El triunfo de Ted Cruz en Iowa, en el inicio de las primarias de los republicanos, ha significado una sensación de alivio en buena parte de la opinión pública norteamericana, que ha visto cómo este descendiente de inmigrantes cubanos ha desplazado del primer puesto al inefable Donald Trump. Especial interés por estos resultados han mostrado los círculos cristianos conservadores de Estados Unidos, ya que este político, que es hijo de un pastor bautista, jamás ha dejado de asistir ni de participar en su iglesia local, y siempre ha defendido los principios de moralina que caracterizan a estos grupos.
Si uno empieza a hurgar en las protestas y en el pensamiento de Cruz, se dará cuenta de que, aparte de ser escasos, no difieren en gran medida de los planteamientos de cualquier postulante republicano medio a la presidencia norteamericana (y que salvo las cuestiones morales mencionadas en el párrafo anterior, tampoco son distintas de las de otro aspirante favorito en general). Pero además, se asemejan bastante a los escupitajos enunciados por el odioso Trump. En varias ocasiones se ha mostrado partidario de establecer normas más duras contra los inmigrantes -siendo él, precisamente, uno de ellos-, y su discurso hacia representantes de otras culturas y religiones, posee una mezcla de intolerancia e ignorancia que a veces cae en lo patético. Por ejemplo, hace pocos días señaló que para frenar al Estado Islámico, iba a aumentar los bombardeos sobre Siria, enfocándose en las áreas de origen de ese movimiento o donde los informes de inteligencia señalaran que mantenía cuarteles generales. Nadie le ha avisado a Ted, que esa estrategia se viene utilizando durante tres años y que en lugar de neutralizar a dicha organización, ha provocado que se disperse por otros países árabes, Europa y el mismo suelo norteamericano, como lo demuestran los ataques terroristas perpetrados a fines del 2015.
Cruz genera atracción en los cristianos más conservadores, porque entrega una imagen de la clásica austeridad protestante, en el sentido de la sobriedad social, al menos en los aspectos de la vida cotidiana que son seculares o se desarrollan fuera de los límites de los templos. En ese ámbito, no se le va a escuchar un insulto grandilocuente como que los mexicanos son todos unos violadores y traficantes, que ha sido una de las declaraciones más polémicas de Trump. Sus acciones, empero, son más sutiles y no tienden a provocar una reacción inmediata, sino que se emiten con las, digamos, palabras adecuadas, a fin de que el oyente llegue a valorarlas incluso en términos positivos. Es, en definitiva, una demostración de lo políticamente correcto. Algo que no es muy bien visto en quienes estas últimas semanas le han expresado su apoyo, porque consideran que equivale a ese relajamiento moral que les ocasiones tantas aprehensiones porque con él va aparejado, entre otros elementos, el matrimonio homosexual. Y por ello en círculos evangélicos y bíblicos dicha conducta se describe con una sola palabra: hipocresía. Una actitud que no sólo puede ser encontrada en Ted sino también en sus potenciales votantes, muchos de quienes, siquiera por descarte, antes de lo acaecido en Iowa hallaban coincidencias entre el pensamiento de Donald y el modelo de creyente.
Finalmente, bueno es prestar atención a una estratagema bastante sucia que habría cometido Cruz durante la votación de Iowa. En ese acontecimiento había otro postulante, Ben Carson, que se presentaba con opciones de hacerle sombra a Trump, usando la misma estrategia de captar el sufragio cristiano conservador. Durante el desarrollo de este evento, los partidarios de Ted hicieron correr la voz de que este candidato se retiraría de la contienda en favor suyo, ante el menor arrastre que convocaría. El mismo Carson, de confesión adventista, salió a desmentir ese rumor, lo que no evitó la fuga de simpatizantes. Un episodio oscuro que nos lleva a exclamar "por sus frutos nos conoceréis".
lunes, 8 de febrero de 2016
domingo, 24 de enero de 2016
El Triunfo de la Prosperidad
El aumento de la ideología de la prosperidad al interior de los templos evangélicos es, desde luego, preocupante. Su expansión ya no se limita a esos enormes templos que los principales líderes de esta corriente han ordenado erigir -con intenciones genuinas de alabar al Señor y asegurar un confort para que el número siempre creciente de fieles igualmente lo haga, pero también, siquiera de modo inconsciente, para satisfacer su propio ego-, sino que además las prácticas de esas congregaciones, como el cántico efusivo y permanente y la reducción cuando no ausencia de la lectura y del estudio bíblicos, están siendo asimiladas con gran fuerza en las iglesias más convencionales, donde no faltan -a veces sobran- voceros que citan frases o recomiendan textos de estas personas, sin reparar en los errores teológicos o doctrinales que pueden contener.
Aclaremos. Fue Jesús mismo quien señaló que si los cargados viniesen a él, les ayudaría de todas las formas imaginables para que pudiesen quitarse su joroba. Una propuesta que ya marca una pequeña diferencia con los predicadores de la prosperidad, quienes aseveran que el Señor sacará los pesos sin necesidad de que los solicitantes hagan el mínimo esfuerzo de su parte. Bueno: en realidad nada que vaya más allá de la fe, que la verdad es que estas personas expresan bastante, llegando a rozar el sacrificio. Pero lo cierto es que finalmente se sienten aliviados, lo que es un gran triunfo considerando lo que algunos llevaban encima. Cosa que debiera suceder en el seno de las iglesias más clásicas, pues no lo olvidemos, fue el propio Cristo quien aseveró que una de las consecuencias de creer en el evangelio resultaba en que el penitente adquiría la capacidad de deshacerse de su onerosa mochila. Y sin embargo, la masa de no convertidos no encuentra la opción de descargarse en las congregaciones más tradicionales, donde se supone hay guías más preparados e instruidos, fuera de una historia que debiera transmitir mayor estabilidad y solidez. Muy por el contrario, se allegan a estos líderes a base de carisma y unos cuantos eslóganes publicitarios consiguen que su interlocutor experimente, cuando menos, un sucedáneo de transformación espiritual.
La verdad es que esos hermanos formados o integrantes de las denominadas, en comparación con las de la prosperidad, iglesias tradicionales, tampoco cuentan con un nivel de preparación digno de elogios. Muchos son legos, sin estudio teológico alguno, varios no han completado su enseñanza elemental y algunos hasta son semi analfabetos. Por otro lado, una persona que viene de afuera lleno de problemas que vislumbra insolubles, por un asunto de lógica, de supervivencia si se quiere, busca una solución lo más inmediata posible a sus tribulaciones, sin detenerse a observar el grado de elucubración que ésta presente -lo cual además, por su estado emocional, le puede resultar confuso o aburrido-. En captar esto último es que los de la prosperidad llevan ventaja, ya que su mensaje vacío, despojado de los aspectos más elementales de la doctrina, suele calar más hondo en quienes se hallan en total desesperación. Sin embargo, a causa de su falta de estudios, los creyentes de raigambre más clásica no adquieren las destrezas argumentativas suficientes para contrarrestar lo que a fin de cuentas es un simple truco publicitario. Toda vez que un recién llegado requiere de una orientación constante en los más diversos términos, la que aparte debe ser efectuada de una forma prudente y correcta, a fin de que un malentendido no signifique el retorno a la vida secular o la determinación de ir tras los mismos evangelistas de la prosperidad, que le prometen un camino fácil, liberado del trabajo práctico e intelectual, y donde el feligrés por obligación debe acabar en la cúspide, se supone que en todos los aspectos, aunque a final de cuentas, siempre importa sólo el económico.
He ahí el dilema. La evangelización, al menos desde los avivamientos del siglo XIX, ha sido de tendencia simplista y siempre destinada a buscar el efecto inmediato. Los antiguos pentecostales y bautistas no difieren en tal aspecto de los líderes de la prosperidad, que ahora están captando más atención porque la manera de dar a conocer su discurso es novedosa y se apega a los cánones sociales actuales -donde más que nada importa la estabilidad, especialmente económica-. Por otro lado, la reacción de los hermanos más tradicionales, que insisten en mencionar de modo exclusivo y sin dar una explicación anexa los aspectos más difíciles del cristianismo, con un lenguaje excesivamente furibundo y condenatorio, en nada ayuda a revertir la situación: de hecho sólo la empeora. Da la sensación que están actuando movidos por la envidia, cuestión que en determinados casos es cierta. Aquí lo primero que se debe hacer es reconocer las culpas, y admitir hasta qué punto hemos fallado en entregar el auténtico mensaje. Fuera de reconocer que muchos de los fieles de la mentada prosperidad son cristianos honestos -y verdaderos- a los que se les puede llamar la atención pero jamás enviarlos al infierno.
Aclaremos. Fue Jesús mismo quien señaló que si los cargados viniesen a él, les ayudaría de todas las formas imaginables para que pudiesen quitarse su joroba. Una propuesta que ya marca una pequeña diferencia con los predicadores de la prosperidad, quienes aseveran que el Señor sacará los pesos sin necesidad de que los solicitantes hagan el mínimo esfuerzo de su parte. Bueno: en realidad nada que vaya más allá de la fe, que la verdad es que estas personas expresan bastante, llegando a rozar el sacrificio. Pero lo cierto es que finalmente se sienten aliviados, lo que es un gran triunfo considerando lo que algunos llevaban encima. Cosa que debiera suceder en el seno de las iglesias más clásicas, pues no lo olvidemos, fue el propio Cristo quien aseveró que una de las consecuencias de creer en el evangelio resultaba en que el penitente adquiría la capacidad de deshacerse de su onerosa mochila. Y sin embargo, la masa de no convertidos no encuentra la opción de descargarse en las congregaciones más tradicionales, donde se supone hay guías más preparados e instruidos, fuera de una historia que debiera transmitir mayor estabilidad y solidez. Muy por el contrario, se allegan a estos líderes a base de carisma y unos cuantos eslóganes publicitarios consiguen que su interlocutor experimente, cuando menos, un sucedáneo de transformación espiritual.
La verdad es que esos hermanos formados o integrantes de las denominadas, en comparación con las de la prosperidad, iglesias tradicionales, tampoco cuentan con un nivel de preparación digno de elogios. Muchos son legos, sin estudio teológico alguno, varios no han completado su enseñanza elemental y algunos hasta son semi analfabetos. Por otro lado, una persona que viene de afuera lleno de problemas que vislumbra insolubles, por un asunto de lógica, de supervivencia si se quiere, busca una solución lo más inmediata posible a sus tribulaciones, sin detenerse a observar el grado de elucubración que ésta presente -lo cual además, por su estado emocional, le puede resultar confuso o aburrido-. En captar esto último es que los de la prosperidad llevan ventaja, ya que su mensaje vacío, despojado de los aspectos más elementales de la doctrina, suele calar más hondo en quienes se hallan en total desesperación. Sin embargo, a causa de su falta de estudios, los creyentes de raigambre más clásica no adquieren las destrezas argumentativas suficientes para contrarrestar lo que a fin de cuentas es un simple truco publicitario. Toda vez que un recién llegado requiere de una orientación constante en los más diversos términos, la que aparte debe ser efectuada de una forma prudente y correcta, a fin de que un malentendido no signifique el retorno a la vida secular o la determinación de ir tras los mismos evangelistas de la prosperidad, que le prometen un camino fácil, liberado del trabajo práctico e intelectual, y donde el feligrés por obligación debe acabar en la cúspide, se supone que en todos los aspectos, aunque a final de cuentas, siempre importa sólo el económico.
He ahí el dilema. La evangelización, al menos desde los avivamientos del siglo XIX, ha sido de tendencia simplista y siempre destinada a buscar el efecto inmediato. Los antiguos pentecostales y bautistas no difieren en tal aspecto de los líderes de la prosperidad, que ahora están captando más atención porque la manera de dar a conocer su discurso es novedosa y se apega a los cánones sociales actuales -donde más que nada importa la estabilidad, especialmente económica-. Por otro lado, la reacción de los hermanos más tradicionales, que insisten en mencionar de modo exclusivo y sin dar una explicación anexa los aspectos más difíciles del cristianismo, con un lenguaje excesivamente furibundo y condenatorio, en nada ayuda a revertir la situación: de hecho sólo la empeora. Da la sensación que están actuando movidos por la envidia, cuestión que en determinados casos es cierta. Aquí lo primero que se debe hacer es reconocer las culpas, y admitir hasta qué punto hemos fallado en entregar el auténtico mensaje. Fuera de reconocer que muchos de los fieles de la mentada prosperidad son cristianos honestos -y verdaderos- a los que se les puede llamar la atención pero jamás enviarlos al infierno.
domingo, 3 de enero de 2016
Con los Gay Sí, Con Los Musulmanes No
Hace algunas semanas, diversos líderes evangélicos de Uganda se quejaban en distintos medios de comunicación cristianos por el aumento del terrorismo islámico en ese país. Encargaban con especial ahínco la oración continua y sistemática de los creyentes, a fin de ahuyentar a las fuerzas malignas, que en ese territorio debían ser especialmente poderosas porque los musulmanes no sobrepasan la décima parte de la población, y el gobierno está a cargo de un anglicano que lleva más de dos décadas al frente, quien ha demostrado con creces que posee fuerza para estar allí por un largo periodo de tiempo. En resumen, una nación regida por un hijo del Señor que estaba poniendo furioso al diablo, el cual buscaba tumbarla de todas las formas posibles.
Yoweri Museveni, aquel gobernante que por lógica todo hermano de fe está obligado a blindar con un ininterrumpido clamor hacia el cielo, es reconocido a nivel mundial como un presidente corrupto -de ésos para quienes se ha elaborado el vocablo "cleptócratas"- , quien se ha perpetuado en el cargo utilizando las tretas características de un mandatario autoritario: represión y fraude electoral. Es cierto que el tipo le ha entregado a Uganda una estabilidad política y económica que para algunos justifica su mantenimiento en el poder -incluso durante un futuro mediano-, pero el precio que ha debido pagar la población, al menos un segmento de ella, ha sido demasiado alto. Por otro lado, al menos mirando las cosas de un cierto punto de vista, este sujeto no es sino uno más en la seguidilla de legislaciones encabezadas por un religioso convencido que han administrado ese país, y que tienen pocas cuando no ninguna cosa buena que recordar. En esa nación ejerció con mano de hierro, durante tres décadas, el católico Apollo Milton Obote, un auténtico tirano acerca de quien aún falta por investigar la serie de atrocidades que cometió, y que conservó su asiento gracias a la venia de las potencias occidentales, que lo veían como un tapón contra el sinnúmero de experimentos socialistas surgidos en África tras la independencia de las antiguas colonias. Entremedio estuvo el excéntrico -y no menos cruel- Idi Amin, acusado de eliminar a sus opositores mediante el canibalismo, y que profesaba el islam. Faltaba que el otro credo importante, los evangélicos, tuvieran a su dictador, aunque bastante aporte han hecho con el Ejército de Resistencia del Señor, el que por cierto aún opera en el norte de ese Estado.
Claro que a diferencia de sus antecesores Museveni se ha esforzado por demostrar que no sólo ha venido a saquear las arcas y a regar la tierra de cadáveres, y que él sí es un hombre de fe capaz de colocar atención a las cosas divinas, incluso de usarlas en su administración. La prueba más cabal de ello ocurrió hace dos años, cuando promulgó una ley que condenaba la homosexualidad con presidio perpetuo. Una decisión que fue considerada blanda por las distintas iglesias del país, que buscaban que esa conducta fuera sancionada con pena de muerte. Un dato curioso es que ésta ha sido la tendencia de ciertos grupos evangélicos africanos, quienes han empleado su enorme influencia en las capas gobernantes de las distintas sociedades para imponer esta clase de decretos, si bien ninguno ha llegado al extremo del caso ugandés. Sin embargo, lo interesante es que en la concreción de estas iniciativas han contado con el apoyo de agrupaciones de musulmanes, algunas de las cuales les han efectuado sendos ataques, pero con quienes no han tenido reparos en negociar cuando desean que estos proyectos se transformen en cuerpos legales. Uganda no fue la excepción, pese a que no necesitaban de la escuálida representación islámica en el congreso local. Y como en las otras partes, los mahometanas se mantuvieron quietos mientras se discutían estos libelos, pero una vez aprobados, salieron a dinamitar a los desprevenidos cristianos con la violencia de siempre, aún cuando se tratase de una minoría en apariencia poco significativa.
Todo esto abre una interrogante. ¿Por qué los cristianos son incapaces de mostrar con los musulmanes la misma bravura que les ofrecen a los gay? No se trepida en sacar las penas del infierno, incluso implantarlas aquí en la tierra, contra una minoría, pero frente a otra ni siquiera se es capaz de sacar la voz y sólo queda arrodillarse -no se sabe si frente al Señor o al sicario que viene a matar rogando piedad- y elevar una tenue oración. Y es preciso recalcar: el islam en Uganda tiene una aceptación muy baja en comparación con otros territorios de África; los cristianos claramente son más. ¿Qué pasa con su presidente anglicano, por quien solicitan el clamor universal? ¿Su mano de hierro que ha caído de forma indiscriminada sobre el resto de los ciudadanos no puede con el diez por ciento de la población? Cuentan con el gobierno, con la historia, con la mayoría del territorio. Y sólo les sirve para tornarse mártires. Eso sí, después de haber apedreado al pecador.
Yoweri Museveni, aquel gobernante que por lógica todo hermano de fe está obligado a blindar con un ininterrumpido clamor hacia el cielo, es reconocido a nivel mundial como un presidente corrupto -de ésos para quienes se ha elaborado el vocablo "cleptócratas"- , quien se ha perpetuado en el cargo utilizando las tretas características de un mandatario autoritario: represión y fraude electoral. Es cierto que el tipo le ha entregado a Uganda una estabilidad política y económica que para algunos justifica su mantenimiento en el poder -incluso durante un futuro mediano-, pero el precio que ha debido pagar la población, al menos un segmento de ella, ha sido demasiado alto. Por otro lado, al menos mirando las cosas de un cierto punto de vista, este sujeto no es sino uno más en la seguidilla de legislaciones encabezadas por un religioso convencido que han administrado ese país, y que tienen pocas cuando no ninguna cosa buena que recordar. En esa nación ejerció con mano de hierro, durante tres décadas, el católico Apollo Milton Obote, un auténtico tirano acerca de quien aún falta por investigar la serie de atrocidades que cometió, y que conservó su asiento gracias a la venia de las potencias occidentales, que lo veían como un tapón contra el sinnúmero de experimentos socialistas surgidos en África tras la independencia de las antiguas colonias. Entremedio estuvo el excéntrico -y no menos cruel- Idi Amin, acusado de eliminar a sus opositores mediante el canibalismo, y que profesaba el islam. Faltaba que el otro credo importante, los evangélicos, tuvieran a su dictador, aunque bastante aporte han hecho con el Ejército de Resistencia del Señor, el que por cierto aún opera en el norte de ese Estado.
Claro que a diferencia de sus antecesores Museveni se ha esforzado por demostrar que no sólo ha venido a saquear las arcas y a regar la tierra de cadáveres, y que él sí es un hombre de fe capaz de colocar atención a las cosas divinas, incluso de usarlas en su administración. La prueba más cabal de ello ocurrió hace dos años, cuando promulgó una ley que condenaba la homosexualidad con presidio perpetuo. Una decisión que fue considerada blanda por las distintas iglesias del país, que buscaban que esa conducta fuera sancionada con pena de muerte. Un dato curioso es que ésta ha sido la tendencia de ciertos grupos evangélicos africanos, quienes han empleado su enorme influencia en las capas gobernantes de las distintas sociedades para imponer esta clase de decretos, si bien ninguno ha llegado al extremo del caso ugandés. Sin embargo, lo interesante es que en la concreción de estas iniciativas han contado con el apoyo de agrupaciones de musulmanes, algunas de las cuales les han efectuado sendos ataques, pero con quienes no han tenido reparos en negociar cuando desean que estos proyectos se transformen en cuerpos legales. Uganda no fue la excepción, pese a que no necesitaban de la escuálida representación islámica en el congreso local. Y como en las otras partes, los mahometanas se mantuvieron quietos mientras se discutían estos libelos, pero una vez aprobados, salieron a dinamitar a los desprevenidos cristianos con la violencia de siempre, aún cuando se tratase de una minoría en apariencia poco significativa.
Todo esto abre una interrogante. ¿Por qué los cristianos son incapaces de mostrar con los musulmanes la misma bravura que les ofrecen a los gay? No se trepida en sacar las penas del infierno, incluso implantarlas aquí en la tierra, contra una minoría, pero frente a otra ni siquiera se es capaz de sacar la voz y sólo queda arrodillarse -no se sabe si frente al Señor o al sicario que viene a matar rogando piedad- y elevar una tenue oración. Y es preciso recalcar: el islam en Uganda tiene una aceptación muy baja en comparación con otros territorios de África; los cristianos claramente son más. ¿Qué pasa con su presidente anglicano, por quien solicitan el clamor universal? ¿Su mano de hierro que ha caído de forma indiscriminada sobre el resto de los ciudadanos no puede con el diez por ciento de la población? Cuentan con el gobierno, con la historia, con la mayoría del territorio. Y sólo les sirve para tornarse mártires. Eso sí, después de haber apedreado al pecador.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Con Las Rodillas Sangrantes
Pasó otra celebración de la Inmaculada Concepción, y como es costumbre, vimos los santuarios católicos marianos repletos de peregrinos que cuales gusanos humanos se arrastraban por el asfalto, desde un punto de partida previamente demarcado, hasta el altar donde yacía la correspondiente imagen de la Virgen, destrozándose las rodillas en el trayecto, un hecho que bien podría provocar una infección o una atrofia en las extremidades. Personalmente, me llamó la atención una cuña periodística donde el sacerdote encargado del recinto de Lo Vásquez, el más conocido y visitado de estos lugares, declaraba algo así como que bajo el punto de vista de la teología católica, no podía compartir estas extremas demostraciones de fe, pero que igualmente las respetaba y las comprendía, dos palabras memorizadas que se suelen usar en estas ocasiones como forma de salir del paso.
Resulta hasta agradable escuchar por fin a un cura advertir que estas manifestaciones no corresponden al cristianismo en general ni al catolicismo en particular -el que finalmente también es creyente en Jesús-. Sin embargo -y dejando de considerar el hecho de que, por un investido que deja las cosas claras, hay cientos e incluso miles que no obran de la misma manera-, ¿qué se esconde detrás de ese "respeto y comprensión", dos términos vagos empleados la mayoría de las oportunidades, en ésta también, como simples muletillas, vaciados de sus contenidos al extremo que si a su emisor se le pide elaborar un significado contextual de ellos, lo más probable es que no sepa qué responder? Si por eso entendemos la aceptación de estas costumbres consideradas heterodoxas, tenemos entonces que dentro de la iglesia romana se permiten expresiones ajenas a las auténticas, y que los líderes espirituales, si no las alientan, al menos las toleran. En circunstancias que, de acuerdo a esa misma teología a la cual apelaba el sacerdote, quien viene con modos de alabanza extraños acaba siendo condenado y prueba de aquello son los anatemas que desde la institución han sido lanzados contra visiones alternativas de la fe, como la Reforma o la doctrina de la liberación, que han sido tachadas de herejías, sectas o desviaciones incompatibles, y a sus defensores, les ha traído la hoguera, la cárcel o en los últimos tiempos, la excomunión.
Por lo tanto, es menester interrogar a un cura o a un teólogo católico acerca de la permisividad en esta clase de conductas, cuando en situaciones surgidas en contextos distintos, pero comparables, la vara de medición es otra. Tal vez la respuesta se halle en los réditos económicos que dejan actividades como la de Lo Vásquez, las cuales no sólo se pueden evaluar en el marco del beneficio pecuniario inmediato. Porque aparte del dinero que los fieles depositan en el santuario por concepto de ofrendas -que no es menor-, están todos los artilugios que los pequeños comerciantes venden dentro o alrededor de los templos, personas que de seguro también son católicos y deben destinar una fracción de ganancias a aumentar las limosnas, fuera de que están obligados a pagar los permisos correspondientes si pretenden instalarse al interior del recinto. Objetos que van desde lo más usado en estos menesteres -flores. rosarios, lápidas para inscripciones- hasta los más variados chiches para entretenerse durante el rato. Por otro lado, la institución romana, como tal, con esta clase de eventos masivos proyecta una imagen de arraigo popular mayoritario, lo que en términos sociológicos y mentales es muy importante, en especial en la actualidad cuando la curia se ha visto remecida por escándalos de orden sexual y financiero, y se discuten una serie de reformas legales y políticas que le podrían acarrear una merma considerable en sus privilegios. Lo que se llama un negocio redondo.
Si los sacerdotes realmente estuvieran del lado de sus feligreses y predicaran el verdadero evangelio, entonces hablarían al unísono y con absoluta claridad acerca del grueso error que cometen las personas que efectúan estas prácticas creyendo que con ellas se acercarán a la salvación. Primero, no sólo Jesús, sino que en cualquier parte de la Biblia, podemos ubicar textos que condenan toda forma que implique una mutilación corporal o que conduzca indirectamente al deterioro del organismo, y más son rechazadas sin con ellas se pretende hacer gala de un fervor cristiano. Por otra parte no olvidemos que la fe en el Señor es ante todo práctica, y aunque demande sacrificios, en caso alguno están relacionados con una autodestrucción física que al penitente, a la corta y a la larga, le hará más mal que bien (por el dolor de las rodillas, la eventual atención médica y el riesgo de infección). El paralelo tendencioso que se suele hacer entre estas expresiones y las conductas de ciertos evangélicos, que saltan y gritan en momentos de supuesto éxtasis, no resiste análisis, ya que ellos no terminan dañados en su humanidad, fuera de que se trata de demostraciones no aceptadas por todos, y la verdad, a algunos los deja en el más completo ridículo, además de ir contra del mandato de orar en silencio y no imitar a los hipócritas. Lo que es válido también para quienes se arrastran detrás de los tontos.
Resulta hasta agradable escuchar por fin a un cura advertir que estas manifestaciones no corresponden al cristianismo en general ni al catolicismo en particular -el que finalmente también es creyente en Jesús-. Sin embargo -y dejando de considerar el hecho de que, por un investido que deja las cosas claras, hay cientos e incluso miles que no obran de la misma manera-, ¿qué se esconde detrás de ese "respeto y comprensión", dos términos vagos empleados la mayoría de las oportunidades, en ésta también, como simples muletillas, vaciados de sus contenidos al extremo que si a su emisor se le pide elaborar un significado contextual de ellos, lo más probable es que no sepa qué responder? Si por eso entendemos la aceptación de estas costumbres consideradas heterodoxas, tenemos entonces que dentro de la iglesia romana se permiten expresiones ajenas a las auténticas, y que los líderes espirituales, si no las alientan, al menos las toleran. En circunstancias que, de acuerdo a esa misma teología a la cual apelaba el sacerdote, quien viene con modos de alabanza extraños acaba siendo condenado y prueba de aquello son los anatemas que desde la institución han sido lanzados contra visiones alternativas de la fe, como la Reforma o la doctrina de la liberación, que han sido tachadas de herejías, sectas o desviaciones incompatibles, y a sus defensores, les ha traído la hoguera, la cárcel o en los últimos tiempos, la excomunión.
Por lo tanto, es menester interrogar a un cura o a un teólogo católico acerca de la permisividad en esta clase de conductas, cuando en situaciones surgidas en contextos distintos, pero comparables, la vara de medición es otra. Tal vez la respuesta se halle en los réditos económicos que dejan actividades como la de Lo Vásquez, las cuales no sólo se pueden evaluar en el marco del beneficio pecuniario inmediato. Porque aparte del dinero que los fieles depositan en el santuario por concepto de ofrendas -que no es menor-, están todos los artilugios que los pequeños comerciantes venden dentro o alrededor de los templos, personas que de seguro también son católicos y deben destinar una fracción de ganancias a aumentar las limosnas, fuera de que están obligados a pagar los permisos correspondientes si pretenden instalarse al interior del recinto. Objetos que van desde lo más usado en estos menesteres -flores. rosarios, lápidas para inscripciones- hasta los más variados chiches para entretenerse durante el rato. Por otro lado, la institución romana, como tal, con esta clase de eventos masivos proyecta una imagen de arraigo popular mayoritario, lo que en términos sociológicos y mentales es muy importante, en especial en la actualidad cuando la curia se ha visto remecida por escándalos de orden sexual y financiero, y se discuten una serie de reformas legales y políticas que le podrían acarrear una merma considerable en sus privilegios. Lo que se llama un negocio redondo.
Si los sacerdotes realmente estuvieran del lado de sus feligreses y predicaran el verdadero evangelio, entonces hablarían al unísono y con absoluta claridad acerca del grueso error que cometen las personas que efectúan estas prácticas creyendo que con ellas se acercarán a la salvación. Primero, no sólo Jesús, sino que en cualquier parte de la Biblia, podemos ubicar textos que condenan toda forma que implique una mutilación corporal o que conduzca indirectamente al deterioro del organismo, y más son rechazadas sin con ellas se pretende hacer gala de un fervor cristiano. Por otra parte no olvidemos que la fe en el Señor es ante todo práctica, y aunque demande sacrificios, en caso alguno están relacionados con una autodestrucción física que al penitente, a la corta y a la larga, le hará más mal que bien (por el dolor de las rodillas, la eventual atención médica y el riesgo de infección). El paralelo tendencioso que se suele hacer entre estas expresiones y las conductas de ciertos evangélicos, que saltan y gritan en momentos de supuesto éxtasis, no resiste análisis, ya que ellos no terminan dañados en su humanidad, fuera de que se trata de demostraciones no aceptadas por todos, y la verdad, a algunos los deja en el más completo ridículo, además de ir contra del mandato de orar en silencio y no imitar a los hipócritas. Lo que es válido también para quienes se arrastran detrás de los tontos.
domingo, 29 de noviembre de 2015
Javier Soto O Del Sometimiento a Las Autoridades
Una vez más el auto proclamado pastor Javier Soto protagonizó un escándalo en tribunales. Tras recibir a condena que lo obliga a firmar en forma semanal por unos meses a causa de los insultos y amenazas que profirió en plena calle a miembros de la comunidad homosexual, en la misma sala de la corte lanzó sus diatribas en contra de todos quienes se encontraban allí presentes, incluyendo al juez que lo sentenció, aseverando -lo más suave- que arderán en el infierno por utilizar el ordenamiento legal para oponerse a la auténtica justicia, que es la del Señor. Pese a que su reacción le podría haber significado ahí mismo una detención y encarcelación por desacato -delito que se halla tipificado-, el magistrado optó por no actuar, lo cual le permitió continuar acosando verbal y hasta físicamente a los dirigentes gay, ya fuera del edificio ministerial.
Durante mucho tiempo, los evangélicos latinoamericanos defendieron y siguieron de manera incondicional el principio del sometimiento a las autoridades civiles basado en una interpretación particular del capítulo trece de la carta a los Romanos. La premisa era válida para toda clase de gobernantes, también los más injustos -que han abundado en esta parte del globo-, incluso si dictaban leyes o defendían conductas que se podían interpretar como actos de persecución. Dicho proceder anulaba toda posibilidad de protesta, resistencia y en ciertos casos hasta disidencia, pues se suponía que esas personas estaban ahí por voluntad de Dios y por ende el creyente arriesgaba contradecirlo a Él, lo cual constituía una situación de desobediencia. Lo cual era muy significativo en un grupo de territorios dominados no por gente inspirada en la Reforma sino de tradición católica, quienes se escudaban en los mismos sacerdotes para cometer sus abusos (purpurados que por cierto en muchas ocasiones eran cómplices). La idea era que estas demostraciones de mansedumbre tarde o temprano iban a conmover o al menos llamar la atención de quienes tomaban las decisiones, e iban a terminar reconociendo la verdadera preeminencia del Señor.
Sin embargo, en el último tiempo esos mismos evangélicos han hecho una curiosa y a la vez notable excepción, cuando se trata de regular la situación de los homosexuales. Si una autoridad determinada habla favorablemente de ellos, de inmediato los líderes más vistosos saltan condenando la opinión y advirtiendo a tal o cual dirigente que acabará en el averno y que si continúa así podría conducir hasta a la misma sociedad que rige a la perdición. En los últimos años hemos sido testigos de cómo agrupaciones de iglesias han convocado movilizaciones masivas en contra de iniciativas que no sólo buscan el reconocimiento de las parejas gay, sino también de aquellas que buscan frenar los actos de hostilidad discriminatoria, incluso de los intentos por derogar leyes punitivas hacia esa práctica. Algunas de esas manifestaciones, de carácter muy desafiante y airado. En algunos casos, acompañados por representantes de otros credos, de quienes hace sólo unos años se decía que el auténtico cristiano no debía tener contacto a fin de no ser contaminado con falsas doctrinas. Y entre todas estas expresiones públicas aparecen lobos solitarios como el inefable Javier Soto, a quien muchos hermanos aplauden y hasta alientan a mantener su conducta, pese a que su accionar se basa en el odio, la irracionalidad y el insulto incluso -lo vimos hace unos días- contra magistrados y parlamentarios, precisamente "lo establecido por Dios".
Algunos creyentes han justificado su accionar aseverando que a veces la misma autoridad no acata el plan divino y por ende se opone a quien lo colocó ahí, lo que a la postre puede redundar en la destrucción de la comunidad. Puede tratarse de una postura honesta, pero más de alguno está expresando con ello un cambio de opinión respecto de un asunto que, porque el Señor mismo lo ordenó, debiera ser inmutable. Además hay que recordar que durante siglos los gobernantes latinoamericanos se han destacado por obrar de manera ajena a lo indicado por Jah y los evangélicos nunca han levantado la voz. Incluso en épocas actuales. ¿Por qué los homosexuales se han transformado en una piedra de tope, que lleva hasta a modificar preceptos considerados mandatos celestiales? Es una contradicción que da para reflexionar.
Durante mucho tiempo, los evangélicos latinoamericanos defendieron y siguieron de manera incondicional el principio del sometimiento a las autoridades civiles basado en una interpretación particular del capítulo trece de la carta a los Romanos. La premisa era válida para toda clase de gobernantes, también los más injustos -que han abundado en esta parte del globo-, incluso si dictaban leyes o defendían conductas que se podían interpretar como actos de persecución. Dicho proceder anulaba toda posibilidad de protesta, resistencia y en ciertos casos hasta disidencia, pues se suponía que esas personas estaban ahí por voluntad de Dios y por ende el creyente arriesgaba contradecirlo a Él, lo cual constituía una situación de desobediencia. Lo cual era muy significativo en un grupo de territorios dominados no por gente inspirada en la Reforma sino de tradición católica, quienes se escudaban en los mismos sacerdotes para cometer sus abusos (purpurados que por cierto en muchas ocasiones eran cómplices). La idea era que estas demostraciones de mansedumbre tarde o temprano iban a conmover o al menos llamar la atención de quienes tomaban las decisiones, e iban a terminar reconociendo la verdadera preeminencia del Señor.
Sin embargo, en el último tiempo esos mismos evangélicos han hecho una curiosa y a la vez notable excepción, cuando se trata de regular la situación de los homosexuales. Si una autoridad determinada habla favorablemente de ellos, de inmediato los líderes más vistosos saltan condenando la opinión y advirtiendo a tal o cual dirigente que acabará en el averno y que si continúa así podría conducir hasta a la misma sociedad que rige a la perdición. En los últimos años hemos sido testigos de cómo agrupaciones de iglesias han convocado movilizaciones masivas en contra de iniciativas que no sólo buscan el reconocimiento de las parejas gay, sino también de aquellas que buscan frenar los actos de hostilidad discriminatoria, incluso de los intentos por derogar leyes punitivas hacia esa práctica. Algunas de esas manifestaciones, de carácter muy desafiante y airado. En algunos casos, acompañados por representantes de otros credos, de quienes hace sólo unos años se decía que el auténtico cristiano no debía tener contacto a fin de no ser contaminado con falsas doctrinas. Y entre todas estas expresiones públicas aparecen lobos solitarios como el inefable Javier Soto, a quien muchos hermanos aplauden y hasta alientan a mantener su conducta, pese a que su accionar se basa en el odio, la irracionalidad y el insulto incluso -lo vimos hace unos días- contra magistrados y parlamentarios, precisamente "lo establecido por Dios".
Algunos creyentes han justificado su accionar aseverando que a veces la misma autoridad no acata el plan divino y por ende se opone a quien lo colocó ahí, lo que a la postre puede redundar en la destrucción de la comunidad. Puede tratarse de una postura honesta, pero más de alguno está expresando con ello un cambio de opinión respecto de un asunto que, porque el Señor mismo lo ordenó, debiera ser inmutable. Además hay que recordar que durante siglos los gobernantes latinoamericanos se han destacado por obrar de manera ajena a lo indicado por Jah y los evangélicos nunca han levantado la voz. Incluso en épocas actuales. ¿Por qué los homosexuales se han transformado en una piedra de tope, que lleva hasta a modificar preceptos considerados mandatos celestiales? Es una contradicción que da para reflexionar.
domingo, 15 de noviembre de 2015
Los Terroristas Que Devoraron París
¿Qué han hecho los gobiernos franceses para que el pueblo de ese país deba ser injustamente castigado por un grupo de fanáticos religiosos? La verdad es que bastante. Y no todo se circunscribe al colonialismo decimonónico ni a la actitud rastrera de las legislaturas más recientes, que han secundado a sus pares de Estados Unidos en cuanta invasión militar han concretado o planeado estos últimos, varias de ellas, por cierto, en territorios con una población mayoritariamente islámica, que a causa de diversas circunstancias sociales, históricas o políticas, está dispuesta a respaldar a cualquier líder carismático que represente a las variantes más extremistas de su credo, que a la larga, como en cualquier orden de cosas, son capaces de producir cohesión e identidad.
Sólo hay que retroceder a la época en que las diversas dependencias francesas, en especial las de África y Asia, comenzaron a luchar por su independencia. A diferencia de los británicos, que salvo el caso de la India -que de todas formas se resolvió de forma pacífica gracias a la voluntad de Gandhi- se desprendieron de sus enclaves mediante acuerdos que se plasmaron en organismos internacionales como la Commonwealth, las sucesivas administraciones galas dieron reiterada cuenta de su anacronismo y su falta de habilidad en estos asuntos. En muchos de esos territorios se liberaron cruentas guerras, donde los mandos y los soldados de la metrópoli se caracterizaron por las sucesivas violaciones a los derechos humanos, existiendo casos emblemáticos como lo ocurrido en Argelia, donde actuó Jean Marie Le Pen, fundador del Front National, el partido de tendencia fascista que se ha declarado enemigo del islam y de la inmigración. Dado que los movimientos de emancipación arrastraban una marcada carga izquierdista -muchos de ellos fueron alentados por la Unión Soviética- entonces los regentes europeos, ya perdidos los conflictos, propiciaron una suerte de desquite, invitando a los supuestos perseguidos por las autoridades de las naciones ya autónomas a vivir en la misma Francia.
Entonces llegaron personas que ya no tenían cabida en las antiguas colonias porque su condición de colaboradores o de simples empleados de la metrópoli les impedían incluso vivir en sus tierras de origen (lamentablemente así era la Guerra Fría), pero también, sujetos que profesaban un islam muy tradicional y que a causa de sus sistemas de creencias no se sentían a gusto en las zonas emancipadas, que como ya se señaló, pasaron a tener administraciones de corte izquierdista que se inclinaron hacia el laicismo, cuando no abiertamente al ateísmo, lo cual redundó en el hostigamiento a aquellos que se identificaban como más devotos. Varios de estos últimos fueron acarreados por los mismos gobernantes franceses, para trabajar en las diversas fábricas automotrices que proliferaban allí, y que requerían de altas cantidades de mano de obra. Después, cuando tales industrias se cerraron o se trasladaron a sectores donde existían escasos o nulos derechos laborales, dichos individuos quedaron en el aire, marginados del resto de la sociedad y viviendo en una situación de desempleo frecuente. Ante la lenta pero progresiva transformación en gueto, la religión apareció como factor cultural identificador y fue así que el tradicionalismo se transformó en extremismo, con premisas que debían se lo más elementales posibles, pues estábamos frente a gente con un bajo nivel de instrucción. Acumulación de ira: de parte de los legisladores de Francia que debieron tragarse las derrotas bélicas, de los inmigrados que debieron huir de sus zonas natales producto del cambio de las circunstancias políticas, y enseguida de sus descendientes paridos en suelo europeo ante el rechazo de sus, lo quieran o no, coterráneos, aunque no coetáneos. Y como corolario, la ira divina, motivación de los ataques terroristas recién acaecidos en París.
De hecho estos sujetos siguen una trayectoria muy similar. Crecen en un ambiente familiar dominado por los más estrictos principios religiosos, salen de sus hogares hacinados a muy temprana edad, por su situación de aislamiento se ven obligados a transitar el mundo del hampa, hasta que caen en la cárcel donde corren el riesgo de ser atrapados por ciertos maestros espirituales que canalizan la ira hacia una motivación con pretensiones místicas. Son personas que sufren las mismas carencias y un idéntico desprecio al de los habitantes de las barriadas pobres de cualquier otro país, con la diferencia que son o pueden llegar a ser extremistas musulmanes. Pero potenciales criminales llevados a la metrópoli porque se tenía la intención de hacer algo bueno a través de ellos, como era evitar que devinieran en víctimas de lo que se consideraba eran ogros temibles, como los regímenes socialistas o anti imperialistas. Muy similar a lo hoy se busca presentar como una cruzada para llevar la democracia a sitios exóticos y en teoría oprimidos como Siria, acción que a la larga sólo ha servido para la creación del infame Estado Islámico, finalmente referente más visible para estos delincuentes escondidos tras la máscara de Muhamaad.
Sólo hay que retroceder a la época en que las diversas dependencias francesas, en especial las de África y Asia, comenzaron a luchar por su independencia. A diferencia de los británicos, que salvo el caso de la India -que de todas formas se resolvió de forma pacífica gracias a la voluntad de Gandhi- se desprendieron de sus enclaves mediante acuerdos que se plasmaron en organismos internacionales como la Commonwealth, las sucesivas administraciones galas dieron reiterada cuenta de su anacronismo y su falta de habilidad en estos asuntos. En muchos de esos territorios se liberaron cruentas guerras, donde los mandos y los soldados de la metrópoli se caracterizaron por las sucesivas violaciones a los derechos humanos, existiendo casos emblemáticos como lo ocurrido en Argelia, donde actuó Jean Marie Le Pen, fundador del Front National, el partido de tendencia fascista que se ha declarado enemigo del islam y de la inmigración. Dado que los movimientos de emancipación arrastraban una marcada carga izquierdista -muchos de ellos fueron alentados por la Unión Soviética- entonces los regentes europeos, ya perdidos los conflictos, propiciaron una suerte de desquite, invitando a los supuestos perseguidos por las autoridades de las naciones ya autónomas a vivir en la misma Francia.
Entonces llegaron personas que ya no tenían cabida en las antiguas colonias porque su condición de colaboradores o de simples empleados de la metrópoli les impedían incluso vivir en sus tierras de origen (lamentablemente así era la Guerra Fría), pero también, sujetos que profesaban un islam muy tradicional y que a causa de sus sistemas de creencias no se sentían a gusto en las zonas emancipadas, que como ya se señaló, pasaron a tener administraciones de corte izquierdista que se inclinaron hacia el laicismo, cuando no abiertamente al ateísmo, lo cual redundó en el hostigamiento a aquellos que se identificaban como más devotos. Varios de estos últimos fueron acarreados por los mismos gobernantes franceses, para trabajar en las diversas fábricas automotrices que proliferaban allí, y que requerían de altas cantidades de mano de obra. Después, cuando tales industrias se cerraron o se trasladaron a sectores donde existían escasos o nulos derechos laborales, dichos individuos quedaron en el aire, marginados del resto de la sociedad y viviendo en una situación de desempleo frecuente. Ante la lenta pero progresiva transformación en gueto, la religión apareció como factor cultural identificador y fue así que el tradicionalismo se transformó en extremismo, con premisas que debían se lo más elementales posibles, pues estábamos frente a gente con un bajo nivel de instrucción. Acumulación de ira: de parte de los legisladores de Francia que debieron tragarse las derrotas bélicas, de los inmigrados que debieron huir de sus zonas natales producto del cambio de las circunstancias políticas, y enseguida de sus descendientes paridos en suelo europeo ante el rechazo de sus, lo quieran o no, coterráneos, aunque no coetáneos. Y como corolario, la ira divina, motivación de los ataques terroristas recién acaecidos en París.
De hecho estos sujetos siguen una trayectoria muy similar. Crecen en un ambiente familiar dominado por los más estrictos principios religiosos, salen de sus hogares hacinados a muy temprana edad, por su situación de aislamiento se ven obligados a transitar el mundo del hampa, hasta que caen en la cárcel donde corren el riesgo de ser atrapados por ciertos maestros espirituales que canalizan la ira hacia una motivación con pretensiones místicas. Son personas que sufren las mismas carencias y un idéntico desprecio al de los habitantes de las barriadas pobres de cualquier otro país, con la diferencia que son o pueden llegar a ser extremistas musulmanes. Pero potenciales criminales llevados a la metrópoli porque se tenía la intención de hacer algo bueno a través de ellos, como era evitar que devinieran en víctimas de lo que se consideraba eran ogros temibles, como los regímenes socialistas o anti imperialistas. Muy similar a lo hoy se busca presentar como una cruzada para llevar la democracia a sitios exóticos y en teoría oprimidos como Siria, acción que a la larga sólo ha servido para la creación del infame Estado Islámico, finalmente referente más visible para estos delincuentes escondidos tras la máscara de Muhamaad.
domingo, 1 de noviembre de 2015
Comida Saludable Para Especular
No fue muy atendida la advertencia de la Organización Mundial de la Salud, respecto a que ciertos tipos de carne muy apetecidos por las personas, provocarían cáncer. Aunque se trata de resultados no confirmados, bien podría ser un factor de motivación para aquellos paladines de la comida saludable que intentan colocar restricciones en todo lo que ellos no consumen, como una manera de hacer efectiva su predicación -muy antojadiza y plagada de segundas intenciones- sobre seres humanos que esperan cualquier cosa de sus autoridades salvo prohibiciones que, a causa de su formación cultural y su nivel de educación, les resultan absurdas.
Cuando un alimento comienza a ser atacado porque produce obesidad, enfermedades cardíacas o diabetes, se producen dos hechos. Primero, los legisladores que ponen el grito en el cielo y el tema en la agenda periodística comienzan a presionar para que se proscriba tal producto o en la mejor de las situaciones gravarlo con un impuesto relativamente alto. La idea de emplear este garrote es que los ciudadanos pedestres caigan en la cuenta de lo que están ingiriendo es maligno, frente a lo cual siempre existirá un representante público para protegerlos. Enseguida, comienzan a recomendar dietas o comidas que han sido certificadas como saludables o inocuas para el organismo. El asunto es que no suelen colocar el mismo celo en la libertad de precios que en la del consumo, por lo que aquellos fabricantes que son elogiados tienden a especular con lo que ofrecen y entonces los costos suben. Dado que lo otro debe pagar un tributo extra -que puede ser aumentado si su valor continúa siendo inferior- entonces las alzas dejan a ambos elementos siempre en igualdad de condiciones, lo que deriva en un interminable círculo vicioso.
He aquí un interesante dilema. Por diversas circunstancias -disminución del aparato estatal, mayor otorgamiento de libertades a los negocios privados- no se pierde el tiempo ni el dinero en educar a la población acerca de lo que le hace bien a su cuerpo y lo que se lo destruye. Se requieren demasiados recursos públicos, cuando no en su defecto, obligar a las compañías a prestar atención a las recomendaciones de los entendidos. Lo único que se atina a aplicar son garrotazos, al estilo de la enseñanza más primitiva imaginable. Y es curioso que en una sociedad donde cada día se imponen las versiones más irracionales del capitalismo, al final estas iniciativas punitivas guarden relación con el bolsillo. Pero no el de quienes poseen las mayores fortunas ni de quienes redactan las leyes, sino de las masas populares, a las cuales se les pretende hacer creer que hay quienes velan por ellos, imponiéndoles lo que finalmente constituye una simple moralina. A tales grupos estos escándalos artificiales los afectan de un doble modo: en su capacidad adquisitiva y además en su estima, porque desde la cumbre se les envía el mensaje de que son unos irresponsables consigo mismos que merecen ser castigados.
Las autoridades dictan decretos y gravámenes pero jamás se preocupan por dar un acceso más expedito, en todos los ámbitos -no sólo el monetario- a los alimentos que no son nocivos para la salud. Y en consecuencia, los supuestos beneficiarios de estas diatribas ven disminuida su capacidad de satisfacer una necesidad básica. Además, y a causa de la forma en que están planteadas estas legislaciones, se redunda en que el impuesto de un elemento no recomendable debe ser revisado, y si con él aún resulta más barato que uno que no es dañino, pues se debe aumentar. Mientras tanto, las comidas aceptables son objeto de un alza de precios debido a las intenciones especulativas de los fabricantes. Al término de la jornada, sólo ganan quienes hacen las reglas.
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