¿Qué esconderán los "archivos del cardenal"? ¿La cantidad de abusos que Luis Eugenio Silva cometió contra niños indefensos, antes y después de ser el secretario del susodicho? ¿O de qué forma sus otros dos tinterillos, Raúl Hasbún y Jorge Medina, colaboraron en la concreción del golpe militar, y ya una vez consumado ese hecho, les aportaron identidades de disidentes políticos a las nuevas autoridades, aprovechando su investidura y la confianza incondicional que muchos chilenos, formados bajo la férula católica, le otorgan a los sacerdotes? Porque hasta ahora, lo que se conoce respecto de las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la dictadura, al margen de los esfuerzos personales de algunos abogados, organizaciones no gubernamentales y familiares de los ajusticiados, proviene de dos comisiones armadas de por igual número de legislaturas de la Concertación, de manera antojadiza y con el propósito principal de proyectar una determinada imagen: la de Raúl Rettig, un jurista masón; y la de Sergio Valech, este sí un obispo designado con ese cargo desde el Vaticano. Sin embargo, cabe acotar que ambas iniciativas se basaron en datos que sus integrantes recopilaron en el periodo de su funcionamiento: nunca recurrieron a archivos de las décadas de 1970 y 1980. Simplemente, porque no los encontraron.
Pese a todas estas pruebas -o mejor dicho, la ausencia de ellas-, un importante grupo de poder con pretensiones izquierdistas le continúa haciendo la reverencia a los curas, mencionando a la Vicaría de la Solidaridad, aquella oficina creada por Raúl Silva Henríquez poco después del alzamiento militar, sobre la cual han tejido un mito que la presenta como salvadora de vidas, al supuestamente proteger personas que por su pensamiento eran el objetivo de los agentes del régimen de Pinochet. Relato que ha sido acogido y apuntalado por sus adversarios políticos, pese a que estos últimos formaron parte de la tiranía que aparentemente fue combatida por el cardenal. Pero como de igual modo son muy cercanos a la iglesia católica, por un asunto de conveniencia económica, aplican el principio del consenso y todos quienes se aprovechan de la debilidad de los demás, acaban siendo felices como en los cuentos de hadas, mientras esos demás deben soportar censuras, prohibiciones y juicios tan condenatorios como arbitrarios. Y la muestra más reciente de aquella convivencia interesada, es una serie de televisión cuyo nombre precisamente da inicio a este artículo: "Los Archivos del Cardenal", transmitida, en medio de un gobierno conservador, por el canal estatal; pero con actores, guionistas y directores de cuño "progresista". Ignoro si los responsables de dicha producción siquiera están conscientes de lo que voy a anotar: pero de todos modos resulta extraño, al punto de ser sospechoso, que desde una empresa pública se le preste ropa a una institución que en los meses más recientes ha venido cayendo al más recóndito de los abismos, debido al descubrimiento de innumerables e interminables casos de pedofilia en que están involucrados importantes sacerdotes, incluso formadores de prelados, como Fernando Karadima. Lo cual no sólo puede redundar en una pérdida significativa de credibilidad en sus virulentos discursos de moralina patológica, sino también afectar sus arcas pecuniarias. Algo que puede extenderse a los oligarcas criollos con quienes mantienen una relación de mutua dependencia, con un consiguiente desequilibrio en el sistema de castas sociales que ordena el país.
Pues, a fin de cuentas, ¿quién era Silva Henríquez? Los que se conforman con el relato oficial, repetirán que se trata del cardenal que fundó la Vicaría de la Solidaridad y le dio pelea a Pinochet, quitando de las garras del dictador una cantidad incontable -porque nadie se ha dado el trabajo de investigar y establecer las cifras exactas, a pesar de que, si se analiza la lógica de la narración, se desprende que es una tarea bastante fácil y que no demanda mucho tiempo- de potenciales víctimas de su campaña de exterminio. Y a través de él, que era arzobispo de Santiago, máxima autoridad reconocible de la iglesia católica, toda ésta fue arrastrada a oponerse a la voluntad del tirano. Bueno: los datos recopilados a partir de 1990, además de acontecimientos recientes, han demostrado que al menos lo último era una ridícula farsa. Sin embargo, la pregunta que encabeza este párrafo continúa vigente: ¿quién era, en realidad, Silva Henríquez? Un hacendado de los sectores rurales de Villa Alegre, ciudad sita en plena zona campesina de Chile, en la actual Región del Maule. Quien, de seguro, al ser incapaz de competir con sus hermanos por la herencia del fundo familiar, ya que nunca hizo el esfuerzo de subirse a un caballo y salir a lacear peones o a violar inquilinas, como todo hermano inútil de la familia, decidió tomar los hábitos y así obtener un emolumento periódico y contundente sin necesidad de trabajar. Por otro lado, fue ordenado cardenal en la década de 1960, en paralelo a los movimientos revolucionarios que por entonces encendían América Latina, exigiendo una inexistente justicia social. Si quería ascender y luego mantenerse, estaba forzado a favorecer la reforma agraria aún en contra de sus parientes latifundistas. De esa manera conseguía que grandes masas de campesinos poco instruidos le rindieran tributo a su figura, en vez de seguir dependiendo de los ahora caducos y anacrónicos patrones. Era la oportunidad para el eunuco, de transformarse en el esclavista que siempre anheló pero nunca pudo ser. La venganza del impotente que, al igual que sus colegas abusadores de niños, ocultó su vergüenza debajo de unos hábitos a los que se temía esencialmente por ignorancia. Pero que en verdad jamás se atrevió a desafiar lo establecido siquiera exhibiendo su propia conducta, en el sentido de mantenerse como un soltero civil pese a los prejuicios externos. Y mucho menos con su supuesta sensibilidad social, porque si el romanismo se inclina de vez en cuando por los desposeídos, es para montarse sobre la ola y así atrapar y por ese intermedio contener a las hordas que piden auténticos cambios.
Si Raúl Silva Henríquez, hubiese vivido en otra época, o fuera un sacerdote contemporáneo, de seguro se habría puesto en la fila para bendecir y ofrecerles la comunión a los acaudalados abusadores y egoístas (de hecho nunca le negó la hostia a Pinochet o a los agentes de la DINA). Es muy cómodo hablar en público contra una dictadura a sabiendas que no se sufrirán consecuencias por ello, ya que se es la máxima autoridad de una institución sacralizada por los mismos que sostienen al régimen. Fuera de que resulta un mecanismo muy eficaz cuando se tiene alrededor a discípulos de la talla de Hasbún, Medina o Luis Eugenio Silva, a quienes además se los educa e instruye. Por sus frutos los conoceréis, se dice en la Biblia. Una sentencia que es más importante para la teología papista, que le da un gran énfasis a las buenas obras. Y tras la Vicaría de la Solidaridad, sólo hay insufribles y soporíferos vigías de la moral, poco interesados en la situación de las clases trabajadoras (excepto, claro está, en los fugaces momentos en que los problemas e inquietudes de éstos saltan al debate público). Pero a poco andar esa misma oficina se devela como un agujero vacío. Después de todo, para lo horrenda que fue la dictadura de Pinochet, las desapariciones forzadas durante aquel periodo no llegan a las dos mil; las cuales, pese a ser bajas en cantidad y aún con toda la maquinaria de la iglesia católica, no se pudieron evitar. Como premio de consuelo nos hablan de unas fichas médicas que jamás han sido dadas a conocer, aunque en la actualidad ya nadie solicitará su incauto con propósitos oscuros. Y unos archivos que pueden tornarse en apetecible argumento para una fantasía novelesca.
domingo, 17 de julio de 2011
domingo, 10 de julio de 2011
De Animales y Brutos
Deben haber pocas cosas más fáciles que oponerse a la eliminación de perros callejeros. Quienes piensan así, cuentan con grupos de personas acaudaladas que los apoyan; los cuales, al igual que los católicos de apellido vinoso que gustan de joder la pita con eso de la familia numerosa, están buscando retribuir de una manera denodada lo que la fortuna les concedió, eso sí, siempre tratando de evitar siquiera una pequeña merma en su bolsillo. Por otra parte, casi siempre hay un cuerpo legal que los favorece, al punto que en algunos países, mientras el maltrato infantil no es condenado, o sólo ha recibido atención en el último tiempo, en cambio el maltrato animal está definido como delito desde hace varias décadas, recibiendo los infractores las correspondientes penas de cárcel.
Por supuesto, que dicha coyuntura se transforma en una suerte de contradicción en el proceder de los llamados "progresistas", de donde emerge la mayoría de los adoradores de bestias, si bien en realidad, entre los componentes de este colectivo se pueden encontrar personas que defienden desde posiciones de lo más libertinas hasta lo más ultramontanas. Pero casi todos prefieren agruparse bajo ese calificativo, a veces simplemente por proyectar una imagen, en otros casos por desear sentirse identificados con un grupo cuyo nombre y sentido pueden ser expresados de forma sencilla y en una sola palabra. Término que alude a quienes tendrían una visión "moderna" del mundo y la humanidad, en contraste con aquellos que defienden preceptos considerados anacrónicos, retrógrados o supersticiosos. Luego, uno de los comportamientos más esenciales del susodicho pensamiento progresista, es la protección de los "hermanos menores", los animales, impidiendo toda clase de maltrato contra ellos, incluyendo labores necesarias para el control de plagas, como es la eutanasia, en este caso canina. La modernidad que conlleva tal actitud, viene demostrada en el hecho de que se trata de una toma de conciencia lograda en épocas recientes, cuando se han analizado -y en ciertas ocasiones, experimentado- los efectos del desastre ecológico y la progresiva extinción de las especies. Además, de que estas ideas han sido adquiridas recién cuando las comunicaciones nos han permitido conocer culturas como las del Sudeste Asiático, donde han proliferado las religiones que colocan a los animales no racionales a la altura y a veces por encima del hombre, mientras que Occidente cristiano y abrahámico, con su prepotencia avasalladora, está arrasando de manera sostenida con los recursos del planeta.
Sin embargo, cabría preguntarse cuál es el origen de esas ancestrales leyes que, incluso en países occidentales, tipifican como delito el maltrato animal. La mayoría fueron sancionadas en épocas en que estas sociedades eran rurales, y cuando la agricultura y la ganadería se desarrollaban de forma manual, sin el auxilio de vehículos motorizados como tractores o máquinas segadoras. El caballo que tiraba del arado, entonces, era un bien muy preciado. Pero además, cabe agregar que en aquellos tiempos no existían cuerpos legales que favorecieran a los trabajadores, los cuales eran considerados esclavos, siervos, y en el mejor de los casos, inquilinos o peones absolutamente reemplazables. En determinados países, sobre todo de América, se dio la figura del hacendado, quien mantenía una alta cantidad de campesinos laborando en sus territorios, a los cuales manejaba a su más completo arbitrio. Si al patrón le parecía que su subordinado no había atendido a la vaca o al cordero de una manera satisfactoria -para el animal, obviamente, de lo que se desprende que también debiera serlo para él-, contaba con la facultad de azotarlo o de castigarlo de los modos más abusivos que pudiera imaginar. Adicionalmente, criaba especies de fina sangre para la mera exhibición, que no obstante constituían un símbolo de estatus y se tranzaban por millones en las ferias. Sufrir un robo por parte de cuatreros que más encima quedase inmune, significaba horadar un agujero en el orden social y nacional.
Sólo cabe agregar que en algunos países,en especial aquellos cuya economía dependía del sistema de haciendas, el abigeato era un delito que tenía penas semejantes al homicidio. De esos tratados se han colgado los defensores de los derechos de los animales, con el propósito de imponer sus convicciones progresistas traídas de lejanos lugares o de escritores poco valorados en vida. Por eso mismo el asunto les resulta tan fácil, al extremo de creer que están llevando a cabo una lucha épica donde las cientos de manos son capaces de resistir a las anquilosadas instituciones. Fuera de que los oligarcas simpatizan con ellos, ya que por generaciones han reverenciado a sus animales y han despreciado a quienes les ayudan a cuidarlos. No les preocupa el perro que muerde al transeúnte o la yegua suelta en el descampado que en un momento de agitación termina aplastando a un pordiosero. Son dos personas menos, que no les reclamarán por la mala distribución del ingreso ni por la injusticia social.
Por supuesto, que dicha coyuntura se transforma en una suerte de contradicción en el proceder de los llamados "progresistas", de donde emerge la mayoría de los adoradores de bestias, si bien en realidad, entre los componentes de este colectivo se pueden encontrar personas que defienden desde posiciones de lo más libertinas hasta lo más ultramontanas. Pero casi todos prefieren agruparse bajo ese calificativo, a veces simplemente por proyectar una imagen, en otros casos por desear sentirse identificados con un grupo cuyo nombre y sentido pueden ser expresados de forma sencilla y en una sola palabra. Término que alude a quienes tendrían una visión "moderna" del mundo y la humanidad, en contraste con aquellos que defienden preceptos considerados anacrónicos, retrógrados o supersticiosos. Luego, uno de los comportamientos más esenciales del susodicho pensamiento progresista, es la protección de los "hermanos menores", los animales, impidiendo toda clase de maltrato contra ellos, incluyendo labores necesarias para el control de plagas, como es la eutanasia, en este caso canina. La modernidad que conlleva tal actitud, viene demostrada en el hecho de que se trata de una toma de conciencia lograda en épocas recientes, cuando se han analizado -y en ciertas ocasiones, experimentado- los efectos del desastre ecológico y la progresiva extinción de las especies. Además, de que estas ideas han sido adquiridas recién cuando las comunicaciones nos han permitido conocer culturas como las del Sudeste Asiático, donde han proliferado las religiones que colocan a los animales no racionales a la altura y a veces por encima del hombre, mientras que Occidente cristiano y abrahámico, con su prepotencia avasalladora, está arrasando de manera sostenida con los recursos del planeta.
Sin embargo, cabría preguntarse cuál es el origen de esas ancestrales leyes que, incluso en países occidentales, tipifican como delito el maltrato animal. La mayoría fueron sancionadas en épocas en que estas sociedades eran rurales, y cuando la agricultura y la ganadería se desarrollaban de forma manual, sin el auxilio de vehículos motorizados como tractores o máquinas segadoras. El caballo que tiraba del arado, entonces, era un bien muy preciado. Pero además, cabe agregar que en aquellos tiempos no existían cuerpos legales que favorecieran a los trabajadores, los cuales eran considerados esclavos, siervos, y en el mejor de los casos, inquilinos o peones absolutamente reemplazables. En determinados países, sobre todo de América, se dio la figura del hacendado, quien mantenía una alta cantidad de campesinos laborando en sus territorios, a los cuales manejaba a su más completo arbitrio. Si al patrón le parecía que su subordinado no había atendido a la vaca o al cordero de una manera satisfactoria -para el animal, obviamente, de lo que se desprende que también debiera serlo para él-, contaba con la facultad de azotarlo o de castigarlo de los modos más abusivos que pudiera imaginar. Adicionalmente, criaba especies de fina sangre para la mera exhibición, que no obstante constituían un símbolo de estatus y se tranzaban por millones en las ferias. Sufrir un robo por parte de cuatreros que más encima quedase inmune, significaba horadar un agujero en el orden social y nacional.
Sólo cabe agregar que en algunos países,en especial aquellos cuya economía dependía del sistema de haciendas, el abigeato era un delito que tenía penas semejantes al homicidio. De esos tratados se han colgado los defensores de los derechos de los animales, con el propósito de imponer sus convicciones progresistas traídas de lejanos lugares o de escritores poco valorados en vida. Por eso mismo el asunto les resulta tan fácil, al extremo de creer que están llevando a cabo una lucha épica donde las cientos de manos son capaces de resistir a las anquilosadas instituciones. Fuera de que los oligarcas simpatizan con ellos, ya que por generaciones han reverenciado a sus animales y han despreciado a quienes les ayudan a cuidarlos. No les preocupa el perro que muerde al transeúnte o la yegua suelta en el descampado que en un momento de agitación termina aplastando a un pordiosero. Son dos personas menos, que no les reclamarán por la mala distribución del ingreso ni por la injusticia social.
domingo, 3 de julio de 2011
La Rebeldía de los Integristas
En los últimos días, he tenido la experiencia de escuchar a algunos hermanos que han invocado el principio de la desobediencia excepcional a la ley, como mecanismo para frenar proyectos de índole moral y cultural que en estos momentos son objeto de un intenso debate, por ejemplo la unión civil entre homosexuales. Dicha concepción se basa en lo acaecido a la iglesia primitiva, durante sus primeros tres siglos de existencia, en su relación con el imperio romano, que comenzó a perseguir a los cristianos una vez que éstos rechazaran la propuesta de rendir culto al emperador. Con ella, se pretende sortear lo que por mucho tiempo ha sido visto como un mandato bíblico -justificado en incontables ocasiones por el capítulo trece de la carta a los Romanos-, que exige acatar las disposiciones de las autoridades terrenales, incluso las menos convenientes, como una forma de entrenar la sumisión al ordenamiento establecido por Dios. ¿Y qué impulsa a pasar por alto una doctrina considerada esencial para marcar la diferencia entre un creyente verdadero y uno apóstata o neófito? Pues el hecho de que las mencionadas iniciativas legales son una abominación a los ojos divinos casi tan graves como la idolatría.
De partida, debemos convenir que la comparación entre ambas situaciones es un enorme y se puede agregar irresponsable despropósito. En la época del imperio romano, los cristianos eran, como fue acotado en el párrafo anterior, perseguidos. Por ende, más que una rebeldía, era un asunto de supervivencia. Toda vez que el sólo hecho de disentir acarreaba el martirio -ese pomposo eufemismo que se acuñó para resumir y luego suavizar lo que debe ser conocido como crueles y prolongadas torturas previas a la ejecución-, el que podía evitarse con una retractación absoluta. Y aunque a los discípulos no los hostigaban exactamente por seguir a Jesús, lo que provocó tales padecimientos fue una correcta interpretación de la doctrina, algo a lo cual se llega tras un breve pero denodado ejercicio de racionalidad y de aplicación del pensamiento. En definitiva, había que oponerse al culto al emperador porque contradecía un dogma tan importante, que su ausencia era equivalente a la desaparición del cristianismo como idea, ya sea transformado en otra cosa o disuelto en el mismo paganismo latino contra el cual predicó pero a quien finalmente sus miembros no fueron capaces de enfrentar. Una coyuntura radicalmente distinta a la era contemporánea, donde al menos en los países donde estas comentadas iniciativas legales tienen la opción de ser aprobadas, el cristianismo es una institución reconocida, que goza de un prestigio permanente y donde hasta suele recibir aportes pecuniarios del Estado. Mientras que los colectivos que con sus peticiones causan inquietud, así como los ciudadanos independientes que los apoyan, constituyen una minoría que está exigiendo derechos básicos para su supervivencia: no del grupo mismo, que puede tornarse ideológico, sino de los individuos que pueden conformarlo, y tampoco en base a su pertenencia ni a sus inclinaciones personales, sino a su desenvolvimiento elemental en la vida cotidiana. Así por ejemplo, la unión civil entre sujetos del mismo género aparece como una solución para resolver los problemas de origen patrimonial.
Lo que están haciendo aquellos hermanos, es invocar una excepción de regla que es válida en ocasiones en donde expresar la fe pueda conllevar un riesgo de vida; o en su defecto, cuando el acatamiento de un determinado edicto atente contra la integridad de un punto esencial de la doctrina, poniendo al cristianismo mismo en una situación difícil. Ahí sí que la desobediencia es un real servicio a Dios. Pero en la actualidad, cuando se puede predicar libremente el mensaje y hasta las autoridades reconocen el trabajo de los discípulos -la sola concurrencia de algunos hombres públicos seglares a acciones de gracias ya lo demuestra-, una actitud de ese calibre sólo demuestra intolerancia. En el peor de los casos, podemos intentar convertir a los homosexuales que pretendan unirse bajo cualquier tipo de vínculo, y hasta convivir con ellos sin que la asistencia a los templos se vea afectada. Jamás la aprobación de un determinado tipo de contrato civil constituirá el inicio de un efecto de escalada, que acabe por ejemplo, en que el Estado obligue a un pastor a aceptar so pena de cárcel a un gay en su congregación, y mucho menos que la homosexualidad se transforme en religión oficial y única empujando a las demás alternativas a la clandestinidad (quizá algunos seguidores tienen conciencia de que lo ocurrido en el 380, cuando Teodosio le dio esa característica al cristianismo, dando vuelta la tortilla en el imperio, ahora se reproduzca a la inversa. En especial, al recordar que con ese regalo, la iglesia, lejos de propagar el evangelio de acuerdo al modelo establecido por Jesús, en cambio se dedicó ella misma a reproducir el accionar de los incrédulos). Sin contar que un comportamiento de esta clase implica pisotear a alguien más débil -ya que recién ahora puede dejar de ocultar su condición-, con lo cual se le niega el derecho de acogida que todos los creyentes debemos procurar para con el prójimo, aunque éste practique una ideología enemiga. Y eso, independiente de que para entrar en el reino deba abandonar una determinada tendencia.
Me pregunto de qué manera reaccionarán esos hermanos si estos temas de debate se transforman finalmente en una ley. ¿Procederán como sus pares norteamericanos, que han asesinado homosexuales o han colocado bombas en los hospitales donde se practican abortos? No es descabellado: como uno se encuentra en un régimen democrático, donde se puede predicar sin restricción alguna, la simple resistencia no basta, y menos cuando lo que uno defiende es, al menos en sus trazos más gruesos, claramente visible, aceptable y hasta elogiable. Será necesaria una acción de choque con el fin de detener lo que se percibe como fuerzas diabólicas que intentan apoderarse del mundo. Así como muchos cristianos dicen "bienaventurados los pacificadores", pueden cambiar de parecer del mismo modo que lo están haciendo algunos discípulos respecto de la obediencia a las autoridades terrenales. Por último, es preciso recordar que la intolerancia es producida por el odio, el cual es un pecado.
De partida, debemos convenir que la comparación entre ambas situaciones es un enorme y se puede agregar irresponsable despropósito. En la época del imperio romano, los cristianos eran, como fue acotado en el párrafo anterior, perseguidos. Por ende, más que una rebeldía, era un asunto de supervivencia. Toda vez que el sólo hecho de disentir acarreaba el martirio -ese pomposo eufemismo que se acuñó para resumir y luego suavizar lo que debe ser conocido como crueles y prolongadas torturas previas a la ejecución-, el que podía evitarse con una retractación absoluta. Y aunque a los discípulos no los hostigaban exactamente por seguir a Jesús, lo que provocó tales padecimientos fue una correcta interpretación de la doctrina, algo a lo cual se llega tras un breve pero denodado ejercicio de racionalidad y de aplicación del pensamiento. En definitiva, había que oponerse al culto al emperador porque contradecía un dogma tan importante, que su ausencia era equivalente a la desaparición del cristianismo como idea, ya sea transformado en otra cosa o disuelto en el mismo paganismo latino contra el cual predicó pero a quien finalmente sus miembros no fueron capaces de enfrentar. Una coyuntura radicalmente distinta a la era contemporánea, donde al menos en los países donde estas comentadas iniciativas legales tienen la opción de ser aprobadas, el cristianismo es una institución reconocida, que goza de un prestigio permanente y donde hasta suele recibir aportes pecuniarios del Estado. Mientras que los colectivos que con sus peticiones causan inquietud, así como los ciudadanos independientes que los apoyan, constituyen una minoría que está exigiendo derechos básicos para su supervivencia: no del grupo mismo, que puede tornarse ideológico, sino de los individuos que pueden conformarlo, y tampoco en base a su pertenencia ni a sus inclinaciones personales, sino a su desenvolvimiento elemental en la vida cotidiana. Así por ejemplo, la unión civil entre sujetos del mismo género aparece como una solución para resolver los problemas de origen patrimonial.
Lo que están haciendo aquellos hermanos, es invocar una excepción de regla que es válida en ocasiones en donde expresar la fe pueda conllevar un riesgo de vida; o en su defecto, cuando el acatamiento de un determinado edicto atente contra la integridad de un punto esencial de la doctrina, poniendo al cristianismo mismo en una situación difícil. Ahí sí que la desobediencia es un real servicio a Dios. Pero en la actualidad, cuando se puede predicar libremente el mensaje y hasta las autoridades reconocen el trabajo de los discípulos -la sola concurrencia de algunos hombres públicos seglares a acciones de gracias ya lo demuestra-, una actitud de ese calibre sólo demuestra intolerancia. En el peor de los casos, podemos intentar convertir a los homosexuales que pretendan unirse bajo cualquier tipo de vínculo, y hasta convivir con ellos sin que la asistencia a los templos se vea afectada. Jamás la aprobación de un determinado tipo de contrato civil constituirá el inicio de un efecto de escalada, que acabe por ejemplo, en que el Estado obligue a un pastor a aceptar so pena de cárcel a un gay en su congregación, y mucho menos que la homosexualidad se transforme en religión oficial y única empujando a las demás alternativas a la clandestinidad (quizá algunos seguidores tienen conciencia de que lo ocurrido en el 380, cuando Teodosio le dio esa característica al cristianismo, dando vuelta la tortilla en el imperio, ahora se reproduzca a la inversa. En especial, al recordar que con ese regalo, la iglesia, lejos de propagar el evangelio de acuerdo al modelo establecido por Jesús, en cambio se dedicó ella misma a reproducir el accionar de los incrédulos). Sin contar que un comportamiento de esta clase implica pisotear a alguien más débil -ya que recién ahora puede dejar de ocultar su condición-, con lo cual se le niega el derecho de acogida que todos los creyentes debemos procurar para con el prójimo, aunque éste practique una ideología enemiga. Y eso, independiente de que para entrar en el reino deba abandonar una determinada tendencia.
Me pregunto de qué manera reaccionarán esos hermanos si estos temas de debate se transforman finalmente en una ley. ¿Procederán como sus pares norteamericanos, que han asesinado homosexuales o han colocado bombas en los hospitales donde se practican abortos? No es descabellado: como uno se encuentra en un régimen democrático, donde se puede predicar sin restricción alguna, la simple resistencia no basta, y menos cuando lo que uno defiende es, al menos en sus trazos más gruesos, claramente visible, aceptable y hasta elogiable. Será necesaria una acción de choque con el fin de detener lo que se percibe como fuerzas diabólicas que intentan apoderarse del mundo. Así como muchos cristianos dicen "bienaventurados los pacificadores", pueden cambiar de parecer del mismo modo que lo están haciendo algunos discípulos respecto de la obediencia a las autoridades terrenales. Por último, es preciso recordar que la intolerancia es producida por el odio, el cual es un pecado.
domingo, 26 de junio de 2011
Homosexuales Insertados en la Sociedad
Esto del matrimonio homosexual, o como ellos mismos prefieren decir, matrimonio entre personas del mismo sexo, a fuerza del poder adquisitivo que en el último tiempo ha venido obteniendo la comunidad gay, y la necesidad de evadir o desviar la atención de temas de igual o mayor importancia -la responsabilidad en los bancos en la interminable crisis financiera, la intervención militar de la OTAN en Libia, el aumento de la pobreza, los escándalos sexuales que siguen horadando a la iglesia católica-: ha trascendido los límites del debate y ha estado deviniendo en una moda cargante, insípida y sospechosa. No es que uno se ponga en contra de las llamadas "minorías sexuales". Pero la majadería con que los medios de comunicación masiva, tanto en términos positivos como negativos, instalan el tema hasta en la sopa, incluso motiva a darles una señal de alerta a los mismos practicantes de esa tendencia, advirtiéndoles que tengan cuidado de que sus peticiones, muy legítimas por lo demás, sean usadas con el propósito de esconder fines oscuros, o porque conviene explotar un determinado filón comercial. Algo de eso ha ocurrido este domingo en Chile, donde la marcha organizada por estas personas fue cubierta de manera diligente por los grandes tiburones de la prensa, en un semestre que ha estado jalonado de protestas de la más diversa índole -en rechazo a proyectos hidroeléctricos, en demanda de una mejor calidad de la educación, en favor de los presos políticos mapuches-, además de la caída sostenida en la popularidad del presidente. Claro: al apoyar una iniciativa que tanto por estar en primera plana como por no influir directamente en la estructura política social o económica de un país, no provoca mayor conflicto (salvo en los mojigatos de costumbre, que ante la vorágine quedan desfasados), se abre de inmediato la posibilidad de darse la mano entre individuos que en otros aspectos tienen posturas antagónicas al extremo de lo irreconciliable.
Por otra parte, las personas que manejan los medios de comunicación, así como el círculo de poderosos y acaudalados que los rodea, no han cambiado en un ápice su concepción moral de la sociedad. Si en los últimos años han discurrido en aceptar la tendencia homosexual, al punto de concederles espacios más o menos significativos a sus colectivos, es porque la presión de las mayorías y las circunstancias históricas hace rato que los estaba obligando a subirse al carro, pues la opción contraria habría puesto en serio riesgo su estatus. Toda vez que el ya descrito asunto de la explotación comercial ya aquí les permite ganar un dinero extra. Sin embargo, al menos en parte, lo que en realidad se pretende tanto con el matrimonio entre humanos del mismo género como con la denominada "unión civil", es insertar a estos colectivos en el modelo moral, jurídico y cultural más tradicional y tradicionalista de la civilización occidental, en una curiosa mezcla de liberalismo -entendiendo el término tanto en sus alcances políticos como económicos- y conservadurismo. Con el fin de rehabilitar a estos sujetos; o mejor dicho, habilitarlos. Para hacer efectiva tal incorporación, se recurre al medio más utilizado -por su eficacia-, no sólo en esta fracción del globo sino en un buen número de etnias a la hora de preservar las costumbres, ya sean éstas elogiables o detestables, que acumulan en su seno: el matrimonio, que a través de de sus derivados, la familia y la descendencia, actúa como contenedor de la movilidad y ralentiza las ansias de cambio, al asegurar la heredad. Fuera de que el connubio es una suerte de contrato estipulado en un papel con validez jurídica, con lo cual se garantiza el orden, en el sentido de lo que el grupo -más bien los principales dirigentes de ese grupo- esperan del individuo. De hecho, bajo una concepción liberal -que con matices, es seguida también por los a sí mismos llamados "progresistas"-, quien no firma acuerdos conocidos y reconocidos por el conjunto de habitantes, se torna un delincuente o un inadaptado.
Entonces, el matrimonio ha pasado a ser el ideal social y no la tolerancia. Para que los homosexuales hayan llegado a un nivel en donde la mínima muestra de discriminación puede acarrear sanciones contra el agresor, se debió solicitarles que se casasen. Y ellos mismos, para alcanzar tales grados de aceptación, debieron insistir en colocar dicho recurso en el centro de la discusión sobre su rol en la comunidad. La prueba más palpable de tal relación de causas y consecuencias, se encuentra precisamente en el foco de atracción en que se han convertido para la televisión y en general para la prensa más masiva. Ahora: uno podría aseverar que el interés de los medios se desprende del carácter innovador -con ribetes de escándalo, algo que tanto les apetece a las cadenas en la actualidad, de nuevo producto de la tentación que ocasiona la explotación comercial- que una propuesta de estas características contiene ya desde el instante mismo de su formulación. Sin embargo, en una situación como ésa los gay no despertarían una simpatía tan grande. A modo de ejemplo, en Chile existe un alto número de colectivos que exige derogar la constitución política impuesta por la dictadura. Varios de sus representantes son invitados con relativa frecuencia a los foros públicos a expresar sus posturas. Pero al final de la jornada, los medios masivos de comunicación que convocan a esos diálogos -y el grueso de los dirigentes ejecutivos y legislativos- acaban concluyendo que tal modificación es imposible y no puede ir más allá de los sueños de unos idealistas demasiado encumbrados.
El matrimonio entre personas de género idéntico, y hasta cierto punto la misma unión civil, terminará por incluir sólo a un segmento de una población que ha sido repudiada por siglos. Los homosexuales que opten por permanecer solteros -rechazando cualquiera de las dos instancias ofrecidas- continuarán siendo víctimas de los distintos calificativos que una sociedad ha reservado para aquellos que no se casan: que son inmaduros, niñatos, irresponsables. Eso, con el agregado de que no pueden manifestar cabalmente su tendencia fuera del ámbito de la relación de pareja (ni siquiera como libertinos irremediables, porque esa conducta sólo define el hecho de tener sexo a destajo, pero sin aclarar que el otro sea varón, mujer, o incluso niño o animal). Ahora: resulta interesante que las propuestas de connubio gay se den en una época en la cual la expansión del sida -enfermedad atribuida en un comienzo a la sodomía, a la prostitución y a la depravación sexual- ha impulsado el retorno de la idea de la pareja única como finalidad en el desarrollo integral del ser humano, aunque ya desligada del ámbito puramenete religioso (pues si ocurriera así, estaríamos en presencia de un retroceso cultural). Además, de que entre las familias que pertenecen a los estratos más adinerados existe un número creciente de individuos que están dispuestos a salir de sus armarios y vivir en forma plena de acuerdo a lo que sienten y piensan. Es decir, que desde el sitio al cual más le conviene la preeminencia del matrimonio y la familia como mecanismo para salvaguardar sus propios intereses, hay voces que de no ser escuchadas pueden pasar a acciones más cruentas y de ese modo menoscabar una institución primordial en el statu quo. Que no se malinterprete: este artículo no se opone a la búsqueda de derechos para los gay, ni siquiera está concebido como un rechazo al matrimonio homosexual. En una entrega anterior, señalé que tal figura, mirada desde cierta óptica -descrita para la ocasión-, podría disminuir la influencia social del connubio. No obstante, si los interesados se dejan arrastrar por los consensos elaborados en medio de los temores y la falta de una discusión contundente (porque ella da origen a otro miedo: la enemistad y por su intermedio, la reyerta física), no harán sino endurecer todavía más el bloque, dejando de paso un nuevo puñado de marginados y marginales, que se sumarán a los tantos que ya colecciona el paradigma liberal.
Por otra parte, las personas que manejan los medios de comunicación, así como el círculo de poderosos y acaudalados que los rodea, no han cambiado en un ápice su concepción moral de la sociedad. Si en los últimos años han discurrido en aceptar la tendencia homosexual, al punto de concederles espacios más o menos significativos a sus colectivos, es porque la presión de las mayorías y las circunstancias históricas hace rato que los estaba obligando a subirse al carro, pues la opción contraria habría puesto en serio riesgo su estatus. Toda vez que el ya descrito asunto de la explotación comercial ya aquí les permite ganar un dinero extra. Sin embargo, al menos en parte, lo que en realidad se pretende tanto con el matrimonio entre humanos del mismo género como con la denominada "unión civil", es insertar a estos colectivos en el modelo moral, jurídico y cultural más tradicional y tradicionalista de la civilización occidental, en una curiosa mezcla de liberalismo -entendiendo el término tanto en sus alcances políticos como económicos- y conservadurismo. Con el fin de rehabilitar a estos sujetos; o mejor dicho, habilitarlos. Para hacer efectiva tal incorporación, se recurre al medio más utilizado -por su eficacia-, no sólo en esta fracción del globo sino en un buen número de etnias a la hora de preservar las costumbres, ya sean éstas elogiables o detestables, que acumulan en su seno: el matrimonio, que a través de de sus derivados, la familia y la descendencia, actúa como contenedor de la movilidad y ralentiza las ansias de cambio, al asegurar la heredad. Fuera de que el connubio es una suerte de contrato estipulado en un papel con validez jurídica, con lo cual se garantiza el orden, en el sentido de lo que el grupo -más bien los principales dirigentes de ese grupo- esperan del individuo. De hecho, bajo una concepción liberal -que con matices, es seguida también por los a sí mismos llamados "progresistas"-, quien no firma acuerdos conocidos y reconocidos por el conjunto de habitantes, se torna un delincuente o un inadaptado.
Entonces, el matrimonio ha pasado a ser el ideal social y no la tolerancia. Para que los homosexuales hayan llegado a un nivel en donde la mínima muestra de discriminación puede acarrear sanciones contra el agresor, se debió solicitarles que se casasen. Y ellos mismos, para alcanzar tales grados de aceptación, debieron insistir en colocar dicho recurso en el centro de la discusión sobre su rol en la comunidad. La prueba más palpable de tal relación de causas y consecuencias, se encuentra precisamente en el foco de atracción en que se han convertido para la televisión y en general para la prensa más masiva. Ahora: uno podría aseverar que el interés de los medios se desprende del carácter innovador -con ribetes de escándalo, algo que tanto les apetece a las cadenas en la actualidad, de nuevo producto de la tentación que ocasiona la explotación comercial- que una propuesta de estas características contiene ya desde el instante mismo de su formulación. Sin embargo, en una situación como ésa los gay no despertarían una simpatía tan grande. A modo de ejemplo, en Chile existe un alto número de colectivos que exige derogar la constitución política impuesta por la dictadura. Varios de sus representantes son invitados con relativa frecuencia a los foros públicos a expresar sus posturas. Pero al final de la jornada, los medios masivos de comunicación que convocan a esos diálogos -y el grueso de los dirigentes ejecutivos y legislativos- acaban concluyendo que tal modificación es imposible y no puede ir más allá de los sueños de unos idealistas demasiado encumbrados.
El matrimonio entre personas de género idéntico, y hasta cierto punto la misma unión civil, terminará por incluir sólo a un segmento de una población que ha sido repudiada por siglos. Los homosexuales que opten por permanecer solteros -rechazando cualquiera de las dos instancias ofrecidas- continuarán siendo víctimas de los distintos calificativos que una sociedad ha reservado para aquellos que no se casan: que son inmaduros, niñatos, irresponsables. Eso, con el agregado de que no pueden manifestar cabalmente su tendencia fuera del ámbito de la relación de pareja (ni siquiera como libertinos irremediables, porque esa conducta sólo define el hecho de tener sexo a destajo, pero sin aclarar que el otro sea varón, mujer, o incluso niño o animal). Ahora: resulta interesante que las propuestas de connubio gay se den en una época en la cual la expansión del sida -enfermedad atribuida en un comienzo a la sodomía, a la prostitución y a la depravación sexual- ha impulsado el retorno de la idea de la pareja única como finalidad en el desarrollo integral del ser humano, aunque ya desligada del ámbito puramenete religioso (pues si ocurriera así, estaríamos en presencia de un retroceso cultural). Además, de que entre las familias que pertenecen a los estratos más adinerados existe un número creciente de individuos que están dispuestos a salir de sus armarios y vivir en forma plena de acuerdo a lo que sienten y piensan. Es decir, que desde el sitio al cual más le conviene la preeminencia del matrimonio y la familia como mecanismo para salvaguardar sus propios intereses, hay voces que de no ser escuchadas pueden pasar a acciones más cruentas y de ese modo menoscabar una institución primordial en el statu quo. Que no se malinterprete: este artículo no se opone a la búsqueda de derechos para los gay, ni siquiera está concebido como un rechazo al matrimonio homosexual. En una entrega anterior, señalé que tal figura, mirada desde cierta óptica -descrita para la ocasión-, podría disminuir la influencia social del connubio. No obstante, si los interesados se dejan arrastrar por los consensos elaborados en medio de los temores y la falta de una discusión contundente (porque ella da origen a otro miedo: la enemistad y por su intermedio, la reyerta física), no harán sino endurecer todavía más el bloque, dejando de paso un nuevo puñado de marginados y marginales, que se sumarán a los tantos que ya colecciona el paradigma liberal.
domingo, 19 de junio de 2011
A Propósito del Día del Padre
No tengo hijos, no pienso engendrarlos y lo único que espero en relación con el tema es que ojalá en algún momento de la historia la humanidad actúe igual que yo. Acúsenme de autoritario, intolerante, megalómano y hasta de inadaptado si así lo desean. Pero antes de lanzarse con sus sentencias no menos inquisidoras que la propuesta que recién expuse, escuchen alguno de mis tantos argumentos en contra de la opción -que al fin y al cabo no es más que eso- de dejar descendencia. Y luego reflexionemos juntos, que es una conducta que no le hace daño a nadie.
Pues a la larga, ¿qué motiva a las personas a criar hijos, si no es la posibilidad de traspasar a una nueva generación su concepción del mundo y de la vida, como un intento desesperado e iluso de perpetuarse en el tiempo, y de paso, una forma de ejercer dominio sobre otros seres que tienen conciencia de estar siendo subyugados? El humano siempre busca imponer sus términos como una manera de sentirse útil en su fugaz tránsito por el planeta; y cuando los púlpitos de la religión, la política o los negocios le son vedados por no pertenecer a un determinado grupo social, ni cuenta con el talento suficiente para trascender a través del arte: recurre a una especie de último suspiro del moribundo y se vuelca a gobernar a un puñado de niños cuya mentalidad se encuentra en evidente proceso de formación y por ende son bastante influenciables y vulnerables. Es un recurso que entrega seguridad, si lo analizamos con detalle. Y sobre el cual está sustentado el motor de la ideología de la familia: el padre tiene a la vez la facultad y la obligación de instruir a su vástago, de acuerdo a la época mediante el empleo de castigos físicos o de consecuencias lógicas. Tal combinación de placer y responsabilidad es dictada por una sociedad que necesita de nuevos nacimientos para solventarse a sí misma. Aunque mejor dicho, son los dirigentes de tal sociedad los que requieren con urgencia de más partos, pues en realidad son ellos quienes en definitiva fijan las normas.
Esto lleva a descubrir una curiosa contradicción en aquellos que se oponen a lo que consideran una masiva injerencia de los organismos públicos o estatales que componen una sociedad, al extremo de rechazar la existencia de sistemas de salud y educación universales, devenidos del cobro de impuestos -que deben pagar ellos, con lo cual les afecta su bolsillo-, y que pretenden ser igualitarios no sólo en términos económicos, sino también en aspectos relacionados con las prestaciones médicas o los contenidos curriculares. Dichos sujetos alegan que el Estado busca inmiscuirse en terrenos que les competen a los padres de familia, y por ende estaríamos en presencia de una peligrosa escalada que puede desembocar en una forma sutil e imperceptible de totalitarismo. Cuántas veces los hemos oído reclamar, diciendo que enseñar el correcto uso del preservativo en las escuelas secundarias atenta contra su libertad de educar en una "sexualidad como la plenitud del amor". O refunfuñando contra la distribución de métodos anticonceptivos en los hospitales, porque como contribuyentes se ven forzados a pagar una práctica que consideran aberrante. En ambos casos, se defienden arguyendo que son formas de imposición ideológica. Sin embargo, al mismo tiempo les están impartiendo a sus hijos sus propias concepciones y de paso intentan bloquearles todo acceso a una alternativa, con lo cual acometen una de las actitudes más características de los regímenes dictatoriales: restringir el acceso a la información.
Seamos honestos. La familia se sustenta en un sistema de administración política conocido como el patriarcado -o matriarcado, que para el caso es lo mismo-, el cual viene siendo cuestionado desde hace bastante tiempo; pero que al parecer continuará manteniéndose en una versión suavizada por un buen número de siglos, al menos hasta que la sobre población termine por hacer la situación completamente insostenible. Y su naturaleza siempre será autoritaria, aunque ciertos historiadores y escritores de ciencia ficción interesados sólo nos muestren como ejemplos de gobiernos tiránicos aquellos que intentaron romper con tal ideología. De, la sociedad occidental actual basa su supuesta democracia en la relación paternal-filial; y basta otear un poco alrededor para darse cuenta de los vacíos y las conductas indeseables que contiene.
Pues a la larga, ¿qué motiva a las personas a criar hijos, si no es la posibilidad de traspasar a una nueva generación su concepción del mundo y de la vida, como un intento desesperado e iluso de perpetuarse en el tiempo, y de paso, una forma de ejercer dominio sobre otros seres que tienen conciencia de estar siendo subyugados? El humano siempre busca imponer sus términos como una manera de sentirse útil en su fugaz tránsito por el planeta; y cuando los púlpitos de la religión, la política o los negocios le son vedados por no pertenecer a un determinado grupo social, ni cuenta con el talento suficiente para trascender a través del arte: recurre a una especie de último suspiro del moribundo y se vuelca a gobernar a un puñado de niños cuya mentalidad se encuentra en evidente proceso de formación y por ende son bastante influenciables y vulnerables. Es un recurso que entrega seguridad, si lo analizamos con detalle. Y sobre el cual está sustentado el motor de la ideología de la familia: el padre tiene a la vez la facultad y la obligación de instruir a su vástago, de acuerdo a la época mediante el empleo de castigos físicos o de consecuencias lógicas. Tal combinación de placer y responsabilidad es dictada por una sociedad que necesita de nuevos nacimientos para solventarse a sí misma. Aunque mejor dicho, son los dirigentes de tal sociedad los que requieren con urgencia de más partos, pues en realidad son ellos quienes en definitiva fijan las normas.
Esto lleva a descubrir una curiosa contradicción en aquellos que se oponen a lo que consideran una masiva injerencia de los organismos públicos o estatales que componen una sociedad, al extremo de rechazar la existencia de sistemas de salud y educación universales, devenidos del cobro de impuestos -que deben pagar ellos, con lo cual les afecta su bolsillo-, y que pretenden ser igualitarios no sólo en términos económicos, sino también en aspectos relacionados con las prestaciones médicas o los contenidos curriculares. Dichos sujetos alegan que el Estado busca inmiscuirse en terrenos que les competen a los padres de familia, y por ende estaríamos en presencia de una peligrosa escalada que puede desembocar en una forma sutil e imperceptible de totalitarismo. Cuántas veces los hemos oído reclamar, diciendo que enseñar el correcto uso del preservativo en las escuelas secundarias atenta contra su libertad de educar en una "sexualidad como la plenitud del amor". O refunfuñando contra la distribución de métodos anticonceptivos en los hospitales, porque como contribuyentes se ven forzados a pagar una práctica que consideran aberrante. En ambos casos, se defienden arguyendo que son formas de imposición ideológica. Sin embargo, al mismo tiempo les están impartiendo a sus hijos sus propias concepciones y de paso intentan bloquearles todo acceso a una alternativa, con lo cual acometen una de las actitudes más características de los regímenes dictatoriales: restringir el acceso a la información.
Seamos honestos. La familia se sustenta en un sistema de administración política conocido como el patriarcado -o matriarcado, que para el caso es lo mismo-, el cual viene siendo cuestionado desde hace bastante tiempo; pero que al parecer continuará manteniéndose en una versión suavizada por un buen número de siglos, al menos hasta que la sobre población termine por hacer la situación completamente insostenible. Y su naturaleza siempre será autoritaria, aunque ciertos historiadores y escritores de ciencia ficción interesados sólo nos muestren como ejemplos de gobiernos tiránicos aquellos que intentaron romper con tal ideología. De, la sociedad occidental actual basa su supuesta democracia en la relación paternal-filial; y basta otear un poco alrededor para darse cuenta de los vacíos y las conductas indeseables que contiene.
domingo, 12 de junio de 2011
Las Fantasías de Hawking
Que alguien ligado al entorno de las ciencias -entendiendo con ese concepto, cualquier disciplina del conocimiento que se halle en la obligación auto impuesta de probar la totalidad de sus teorías con experimentos concretos, metódicos y previamente definidos- como el físico y astrónomo Stephen Hawking, afirme que todo el asunto del cielo, la existencia de Dios o de los dioses, o la vida eterna más allá de la muerte no son más que cuentos de hadas, es algo que a estas alturas no debiera sorprender a nadie. Siempre es de esperar que las personas que pertenecen a tales ambientes emitan, al menos en un momento de su existencia, esa clase de afirmaciones. Por último, debido a la presencia ineludible de aquel mito -desmentido innumerables veces en la realidad- que asevera que entre el empirismo y la religión sólo cabe una rivalidad irreconciliable, ya que ambas formas de pensamiento son por naturaleza incompatibles. Y si bien es cierto que antiguos próceres -Zenón de Elea, Copérnico, Galileo, Darwin, Einstein- no llegaron tan lejos, más de alguno sufrió la ira de quienes, amparados en interpretaciones antojadizas de la Biblia, el Corán o los Vedas, no estaban dispuestos a observar cómo sus verdades absolutas eran revocadas por pruebas, en determinados casos, irrefutables. Hawking, que ha tenido la fortuna de arribar cuando a la estatua sólo le quedan sus cimientos, no requiere sino dar el paso final, lo cual equivale a colocar la lápida, ya esculpida por cierto. Asunto muy sencillo, y más si la serie de reveses históricos ha debilitado a su vez a la institución que protegía el monumento, al punto que ni siquiera es capaz de elaborar una refutación convincente.
Convengamos, a modo de consuelo, que el físico no sólo ha desechado públicamente los dogmas más esenciales de la fe cristiana -mejor dicho de todos los sistemas de creencias; pues, a despecho de notables diferencias doctrinales, ninguno pasa por alto la existencia de divinidades trascendentales al ser humano-. Sino que tampoco ha dejado bien parado a un grupúsculo que en épocas recientes ha cobrado fuerza y se ha consolidado aprovechando el vacío religioso provocado tras el proceso de secularización. Se trata de los "adora marcianos", estos sujetos que remplazaron los ángeles por extraterrestres y sostienen que los humanoides verdes buscan comunicarse a diario con los terrícolas para expandir su mensaje de paz y amor (porfiados humanos: ya en la prehistoria y en la Antigüedad estos prístinos seres llegaron en sus naves y como muestra de afecto construyeron las pirámides, las ruinas de Stonegate y los petroglifos de Nazca; pero les dieron la espalda como más tarde lo haríamos con Jesús). Hawking, días antes de su hallazgo anti místico, afirmó que es posible la vida, inteligente o no, en otros mundos; sin embargo, acto seguido advirtió que, si tales entidades se llegan a contactar con nosotros, no será al estilo de la visión idílica que pregonan estos colectivos: muy por el contrario, recibiremos un ataque colonizador similar al de los pueblos amerindios por parte de los europeos.
Algunos no supieron o no quisieron interpretar correctamente los dichos del astrónomo y sin mandato de por medio se lanzaron a anunciar la buena nueva: el científico "más importante de los últimos cincuenta años" había asegurado que existen los alienígenas. Pero los demás, que entendieron el mensaje, con igual presteza se lanzaron a espetar diatribas contra el profesor de la silla de ruedas y la boca electrónica, llorando de que una vez más el empirismo prefería agotarse en cálculos matemáticos y ejercicios con tubos de ensayo, en lugar de mirar más allá de lo evidente y captar la mística, y una serie de sartas que, si bien son expresadas con palabras distintas para dar una sensación de originalidad, al final repiten los miedos irracionales de los integristas religiosos. Así le dejaron en claro a la opinión pública que no eran sino otra superchería defendida por fanáticos intolerantes, sin ningún asidero posible en la realidad. Sin mencionar que le entregaron una atractiva justificación a sus detractores, para burlarse de ellos como de la iglesia católica porque en ciertos pasajes de la historia no aceptó que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Aunque, si citamos a especímenes que le anuncian a la humanidad que los extraterrestes dejaron una colonia que habita en el centro del planeta -el cual además no estaría repleto de magma incandescente, sino que sería hueco-; en fin, aceptemos también que los bebés los trae una cigüeña desde París.
Retomando una frase puesta entre comillas, admitamos que Stephen Hawking es uno de los, pero no "el" científico más importante de la más reciente media centuria. En su fama hay mucho de conmiseración por la parálisis progresiva que padece y que sólo le permite mover un pulgar. Un asunto que el susodicho ha sabido explotar, además de que, pese a sus limitaciones, es innegable que posee un carisma mediático (lo cual tiene puntos positivos, ya que le permite al dueño de tal carácter difundir algo como la ciencia de manera asequible para un público que no está familiarizado con ella). Además de constituirse en una suerte de ejemplo de superación, con tintes épicos (aunque no se trata de una novedad, ya que el handicap de Hellen Keller era aún más grave, y esa mujer vivió en una época donde no existían las tablillas electrónicas que permitían hablar a quien no podía hacerlo por los medios tradicionales). Por supuesto que se puede equivocar, como cualquier ser humano, ya sea el papa o el presidente de los EUA. Y cito a esos cargos, porque el reconocimiento popular que ha recibido este astrónomo, le permite hoy disfrutar de un pedestal desde donde puede decir cualquier cosa, y los simples mortales lo tomarán como verdad irrefutable. El mismo aprovechamiento que antes caracterizaba a las organizaciones religiosas y que fue absorbido de manera indirecta por estos grupos pintorescos como los veneradores de ovnis.
Convengamos, a modo de consuelo, que el físico no sólo ha desechado públicamente los dogmas más esenciales de la fe cristiana -mejor dicho de todos los sistemas de creencias; pues, a despecho de notables diferencias doctrinales, ninguno pasa por alto la existencia de divinidades trascendentales al ser humano-. Sino que tampoco ha dejado bien parado a un grupúsculo que en épocas recientes ha cobrado fuerza y se ha consolidado aprovechando el vacío religioso provocado tras el proceso de secularización. Se trata de los "adora marcianos", estos sujetos que remplazaron los ángeles por extraterrestres y sostienen que los humanoides verdes buscan comunicarse a diario con los terrícolas para expandir su mensaje de paz y amor (porfiados humanos: ya en la prehistoria y en la Antigüedad estos prístinos seres llegaron en sus naves y como muestra de afecto construyeron las pirámides, las ruinas de Stonegate y los petroglifos de Nazca; pero les dieron la espalda como más tarde lo haríamos con Jesús). Hawking, días antes de su hallazgo anti místico, afirmó que es posible la vida, inteligente o no, en otros mundos; sin embargo, acto seguido advirtió que, si tales entidades se llegan a contactar con nosotros, no será al estilo de la visión idílica que pregonan estos colectivos: muy por el contrario, recibiremos un ataque colonizador similar al de los pueblos amerindios por parte de los europeos.
Algunos no supieron o no quisieron interpretar correctamente los dichos del astrónomo y sin mandato de por medio se lanzaron a anunciar la buena nueva: el científico "más importante de los últimos cincuenta años" había asegurado que existen los alienígenas. Pero los demás, que entendieron el mensaje, con igual presteza se lanzaron a espetar diatribas contra el profesor de la silla de ruedas y la boca electrónica, llorando de que una vez más el empirismo prefería agotarse en cálculos matemáticos y ejercicios con tubos de ensayo, en lugar de mirar más allá de lo evidente y captar la mística, y una serie de sartas que, si bien son expresadas con palabras distintas para dar una sensación de originalidad, al final repiten los miedos irracionales de los integristas religiosos. Así le dejaron en claro a la opinión pública que no eran sino otra superchería defendida por fanáticos intolerantes, sin ningún asidero posible en la realidad. Sin mencionar que le entregaron una atractiva justificación a sus detractores, para burlarse de ellos como de la iglesia católica porque en ciertos pasajes de la historia no aceptó que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Aunque, si citamos a especímenes que le anuncian a la humanidad que los extraterrestes dejaron una colonia que habita en el centro del planeta -el cual además no estaría repleto de magma incandescente, sino que sería hueco-; en fin, aceptemos también que los bebés los trae una cigüeña desde París.
Retomando una frase puesta entre comillas, admitamos que Stephen Hawking es uno de los, pero no "el" científico más importante de la más reciente media centuria. En su fama hay mucho de conmiseración por la parálisis progresiva que padece y que sólo le permite mover un pulgar. Un asunto que el susodicho ha sabido explotar, además de que, pese a sus limitaciones, es innegable que posee un carisma mediático (lo cual tiene puntos positivos, ya que le permite al dueño de tal carácter difundir algo como la ciencia de manera asequible para un público que no está familiarizado con ella). Además de constituirse en una suerte de ejemplo de superación, con tintes épicos (aunque no se trata de una novedad, ya que el handicap de Hellen Keller era aún más grave, y esa mujer vivió en una época donde no existían las tablillas electrónicas que permitían hablar a quien no podía hacerlo por los medios tradicionales). Por supuesto que se puede equivocar, como cualquier ser humano, ya sea el papa o el presidente de los EUA. Y cito a esos cargos, porque el reconocimiento popular que ha recibido este astrónomo, le permite hoy disfrutar de un pedestal desde donde puede decir cualquier cosa, y los simples mortales lo tomarán como verdad irrefutable. El mismo aprovechamiento que antes caracterizaba a las organizaciones religiosas y que fue absorbido de manera indirecta por estos grupos pintorescos como los veneradores de ovnis.
domingo, 5 de junio de 2011
Elizabeth Eindenbenz y el Nazismo Luterano
Tal vez a muchos lectores el nombre de Elizabeth Eindenbenz no les suene a nada. Pero esta enfermera suiza de filiación evangélica, fallecida el pasado 23 de mayo a los novena y siete años, salvó la vida de mil doscientos mujeres y niños tanto españoles como judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En una maternidad que ella misma fundó en la pequeña ciudad francesa de Elne, acogía a las refugiadas cuando estaban cerca del alumbramiento; para más tarde, mediante la elaboración de documentos falsos, conseguir que escapasen hacia lugares más seguros. Un esfuerzo que le pudo costar la vida, ya que llegó a ser detenida por la Gestapo, aunque fue dejada en libertad al poco tiempo debido a la falta de pruebas concluyentes y además, por su condición de integrante de la Cruz Roja. Y que durante un buen tiempo fue recompensado por la indiferencia, quizá porque actuó en base a convicciones personales y sin una gran institución eclesiástica detrás.
El ejemplo de Elizabeth Eindenbenz debiera hacer reflexionar a quienes suelen limpiarse la boca destacando que la Iglesia Luterana alemana fue un pilar fundamental en el apoyo al nazismo, y que encuentran una relación indisoluble entre las opiniones expresadas por el iniciador de la Reforma en cuanto al respeto a las autoridades, la propia estructura interna de la congregación y la concepción del Estado propugnada por Hitler -llegando a añadir el tema del antisemitismo, a pesar de que por la misma lógica de este argumento, no corresponde-. En especial, porque las personas que han levantado tal tesis, varias de ellas muy ligadas al catolicismo, tratan de dejar la imagen de que la fe evangélica en su conjunto esconde tendencias nacionalsocialistas, cuando no de sus ideologías asociadas, a saber el racismo o el fascismo en el sentido amplio del término. Quienes insisten en la existencia de esta simbiosis, encuentran un argumento muy recurrente en la actitud de ciertas comunidades de Estados Unidos que son conservadoras a niveles enfermizos, y que han logrado instalar representantes en las altas esferas del aparato público, como el ex presidente George W. Bush, quien resaltaba su condición de metodista y de creyente como un modo apuntalar su "cruzada por la libertad" contra Afganistán e Irak, así como para justificar sus diatribas hacia el matrimonio homosexual o el aborto. En síntesis, una muestra cabal de que, a partir del propio Lutero, el entramado doctrinario del credo evangélico sintoniza a la perfección con el pensamiento más autoritario, retrógrada e ignorante. A esto se le puede añadir la testaruda defensa que los hermanos reformados hacen del Génesis como relato válido sobre el origen del mundo, rechazando la evolución de Darwin.
Por cierto, cualquiera con un mínimo de cultura general notará de inmediato que las teorías expuestas en el párrafo anterior son por decir lo menos peregrinas y antojadizas. Pero aparte de ello, ocurre que tampoco corresponden a la realidad. Es cierto que Lutero era bastante antisemita y que la congregación luterana alemana, al menos a nivel de altos directivos, respaldó a Hitler. Sin embargo, cualquier torpeza que hayan cometido los hermanos durante la Segunda Guerra Mundial, independiente de la denominación a la cual pertenecieron, es la nada misma frente a los crímenes y las barbaridades surgidas del seno de la iglesia católica, donde muchos sacerdotes y hasta obispos delataron a judíos u opositores al nazismo, además de colaborar en su captura. Se dieron situaciones aberrantes, como que en todas las catedrales y parroquias de Austria se dio la orden de golpear las campanas cuando se concretó la anexión de ese país a Alemania. Y si queremos datos históricos puntuales, ahí está el tratado de Letrán, por el que el papa y Mussolini acordaron la creación del Estado del Vaticano. Un papado que por cierto, al menos calló o dejó pasar muchos delitos teniendo la posibilidad de impedirlos -era la cabeza de una organización muy poderosa, que contaba con la deferencia del poder de entonces. Por otro lado, si hablamos del odio contra los hebreos, no es necesario aquí elaborar una interminable lista de declaraciones en ese tono que se dieron tanto en los concilios o sínodos como en las bulas pontificias.
El asunto radica en aceptar como único sustento lo que aparece a simple vista. En el caso de los luteranos, los documentos oficiales están, y pertenecen a la época en que ocurrieron los hechos. Pero los curas, cual viejos zorros, supieron actuar de manera más ladina y ambigua. A esto se debe agregar el hecho de que la congregación germana no constituía una estructura federal y además, como iglesia nacional, dependía demasiado de la autoridad de turno. No era una transnacional, como el papismo, que incluso ya contaba con Estado propio, y por ende en determinadas circunstancias podía colocarse encima de quienes tomaban las decisiones. Por ello es quizá, que los sacerdotes han sido capaces de limpiar sus nombres ante la opinión pública, y han ejercido el caradurismo acusando a otros de sus fechorías. Pero allí están Elizabeth Eindenbenz y los centenares de teólogos, ministros y fieles luteranos que perecieron en los campos de concentración de Hitler, mientras los "descendientes de San Pedro" oficiaban misas rogando por el bienestar del Führer y su régimen del terror.
El ejemplo de Elizabeth Eindenbenz debiera hacer reflexionar a quienes suelen limpiarse la boca destacando que la Iglesia Luterana alemana fue un pilar fundamental en el apoyo al nazismo, y que encuentran una relación indisoluble entre las opiniones expresadas por el iniciador de la Reforma en cuanto al respeto a las autoridades, la propia estructura interna de la congregación y la concepción del Estado propugnada por Hitler -llegando a añadir el tema del antisemitismo, a pesar de que por la misma lógica de este argumento, no corresponde-. En especial, porque las personas que han levantado tal tesis, varias de ellas muy ligadas al catolicismo, tratan de dejar la imagen de que la fe evangélica en su conjunto esconde tendencias nacionalsocialistas, cuando no de sus ideologías asociadas, a saber el racismo o el fascismo en el sentido amplio del término. Quienes insisten en la existencia de esta simbiosis, encuentran un argumento muy recurrente en la actitud de ciertas comunidades de Estados Unidos que son conservadoras a niveles enfermizos, y que han logrado instalar representantes en las altas esferas del aparato público, como el ex presidente George W. Bush, quien resaltaba su condición de metodista y de creyente como un modo apuntalar su "cruzada por la libertad" contra Afganistán e Irak, así como para justificar sus diatribas hacia el matrimonio homosexual o el aborto. En síntesis, una muestra cabal de que, a partir del propio Lutero, el entramado doctrinario del credo evangélico sintoniza a la perfección con el pensamiento más autoritario, retrógrada e ignorante. A esto se le puede añadir la testaruda defensa que los hermanos reformados hacen del Génesis como relato válido sobre el origen del mundo, rechazando la evolución de Darwin.
Por cierto, cualquiera con un mínimo de cultura general notará de inmediato que las teorías expuestas en el párrafo anterior son por decir lo menos peregrinas y antojadizas. Pero aparte de ello, ocurre que tampoco corresponden a la realidad. Es cierto que Lutero era bastante antisemita y que la congregación luterana alemana, al menos a nivel de altos directivos, respaldó a Hitler. Sin embargo, cualquier torpeza que hayan cometido los hermanos durante la Segunda Guerra Mundial, independiente de la denominación a la cual pertenecieron, es la nada misma frente a los crímenes y las barbaridades surgidas del seno de la iglesia católica, donde muchos sacerdotes y hasta obispos delataron a judíos u opositores al nazismo, además de colaborar en su captura. Se dieron situaciones aberrantes, como que en todas las catedrales y parroquias de Austria se dio la orden de golpear las campanas cuando se concretó la anexión de ese país a Alemania. Y si queremos datos históricos puntuales, ahí está el tratado de Letrán, por el que el papa y Mussolini acordaron la creación del Estado del Vaticano. Un papado que por cierto, al menos calló o dejó pasar muchos delitos teniendo la posibilidad de impedirlos -era la cabeza de una organización muy poderosa, que contaba con la deferencia del poder de entonces. Por otro lado, si hablamos del odio contra los hebreos, no es necesario aquí elaborar una interminable lista de declaraciones en ese tono que se dieron tanto en los concilios o sínodos como en las bulas pontificias.
El asunto radica en aceptar como único sustento lo que aparece a simple vista. En el caso de los luteranos, los documentos oficiales están, y pertenecen a la época en que ocurrieron los hechos. Pero los curas, cual viejos zorros, supieron actuar de manera más ladina y ambigua. A esto se debe agregar el hecho de que la congregación germana no constituía una estructura federal y además, como iglesia nacional, dependía demasiado de la autoridad de turno. No era una transnacional, como el papismo, que incluso ya contaba con Estado propio, y por ende en determinadas circunstancias podía colocarse encima de quienes tomaban las decisiones. Por ello es quizá, que los sacerdotes han sido capaces de limpiar sus nombres ante la opinión pública, y han ejercido el caradurismo acusando a otros de sus fechorías. Pero allí están Elizabeth Eindenbenz y los centenares de teólogos, ministros y fieles luteranos que perecieron en los campos de concentración de Hitler, mientras los "descendientes de San Pedro" oficiaban misas rogando por el bienestar del Führer y su régimen del terror.
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