el poder -incluso durante un futuro mediano-, pero el precio que ha debido pagar la población, al menos un segmento de ella, ha sido demasiado alto. Por otro lado, al menos mirando las cosas de un cierto punto de vista, este sujeto no es sino uno más en la seguidilla de legislaciones encabezadas por un religioso convencido que han administrado ese país, y que tienen pocas cuando no ninguna cosa buena que recordar. En esa nación ejerció con mano de hierro, durante tres décadas, el católico Apollo Milton Obote, un auténtico tirano acerca de quien aún falta por investigar la serie de atrocidades que cometió, y que conservó su asiento gracias a la venia de las potencias occidentales, que lo veían como un tapón contra el sinnúmero de experimentos socialistas surgidos en África tras la independencia de las antiguas colonias. Entremedio estuvo el excéntrico -y no menos cruel- Idi Amin, acusado de eliminar a sus opositores mediante el canibalismo, y que profesaba el islam. Faltaba que el otro credo importante, los evangélicos, tuvieran a su dictador, aunque bastante aporte han hecho con el Ejército de Resistencia del Señor, el que por cierto aún opera en el norte de ese Estado.
Claro que a diferencia de sus antecesores Museveni se ha esforzado por demostrar que no sólo ha venido a saquear las arcas y a regar la tierra de cadáveres, y que él sí es un hombre de fe capaz de colocar atención a las cosas divinas, incluso de usarlas en su administración. La prueba más cabal de ello ocurrió hace dos años, cuando promulgó una ley que condenaba la homosexualidad con presidio perpetuo. Una decisión que fue considerada blanda por las distintas iglesias del país, que buscaban que esa conducta fuera sancionada con pena de muerte. Un dato curioso es que ésta ha sido la tendencia de ciertos grupos evangélicos africanos, quienes han empleado su enorme influencia en las capas gobernantes de las distintas sociedades para imponer esta clase de decretos, si bien ninguno ha llegado al extremo del caso ugandés. Sin embargo, lo interesante es que en la concreción de estas iniciativas han contado con el apoyo de agrupaciones de musulmanes, algunas de las cuales les han efectuado sendos ataques, pero con quienes no han tenido reparos en negociar cuando desean que estos proyectos se transformen en cuerpos legales. Uganda no fue la excepción, pese a que no necesitaban de la escuálida representación islámica en el congreso local. Y como en las otras partes, los mahometanas se mantuvieron quietos mientras se discutían estos libelos, pero una vez aprobados, salieron a dinamitar a los desprevenidos cristianos con la violencia de siempre, aún cuando se tratase de una minoría en apariencia poco significativa.
Todo esto abre una interrogante. ¿Por qué los cristianos son incapaces de mostrar con los musulmanes la misma bravura que les ofrecen a los gay? No se trepida en sacar las penas del infierno, incluso implantarlas aquí en la tierra, contra una minoría, pero frente a otra ni siquiera se es capaz de sacar la voz y sólo queda arrodillarse -no se sabe si frente al Señor o al sicario que viene a matar rogando piedad- y elevar una tenue oración. Y es preciso recalcar: el islam en Uganda tiene una aceptación muy baja en comparación con otros territorios de África; los cristianos claramente son más. ¿Qué pasa con su presidente anglicano, por quien solicitan el clamor universal? ¿Su mano de hierro que ha caído de forma indiscriminada sobre el resto de los ciudadanos no puede con el diez por ciento de la población? Cuentan con el gobierno, con la historia, con la mayoría del territorio. Y sólo les sirve para tornarse mártires. Eso sí, después de haber apedreado al pecador.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)